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En la naturaleza viva, este acontecer procesual ya no puede derivarse únicamente de las propiedades de los elementos sustanciales físicos. Al contrario, los procesos vitales los alejan en la mayor medida posible de su determinabilidad física. La proteína, por ejemplo, se compone de los cinco elementos carbono, oxígeno, nitrógeno, hidrógeno y azufre. Estos son portadores, con sus propiedades, de fuerzas que son de origen cósmico.[1] Estas fuerzas cósmicas afluyen omnipresentemente desde la periferia planetaria y se configuran, de acuerdo con la índole esencial de una planta o un animal, en un cuerpo etérico o de vida. Este es, de parte a parte, creador de procesos. Se convierte en el arquitecto de la organización física, libera a las sustancias físicas de su encantamiento en lo terrestre, las pone al servicio de los procesos vitales y las mantiene en el flujo de la vida hasta que este se extingue en la forma de las configuraciones orgánicas. El cuerpo etérico se disuelve entonces en el éter del mundo. En la descomposición bacteriana, la mineralización, los elementos sustanciales terrestres son liberados de las configuraciones orgánicas; recaen de nuevo en su propia legalidad física.
- ↑ Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 20. Juni 1924, Dornach 1999, S. 64f.






