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¿Qué se revela a este respecto en el animal? El ser, la fuente de toda formación, permanece oculto. Lo que se manifiesta no es el alma ni la fuerza formativa misma, sino expresiones del alma y efectos de fuerzas. Un caballo uncido al arado se expresa anímicamente en sus movimientos, en la docilidad al tirar de las riendas, en mantenerse en el surco y en la manera en que, al avanzar, se lanza con vigor en los arreos, etc. Todas estas manifestaciones de fuerza tienen sin duda su origen en el ser del caballo. Las percibimos en la tensión de los músculos, de las correas de tiro, en el suelo que se abre, en el deslizamiento de la banda de tierra sobre la vertedera hasta la deposición lateral. La fuerza que emana del caballo se revela en la polaridad de reposo y movimiento, y esto en simultaneidad. Eso es lo que caracteriza el ritmo. El ritmo que el caballo muestra en todos sus movimientos —en el paso, el trote y el galope, o en el oscilar hacia arriba y hacia abajo de la cabeza al tirar de cargas pesadas— brota del ser anímico de este animal. El ritmo crea economía en el obrar de las fuerzas; ahorra fuerza. Uno se hace consciente de todo ello como espectador; el acontecer subyacente —cómo lo anímico se convierte en fuerza y esta en una acción exterior— permanece oculto.






