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Esta relación de los seres con sus modos de manifestación en los reinos de la naturaleza se expresa en el modo en que quedan impregnadas las sustancias que construyen el cuerpo. En el ser humano, la composición sustancial corporal se individualiza según su alma espiritual, su Yo. El ser extrae las sustancias de su mero ser físico y las compone en configuraciones de fuerza que corresponden al nivel de existencia en que aparecen. En el primer nivel, el más bajo, el de la naturaleza físico-anorgánica, la construcción de las sustancias sigue las leyes que allí imperan. Estas leyes son aprehensibles en conceptos químico-físicos y se manifiestan objetivamente en las creaciones de la técnica. En un segundo nivel de existencia, el del reino vegetal, las sustancias se componen según leyes superiores, ya no aprehensibles conceptualmente, del cuerpo etérico de fuerzas formativas. A través de este, el obrar de las fuerzas terrestres queda integrado en el cósmico. Un tercer nivel de existencia de las composiciones sustanciales constituye el reino animal. El animal solo puede construir su cuerpo mediante la ingestión de alimentos del exterior. En el camino de la digestión, destruye las sustancias alimenticias mediante la fuerza de su propio ser anímico y compone a partir de esa misma fuerza anímica su propia materialidad corporal. Esta queda configurada de modo que es portadora de un elemento anímico que habita en el animal, cuyo fundamento esencial más allá de la esfera solar, en el lejano cosmos, está —de ahí el nombre— en el zodíaco. El cuarto nivel de existencia de lo sustancial está encarnado en el cuerpo del ser humano. En él, la impregnación física, etérica y astral de las sustancias es individualizada por el Yo. Solo porque las sustancias en el cuerpo —el ADN, por ejemplo— están ordenadas según la fuente de fuerza del Yo, pueden habitar el cuerpo. Se crean en él una organización del Yo. A través de esta, el ser humano aparece como individualidad.