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Todo lo que aparece es forma, el vestido de lo sustancial. La forma saturada de sustancia se designa como un cuerpo en el espacio. Como deja claro la consideración precedente, esta materialidad cuajada en forma se muestra como una composición de fuerzas específicamente determinada que ha cristalizado de modo procesual — «el fin de los caminos de Dios».[1] Las fuerzas son invisibles; se manifiestan en sus efectos, por ejemplo en cambios de forma. En principio, no existe ninguna expresión de fuerza sin causa, sin autor. Estos están aún más ocultos a la percepción sensorial que la fuerza misma. El autor es, en el juego de las fuerzas, el gran desconocido: el espíritu. Este constituye, a través de todos los reinos de la naturaleza hasta el ser humano, la organización corporal física y se revela en su forma de manifestación más pura en las formas cristalinas del reino mineral. El espíritu es el motor en las fuerzas formativas que irradian desde las lejanías del cosmos. El autor de todas las manifestaciones de la naturaleza físico-anorgánica, muerta, es espíritu entitativo. Del mismo modo, es espíritu el que vive en las corrientes de fuerzas etéricas que afluyen desde las esferas del Sol y los planetas, y las conforma en cuerpos etéricos de las plantas, los animales y, más allá del ser humano, en cuerpos etéricos de entidades espirituales superiores.[2] El autor de toda vida es espíritu entitativo. Del mismo modo, es espíritu el que teje en las fuerzas astrales que irradian desde el cosmos y, conforme al ser de los animales, del ser humano y de entidades que le están por encima, conforma sus cuerpos astrales. En el animal y en el ser humano transmite a las fuerzas etéricas los impulsos formativos que construyen y sostienen los órganos corporales, así como los órganos superiores que sirven a la vivencia anímica, al despliegue de los impulsos morales y al obrar propio del ser. ¡Todo ser anímico es espíritu! Y finalmente es espíritu el que llena la entidad-Yo de los seres humanos y en

  1. Das Zitat lautet im Original: «Leiblichkeit ist das Ende der Werke Gottes» (La corporalidad es el fin de las obras de Dios); aus: Biblisches und Emblematisches Wörterbuch des deutschen Theologen Friedrich Christoph Oetinger (1702– 1782).
  2. Siehe z.B. Rudolf Steiner: Die Geheimwissenschaft im Umriss, GA 13, Dornach 1989.