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De la concepción de que a todos los fenómenos del mundo subyace la materia como única realidad, se ha desarrollado en la agricultura desde los siglos XIX y XX, con plena consecuencia, el concepto de «fertilización mineral», y con él la idea de una suma de «nutrientes» que la planta necesita para crecer. Detrás de esta teoría se oculta el supuesto de graves consecuencias de que a partir de una suma de elementos sustanciales inorgánicos y muertos puede surgir la vida, de que con ellos se podría generar y multiplicar vida. La vida, sin embargo, surge de la vida, de gérmenes vitales o semillas. En ningún lugar de la naturaleza, por minuciosa que sea la observación, se encontrará un punto de apoyo que indique que de lo mineral muerto surge vida, sino únicamente lo contrario: la vida cae en manos de la muerte. El concepto del abonado, en cambio, se refiere a que la vida como tal en los procesos de crecimiento de la planta, e igualmente el obrar anímico-astral desde fuera en la formación de la forma, sean promovidos de manera acorde con su índole esencial. No en vano se deriva desde antiguo el concepto de abono de los significativos efectos de las excreciones procedentes de la organización anímica y vital de los animales domésticos. Se hablaba de la «vieja fuerza» de los suelos así abonados. Desde la mentalidad materialista dominante, a los abonos orgánicos, más allá de su variada composición mineral y de su fomento de la vida microbiana del suelo, no se les atribuye ningún valor fertilizante específico.






