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Tan errado como el concepto de «fertilización nitrogenada» es el de «fertilización mineral», que subsume la aplicación de toda clase de sustancias minerales en la agricultura y la horticultura, con independencia de cuál sea su procedencia en la economía de la naturaleza o del proceso técnico mediante el que hayan sido elaboradas. Los elementos minerales posibilitan de manera altamente diferenciada los procesos vitales, pero no los generan. No abonan la vida como tal, sino que proveen su modo de manifestación físico-sensible. En la concepción corriente de la fertilización mineral no se establece diferencia alguna entre el nitrógeno del elemento aire y las sustancias nacidas de la tierra, como el fósforo y los metales alcalinos y alcalinotérreos, tales como el potasio, el calcio, el magnesio y otros. El nitrógeno está prácticamente muerto en cuanto a reactividad en el aire y reactivo-vivo en la tierra. Las sustancias de la tierra están muertas en cuanto a reactividad en sus profundidades y se vuelven activas en el contacto con el aire y el calor. Esta equiparación conceptual carente de toda cualidad tuvo consecuencias fatales. O bien se propagó la «fertilización mineral» como la última palabra de la sabiduría, como la única tecnología exitosa para asegurar e incrementar los rendimientos, o bien surgieron «herejes» que la rechazaban en conjunto. En la práctica, los espíritus se escindieron y un conocimiento más profundo del estado de la cuestión quedó en el camino. Hoy se juzga sobre estas cosas con mayor diferenciación. No ha sido la visión penetrante en el ser de las sustancias lo que ha producido este cambio, sino el tomarse en serio los contextos ecológicos en la práctica. En el momento en que se organiza la explotación agrícola en el sentido del principio del organismo de tal modo que la naturaleza misma se ocupe del balance de nitrógeno necesario —favorecido por un laboreo del suelo orientado al proceso, una rotación de cultivos rica en leguminosas y por abonos animales—, el balance mineral se regula por sí mismo, por regla general, a partir de los recursos del suelo. Esta capacidad del suelo para mantenerse sano en un nivel de producción más elevado se la debe a la mano hábil del ser humano.








