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La perspectiva de éxito de un invento lleva a un banco a poner a disposición un crédito para la instalación de un establecimiento de producción. Es decir: el espíritu del ser humano (la idea) crea capital, y éste se cuaja, por el camino del trabajo, en edificios, medios de producción, materias primas, energía, etc. Max Weber — economista nacional y sociólogo alemán (1864–1920) — constató: «Una máquina inanimada es espíritu cuajado.»[1] El espíritu, ahora, sigue aspirando a la realización del invento; impele al trabajo. Solo a través del trabajo surge la instalación productiva y, en ella, mediante los distintos procesos laborales, la producción del producto. Lo que caracteriza al proceso de producción industrial es que los valores surgen pura y simplemente porque el espíritu inventivo determina el curso del trabajo humano y lo modifica de las formas más diversas, siendo que la expresión exterior de este espíritu debe buscarse en la configuración múltiple del capital.[2] La naturaleza, en forma de materias primas y energía, pasa tanto más al trasfondo cuanto más inteligencia humana afluye al proceso de producción, cuanto más se articula éste, por tanto, de manera divisa en el trabajo. La división del trabajo actúa además abaratando la producción de mercancías y fomenta con ello, aún más, el impulso de expansión de la industria y el comercio, hasta llegar a la comercialización de todos los servicios. El capital surge, por un lado, gracias al espíritu inventivo del ser humano y a la división del trabajo; por otro lado, es él quien hace que la división del trabajo se desborde desmedidamente. Como consecuencia de ello, el proceso de producción industrial amenaza con emanciparse por completo de la naturaleza y, por la vía de la digitalización, del ser humano que trabaja. Se convierte en el contrapolo omnipotente de la agricultura y amenaza con reventar las dos barreras que deberían mantenerlo dentro de límites razonables: la naturaleza y el orden jurídico.






