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En el persa primigenio despertó el Yo en el cuerpo sensible, el tercer miembro constitutivo del ser humano aún no diferenciado, el cuerpo astral.[1] En este estadio del avanzar de la conciencia, fue apagándose la fuerza de la antigua clarividencia instintiva, y fue creciendo la capacidad — bajo la guía de los Misterios, y desde la vivencia de las relaciones cósmico-terrestres — de obrar transformadoramente sobre la tierra, las plantas y los animales. La relación sacro-mágica de los atlantes con las fuerzas espirituales creadoras que actúan en la tierra y en el cosmos se transformó en una relación sacro-artística. Fue el alto arte de los persas primigenios — edificándose sobre las creaciones culturales precedentes — al volverse sedentarios desde una inmediatez espiritual instintiva, obrar de tal manera sobre lo anímico de determinadas especies animales que este se abriera frente al hombre. Con ello se transformó al mismo tiempo, de manera profunda, toda la organización físico-corporal de los animales. En su entrega al animal, los hombres configuraron desde su vivencia interior una obra de arte en lo exterior: el animal doméstico. Frente a sus congéneres salvajes, los animales domésticos se presentaron desde el principio en una asombrosa riqueza de formas. La disposición natural del organismo animal fue reconfigurada en su conjunto hacia rendimientos metabólicos especiales, por lo general a expensas de la actividad del sistema neurosensorial. El devenir animal doméstico consistió en el arte de mantener durante toda la vida la plasticidad embrionaria. Los animales domésticos no huyen del hombre; al contrario, buscan su atención y la necesitan.

  1. Rudolf Steiner: Theosophie, GA 9, Kap. IV. «Leib, Seele und Geist» (Cuerpo, alma y espíritu), Dornach 2003, S. 57 f.