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Avanzando de Oriente a Occidente, a la segunda época cultural de la Persia primigenia le sigue la tercera época cultural postatlántica, que se articula hacia el suroeste en el espacio cultural del Antiguo Egipto y hacia el oeste, en la tierra de los dos ríos, en las sucesivas culturas de Babilonia, Caldea y Asiria. Esta tercera época se despliega desde comienzos del tercer milenio hasta el siglo VIII antes de Cristo. En ella, la humanidad de entonces pasa —sin transición— de la prehistoria mitológica del Neolítico a un desarrollo históricamente comprensible desde fuera, el de la Edad del Bronce. En la antigua India fueron los siete santos Rishis quienes inspiraron el curso de la cultura desde centros oraculares asignados a cada uno de los planetas. A los santos Rishis siguió Zaratustra, quien inauguró la cultura persa primigenia y sus Misterios. Los fundadores de la cultura del Antiguo Egipto y de sus Misterios fueron Thoth o Hermes Trismegistos; y los de la antigua Mesopotamia, de la antigua cultura babilónica-caldea y de sus Misterios, fueron Gilgamesh y el iniciado Eabani, ligado a él.[1] Al sacerdocio-regio de la Persia primigenia le sucedió el reino, en Egipto el de los faraones, pero que se encontraba en estrecha relación con los Misterios. En esta época cultural, la humanidad avanzó —en su mayor parte bajo la pérdida de la antigua clarividencia instintiva— hacia la formación del alma sensible.[2] Bajo la conducción de los reyes y de los Misterios en el trasfondo, el alma sensible se formó —en el progresivo despertar del Yo hacia la autonomía— como miembro anímico independiente. Este paso hacia una mayor iluminación de la conciencia aparece abiertamente desde el primer momento en las más monumentales creaciones artísticas sacras de la humanidad: en las pirámides de Saqqara y Guiza en Egipto y, en Sumer —el Babilonia temprano—, en las fundaciones de ciudades que se delimitaban de la naturaleza circundante con poderosas murallas. Aquí, como en los tiempos posteriores y en particular de la






