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En esta época cultural, el ser humano conquista una conciencia de la naturaleza anorgánico-muerta, de la naturaleza físico-mineral. Las elevadas capacidades de los miembros de la cultura persa primigenia y de los tiempos anteriores —intervenir de manera transformadora en el ser anímico del animal y luego en la naturaleza viviente de la planta, hasta descender al organismo físico, y plasmar artísticamente todo ello en las creaciones de los animales domésticos y las plantas cultivadas— se habían extinguido. Los seres humanos habían descendido plenamente, desde las instintivas etapas de conciencia llevadas por el espíritu, hasta la existencia terrestre. Despertaron ante lo que los sentidos les ofrecían como mundo exterior de apariencia, y buscaban en sus revelaciones el espíritu que crea con eficacia. Formaron desde ello una conciencia que se expresaba en la pura sensación llevada por el espíritu. Pero en este alma sensible que se iba formando fluyeron al mismo tiempo las Inspiraciones y las sabidurías de los Misterios. Ya no era el ser anímico del animal, ya no era lo viviente de la planta lo que hablaba a los seres humanos en la inmediatez instintiva del espíritu, sino la sustancia y la forma del ser muerto. En la piedra, en Babilonia y Caldea en el ladrillo cocido, buscaban dar expresión a su vida sensible mediante formas monumentales, geométricas, plástico-severas, sublimes. En Egipto, este sentir artístico-sagrado se refería principalmente a las percepciones de lo espiritual que actúa en el cosmos y en el ser humano. La vida exterior se configuraba en gran medida como imagen refleja de la conducción real y sacerdotal de los Misterios. En el espacio cultural mesopotámico, en cambio, esta identidad de interior y exterior se fragmentaba más. Aquí actuaban los impulsos de Gilgamesh en la cultura exterior, y los iniciados de los Misterios ejercían sobre ella una influencia menor.[1]
- ↑ Rudolf Steiner: Okkulte Geschichte, GA 126, Vortrag vom 28. Dezember 1910, Dornach 1975, S. 42.






