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ante nosotros, con todo, está como ensombrecida por una cierta tragedia. Lo que en el antiguo Egipto había tomado su comienzo, en la Grecia antigua alcanza su más alta consumación: la elaboración y configuración de la piedra muerta. Al griego le logra insuflar a la piedra, puramente a través de la forma, una especie de vida, una vida aparente. Imprime desde fuera en la forma el espíritu que, en plástica vivacidad, colma su interior; pero no puede imprimir ese espíritu en la materia, de suerte que esta misma se convierta en sustancia viva creadora de forma. Los seres humanos de la primera, pero sobre todo de la segunda época cultural postatlántica del urpersismo, habían tenido, en virtud de su constitución espiritual-anímica y corporal y bajo la guía de los Misterios zaraturstiana, la capacidad de engendrar creaciones artísticas dando forma sustancial mediante la transformación plástica de lo anímico a los animales domésticos y de lo viviente a las plantas cultivadas. Pero lo meramente físico-material de la piedra está muerto. Así se encontraba el griego ante la insolubilidad del enigma de cómo puede la piedra ser despertada a la vida. Solo podía prestarle a la piedra, a través de la forma, una vida *aparente*. Eso constituye la grandeza y al mismo tiempo la tragedia del arte griego. Desde la profundidad de su alma creó, en su afán humano, un arte que, hacia fuera, hace visible en imagen un pasado de los Misterios, y hacia dentro se convierte en el germen de una esperanza de futuro: la de poder vivificar lo térreo-material como tal. Sobre el trasfondo descrito reaparece el principio del organismo en figura múltiplemente transformada. Comienza ahora, de manera enteramente germinal, a penetrar todo el espacio cultural de Grecia, también en lo social. Los paisajes de Grecia portan ellos mismos un carácter divino, un carácter apolíneo, en todo opuesto a los egipcios. Como si hubieran sido los dioses quienes, en la diversidad de los caracteres del paisaje, se hubiesen creado una imagen de su propia esencia. La mirada del caminante, que vaga por la extensión del paisaje que se despliega ante él, encuentra pronto un polo de reposo, un templo que irradia en belleza y armonía y acota bienhechoramente el espacio de contemplación. Así nos encontramos con el santuario de Apolo en Delfos en un paisaje montañoso rocoso de difícil acceso; de otro modo el templo consagrado a Atenea, que se alza sobre colinas rocosas y atrae la mirada desde gran distancia, como la Acrópolis de Atenas; o hallamos el templo de Hera en medio de fértiles llanuras.






