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El acontecimiento del Cristo, el Misterio de la Muerte y la Resurrección, se ha consumado para todos los seres humanos sobre la Tierra. Este es el hecho esotérico de un acontecer exotérico-esotérico ligado a un tiempo determinado y a un lugar determinado. La humanidad había avanzado, en grados distintos, tan lejos en su desarrollo del Yo que el Santísimo oculto del alma, el Yo, el núcleo esencial de cada ser humano, necesitaba de un impulso para poder encontrarse a sí mismo y determinarse libremente a sí mismo en el autoconocimiento. Este impulso se encarnó durante el Bautismo en el Jordán con la inhabitación del Yo-Cristo —el ser solar colmado de espíritu en su más alta perfección— en el cuerpo del hombre Jesús de Nazaret. Durante tres años obró el ser divino en este cuerpo humano elegido. Fue la fuerza de este Yo divino la que, a través de la muerte en la cruz, espiritualizó el cuerpo terrestre atado a la materia. Se consumó la Resurrección en el espíritu; ella se yergue desde entonces como la gran meta cósmica ante la humanidad. El camino hacia esta meta da dirección y contenido a todo desarrollo hacia el futuro. Con el despertar de la conciencia del «Yo soy» encuentra cada ser humano en sí mismo «el camino, la verdad y la vida».[1] Este encontrar significa tener que atravesar abismos de la nada sin espíritu; pero significa también conquistar frutos del espíritu que resucitan en el cuerpo eterno del Yo. Avanzando desde el Misterio del Gólgota, la humanidad se ve colocada ante el enfrentamiento consciente con el Mal, con lo que trae la muerte, con la potencia espiritual que se opone a todo desarrollo. Reconocer el Mal rompe su poder y confiere al Yo fortaleza. Así ocupa el lugar del antiguo ser de los Misterios

  1. Rudolf Steiner: Das Johannes-Evangelium, GA 103, Vortrag vom 22. Mai 1908, Dornach 1995.