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Desde la fuerza de conciencia del alma racional-afectiva penetrada de cristianismo se elevan los elementos de la agricultura precristiana a un nivel cultural superior. Entran en el organismo aldeano o en la granja individual en una relación de fomento recíproco. Esto resulta más evidente en el antiguo contrasentido primigenio entre el cultivo de la tierra y la cría de ganado. Los animales domésticos están ajustados en especie y número a la base forrajera disponible. Ellos suministran el abono, que junto con la rotación de cultivos de tres campos — cultivo de invierno, cultivo de primavera y barbecho —, apoyado por el laboreo con el arado, garantiza la fertilidad perdurable autóctona del suelo. Todo está en una relación de mutua dependencia espacial y temporal: sobre el miembro del ciclo de rotación que es el barbecho — que significa un año de reposo para el suelo — crece, tras un pase de rastra en primavera, una vegetación espontánea de hierbas, gramíneas, trébol, etc., que durante el verano es pastoreada por ovejas y bovinos y al mismo tiempo fertilizada por ellos. Esta tierra de labor en pastoreo recibe, antes del volteo y la siembra del cultivo de invierno en otoño, el abono adicional procedente de la estabulación del período otoño-invierno precedente. En el segundo año se tienen como fruto panificable los cereales de invierno, que al mismo tiempo suministran principalmente la paja para la yacija del establo, y en el tercer año se tienen, como «fruto agotador», los cereales de verano, así como leguminosas, lino, linaza, etc. La superficie de labor en conjunto está dividida en aproximadamente tres partes iguales, sobre las cuales se encuentran simultáneamente los cultivos que se van sembrando sucesivamente en cada una de las tres partes en intervalos de tres años (Figura 2). La economía de los tres campos fue hasta la Edad Moderna la garante de una fertilidad del suelo que se renueva de año en año, que trasciende el mero nivel natural. Los prados, que procuraban el heno para la alimentación de invierno en el establo — con lo cual se generaba estiércol para la tierra de labor — eran llamados «la madre de la tierra de labor».