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La migración de los pueblos tuvo como consecuencia, al norte de los Alpes, la decadencia y destrucción de todas las ciudades fundadas por los romanos: la nueva forma de asentamiento que surgía desde la actitud anímica cristianamente impregnada del *«ora et labora»* fue el pueblo. Solo más tarde, en los siglos X y XI, en conexión con sedes nobiliarias, monasterios y plazas de comercio centrales, dotados de privilegios especiales, algunas aldeas se convirtieron en ciudades. El comienzo lo marcó el establecimiento de una capilla como centro y la puesta en cultivo de un trozo de naturaleza silvestre en torno a ella, seguidos de la construcción de una basílica románica y el asentamiento de las granjas campesinas orientado hacia ella, junto con el territorio circundante, delimitado hacia el exterior. En la medida en que el centro, la iglesia, con su torre y su nave se elevaba y se configuraba en plástico-artística configuración, en esa misma medida se configuraba y articulaba la que antaño fuera exuberante naturaleza silvestre de la demarcación en naturaleza cultivada. Este desarrollo de armoniosa y creciente elevación artística alcanzó su punto culminante con el advenimiento del Gótico. En el Románico aparece en rasgos germinales, en imagen refleja artística, lo que en los seres humanos fue revelándose e interiorizándose gradualmente, en humildad y entrega, como la esencia más profunda del cristianismo. El impulso del Grial, surgido de la corriente del cristianismo esotérico en los siglos VIII y IX, penetró las almas de los seres humanos y despertó en ellos en alto grado la fuerza de la interiorización. En el Gótico florece desde esta intimidad de la vida anímica una inaudita fuerza formativa artística. La torre se eleva aún más, filigrana, hacia las alturas; la larga y elevada nave eclesiástica, de múltiples naves y amplias proporciones, con transepto y coro, envuelve un espacio interior poderoso, inundado de luz de colores que fluye hacia dentro, a través de las escenas bíblicas y las figuras de los santos en los vitrales, como desde un mundo superior. ¿Cómo habrá de haberse vivenciado allí el ser humano campesino, que moraba en sencillez, aplastado hacia la tierra, a los pies del imponente edificio? Hacia fuera se ofrecía a su mirada la naturaleza configurada por la obra de sus manos en sus formas y colores; al penetrar en el espacio interior del elevado edificio, percibía formas y colores de índole completamente distinta. A su contemplación intuitiva se ofrecía, en elevada configuración artística, una imagen refleja de su propio vivenciar anímica y espiritual-anímicamente.






