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¿Qué desarrollo tomó, sobre el fondo de este acontecer histórico, la agricultura? Su fundamento, el principio del organismo, se mantuvo. Pero sin una fuerza de impulso espiritual que lo siguiera actuando, quedó como mera tradición: los paisajes culturales surgidos del quehacer campesino tuvieron que ser conservados en el avance de los siglos con el mismo esfuerzo penoso que los edificios de las iglesias románicas y las catedrales góticas que en su tiempo formaron con ellos una unidad. Primero, gota a gota, algunos hombres valientes hicieron su hatillo y emigraron hacia las ciudades que ascendían. Pero después, a partir del siglo XVII, los siguieron en oleadas de emigración al llamado de que «el aire de la ciudad hace libre». Aceptaron la pérdida del cobijo y de la paz aldeanos; se esforzaban por salir de la estrechez y la falta de libertad de la vida ligada a la naturaleza, y buscaban, en la inseguridad existencial, la libre autodeterminación en los oficios que estaban naciendo. De un modo ejemplar y que llega al corazón, describe este solitario camino hacia lo incierto el que luego sería oculista y poeta Jung-Stilling (1740–1812),[1] a quien Goethe ayudó con resoluta intervención a salir de más de una necesidad existencial. Cada vez más, las ciudades fueron succionando a los hombres de la agricultura; la vida académica, las ciencias naturales florecieron, y con ellas la aplicación técnica de las leyes reconocidas de la naturaleza inorgánica. Frente a la orientación plenamente humana y universal del trabajo en la agricultura, los hombres se sumergieron ahora en el mundo de la industria con su división del trabajo. Ellos, que aún estaban por entero ligados a la conciencia popular, se vieron desafiados, en la inseguridad existencial, a una autoconciencia individual. Del campesino nació el hombre moderno, emancipado; el proletario. Este no podía ganar del proceso de la división del trabajo nada más que su salario: ni la cultura humanística de su tiempo pudo darle respuesta a sus preguntas vitales, ni tampoco las ciencias naturales, que ante la pregunta de su ser humano lo hacían descender del mono. En el avance de la Edad Moderna, el campesinado se hunde en una tradición ligada a la herencia, de la que ya no surgían impulsos renovadores. Esta tragedia caracteriza el curso del desarrollo en los siglos XIX y XX. Ya la besommerung de la tierra en barbecho con trébol en el siglo XVIII fue un impulso que venía de fuera, que encontró resistencia, no en último lugar por el hecho de que la

  1. Johann Heinrich Jung-Stilling: Lebensgeschichte, München 1968.