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En el siglo XIX, las ciencias naturales y la técnica fueron asumiendo paulatinamente la dirección sobre una agricultura que había quedado alienada de sus impulsos espirituales. Ya desde el principio se fundó una facultad de agricultura tras otra. En primer plano estaba la pregunta por lo que se había llamado la «vieja fuerza del suelo», y de ahí la pregunta por el abonado. Se quería comprender qué había otorgado a los suelos, a lo largo del tiempo, la fertilidad perdurable. Se había perdido de vista la integridad del organismo agrícola y la acción conjunta de sus miembros, y se buscaban factores aislados. Se reconoció la importancia del humus como portador de fertilidad. Para investigar experimentalmente esta cuestión de la fertilidad perdurable del suelo, se estableció en Kent, en Inglaterra, en 1853, el ensayo de abonado de larga duración de Rothamsted. En una parcela con estiércol de establo se suspendió el abonado al cabo de cierto tiempo, y cincuenta años después todavía podían constatarse efectos residuales de aquel abonado de antaño.[1] Con ello, y también mediante ensayos de larga duración realizados posteriormente en otros lugares,[2] se confirmó que la «vieja fuerza» se debe esencialmente a la ganadería bovina dentro del organismo agrícola.






