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A pesar de todos los logros, sin duda admirables, de la Modernidad, no podemos cerrar los ojos ante el hecho: estamos sobre un montón de escombros de la cultura agraria cristiano-occidental. La usurpación por métodos industriales de producción ha quebrado su fuerza portadora de cultura y le ha cavado la fosa desde los años 60 del siglo XX. Pero toda muerte lleva también en sí el germen de un nuevo devenir. Este puede ser captado cuando uno toma conciencia de los impulsos más profundos del devenir en el pasado. Una sentencia del «Doctor Angélico», Tomás de Aquino (1225–1274), reza: El tiempo tiene pasado y futuro, pero no presente.[1] — Puede uno profundizar aún más en este pensamiento. En el presente se encuentran ambas corrientes del tiempo y se extinguen mutuamente. La corriente del pasado se extingue en la forma, en el acontecimiento sensible. Pero en esta forma la corriente del tiempo que viene del futuro se abre como germen. La semilla vegetal ejemplifica el acontecimiento. Lleva en sí, cuajado en la forma del genoma, el sello del pasado. Esta «forma acuñada que se desarrolla viviendo»,[2] contiene un germen que tiene la potencia de abrirse a la corriente del tiempo futuro. Así puede decirse: En la objetivación de lo sensorialmente manifiesto reside el momento de muerte en el que el tiempo del pasado se vuelve hacia el futuro. El futuro es el pasado que se transforma.






