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Hasta qué punto el ser humano lleva en su cabeza lo que ha caído fuera de la vida, lo mineral-muerto, lo muestra también la aparición de la arenilla cerebral, principalmente en la glándula pineal (*Epífisis*). Se trata de pequeñas piedras de color amarillo limón, constituidas por cristales de calcio y magnesio. Rudolf Steiner observa al respecto: «Todo ser humano debe tener en sí un poco de arenilla cerebral», pero no como depósito permanente, sino: «Esa arenilla cerebral debe formarse, y debe volver a disolverse una y otra vez.»[1] Este proceso de formación de los cristales y su nueva disolución lo describe Rudolf Steiner como el fundamento de la conciencia del Yo: «Si no pudiéramos disolvernos, no podríamos pensar, no podríamos llegar a la conciencia del Yo. En ese disolverse consiste lo que llamamos nuestra conciencia del Yo.»[2] En la cabeza se cumple la actividad del pensar.






