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Entre los polos de Abajo y de Arriba se despliega horizontalmente una piel finísima, el suelo, que constituye el centro rítmico germinal. Éste no tiene en sus procesos ninguna autonomía, como el sistema rítmico del ser humano. Por eso tampoco se puede decir que el suelo tenga un pulmón, un corazón. En este contexto vale la pena mencionar que el suelo, igual que el agua, tiene sus mareas y se eleva y desciende diariamente en Europa Central en promedio unos 80 cm.[1] Y sin embargo, el suelo respira oxígeno hacia adentro y dióxido de carbono hacia afuera, igual que el animal y el ser humano. Solo que esta respiración no sucede por un impulso autónomo interno, sino que es el resultado de la acción conjunta exógena de las fuerzas de los polos de Abajo y de Arriba en el suelo. En la dinámica de los minerales arcillosos puede verse una especie de función cardíaca. Pero también ésta es estimulada desde fuera y sigue un ritmo impulsado por el Sol, que regula y armoniza estacionalmente los procesos de disolución y enlace de las sustancias en el suelo. De aquí puede hacerse comprensible por qué Rudolf Steiner apostrofó el suelo como el «diafragma» de la individualidad agrícola en cuestión.[2] Esta membrana-diafragma refleja en sus funciones la interacción de los elementos tierra, agua, aire y calor en los ritmos del año solar. El suelo cultivado se caracteriza entonces por haber recibido, a través de las medidas de cultivo y de fitotecnia llevadas a cabo durante siglos, en particular mediante el abonado con estiércol de vaca, más allá de la «dotación natural», la disposición para desarrollar un órgano rítmico propio, la disposición hacia el «centro» equilibrador y capaz de evolución.






