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Como almas de grupo o de especie de los animales, Rudolf Steiner designa[1] seres espirituales comparables al Yo del ser humano, que dirigen a los animales individuales de las especies animales que les pertenecen, por así decirlo, desde fuera. El alma de grupo conduce y actúa a través de la sangre; el ser humano, en cambio, lo hace a través de su «modo de sostener», a través de la manera en que interior y exteriormente se relaciona con el animal: él «sostiene» al animal doméstico, de lo contrario caería. Lo extrajo en su momento de su condición de criatura natural, conducida por el alma de grupo, lo retuvo en el estadio de una plasticidad embrionaria todavía acrecentada y le conservó con ello, a través de todas las generaciones siguientes, una cierta medida de juvenilidad. Así la evolución de los animales domésticos tomó, por obra del ser humano, otra dirección. Se desvía, por así decirlo, prematuramente, antes de caer en la naturaleza silvestre. En la fauna silvestre, el desarrollo de las especies ha envejecido morfológica y fisiológicamente hasta un estadio final. El lobo, por ejemplo, que se considera antecesor de los perros, ha perdido desde el punto de vista evolutivo su juvenilidad. Es lobo, ya no es plásticamente moldeable, como lo era en los tiempos del apogeo de su evolución en el Terciario (Atlantis). Su comportamiento es pura proyección de su alma de grupo en la forma de existencia terrestre. El perro, en cambio, como las especies domésticas en general, se presenta de manera por así decirlo explosiva y con gran plasticidad en una multiplicidad de razas. Esta diversidad es la obra de una humanidad que, en los tiempos postatlánticos (Holoceno), fue liberándose más y más de la sujeción a su propia naturaleza de alma de grupo y se vinculó entonces ella misma, en la juvenilidad unida al espíritu del Yo-despertar, con las almas de grupo de determinadas especies animales. Los animales domésticos no han surgido, así vistos, por la vía de la mera selección genética a partir del producto evolutivo final de una forma filogenética; más bien resulta evidente suponer que deben su origen a la particular constitución anímico-espiritual de una humanidad temprana que aún se hallaba en relación de ensueño con las almas de las especies animales.

  1. Rudolf Steiner: Das Hereinwirken geistiger Wesenheiten in den Menschen, GA 102, Dornach 2001, Vorträge vom 16. Mai 1908, 1. Juni 1908, 4. Juni 1908.