Translations:Manfred Klett: Von der Agrartechnologie zur Landbaukunst/1105/es

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humus estable en conjunción con la

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cal, es decir, las fuerzas del abono que son propias del compost vegetal. Esto vale también para el sistema de raíces finas que se ramifica en la amplitud. Distinto es el caso de la raíz pivotante, el raquis, el tallo y el tronco. Su impulso vertical no tiene como fundamento sustancial el humus como abono, sino el cristalino del cuarzo, los silicatos y los minerales arcillosos (cf. cap. «La formación de los minerales arcillosos y su neoformación», p. 209 y ss.). Estos minerales silíceos transmiten de manera indirecta las fuerzas irradiantes del Sol, los planetas y las estrellas fijas. Estas se concentran, en virtud de la acción de las arcillas, en la «corriente cósmica ascendente» dentro de las plantas.[1] El Yo del ser humano, su ser espiritual, le otorga la fuerza de la erección vertical; el animal es animal precisamente porque no posee esta fuerza en su plenitud erecta; tiene, sin embargo, como el bovino de manera particular, «el Yo en disposición». La planta, firmemente enraizada en la tierra, se crea en «corriente cósmica ascendente» su forma vertical como imagen refleja de su ser espiritual suprasensible. El abono animal puede ahora —así cabe presumir— en virtud de la «disposición del Yo» entretejida en él a través del cuerpo astral y del cuerpo etérico del animal, hacer más independiente al ser de la planta respecto de su encuadramiento en las condiciones localmente dadas de las alturas y las profundidades. A través del estiércol se le transmite a la planta la disposición de individualizarse hasta en la configuración de su forma exterior, de vincularse con mayor autonomía esencial con las acciones de la Tierra y del cosmos. Visto así, hay que atribuir — como ya se ha apuntado — ante todo al estiércol bovino, en lo que concierne a la conexión vital entre suelo y plantas, una capacidad «educadora».

  1. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1999, S. 47.