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Translations:Manfred Klett: Von der Agrartechnologie zur Landbaukunst/1371/es
A consecuencia del engrosamiento del tronco y de las ramas extendidas, el súber se agrieta en fisuras profundas. Las células del corcho protegen el tejido del líber muerto del deterioro y con él el oxalato de calcio y una parte de los aceites esenciales menos volátiles y los compuestos aromáticos y sus derivados que se han formado en la corteza. Los compuestos aromáticos son hidrocarburos cuyo producto final es la resina altamente polimerizada. Cuando Rudolf Steiner habla de que «la resina del roble debería ser todavía bastante activa»[1] — pues como tal secreción no existe en el roble —, se refiere ciertamente a los intermediarios poco polimerizados en el camino hacia la resina. Son, entre otras cosas, las sustancias aromáticas fácilmente volátiles, afines a las secreciones florales, o bien los hidrocarburos aromáticos contenidos en los aceites vegetales. Estos se forman durante la fase de desvitalización de la planta en el camino hacia la flor. Se «evaporan» — en parte gracias al hidrógeno convertido en «soberano único» del proceso — en la indistinción del cosmos;[2] o bien son, como en el caso del súber, menos volátiles y se conservan durante más tiempo gracias al recubrimiento del corcho. Estas sustancias «próximas a la flor» deben su composición a las fuerzas formativas de la corteza y a su desvitalización hacia la forma astralizada del súber. Del súber se ha retirado la vida, como ocurre también en el proceso hacia la flor. Las fuerzas de lo astral permanecen unidas a la «estructura» orgánica del súber del roble, que encierra tanto las formaciones de sustancias aromáticas afines a la flor como el oxalato de calcio cristalizado. El roble crea así, solo en el súber, la estructura que confiere al calcio el poder de actuar sanando a las plantas, y que puede hacerse aprovechable para el suelo y las plantas a través de los pasos de preparación subsiguientes.






