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Dauerhumus en conjunción con la cal, y con ello, por tanto, las fuerzas fertilizantes propias del compost vegetal. Esto vale también para el sistema de raíces finas que se ramifica en anchura. Diferente es el caso de la raíz pivotante, el cañón, el tallo y el tronco. Su impulso vertical no tiene como sustrato material el humus como abono, sino lo cristalino del cuarzo, los silicatos y los minerales arcillosos (véase cap. «La formación de los minerales arcillosos y su neoformación», pág. 209 y ss.). Estos minerales silíceos transmiten por vía indirecta las fuerzas que irradian desde el Sol, los planetas y las estrellas fijas. Estas se concentran, en virtud del obrar de las arcillas, en la «corriente cósmica ascendente» dentro de las plantas.[1] El Yo del ser humano, su ser espiritual, le da la fuerza de la erección vertical; el animal es animal precisamente porque no posee esta fuerza en su plenitud; pero tiene, como de modo particular el bovino, «el Yo en la disposición». La planta se crea a sí misma, firmemente enraizada en la tierra, en «corriente cósmica ascendente», su forma vertical como imagen de su ser espiritual suprasensible. El abono animal puede, pues —así cabe conjeturar—, en virtud de la «disposición del Yo» que le ha sido incorporada a través del cuerpo astral y el cuerpo etérico del animal, hacer al ser vegetal más independiente respecto de su sujeción a las condiciones locales de las alturas y las profundidades. A través del abono se le transmite a la planta la disposición de individualizarse hasta en su formación de la forma exterior, de unirse de manera más propia a su ser propio con las acciones de la tierra y del cosmos. Desde esta perspectiva, hay que atribuir al abono bovino por encima de todo, como ya se ha indicado, en relación con el nexo vital entre suelo y plantas, una capacidad «educativa».

  1. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 10. Juni 1924, Dornach 1999, S. 47.