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Lo que discierne sobre ello es la conciencia moral, en la que confluyen en última instancia todos los pensamientos, sentimientos e impulsos de voluntad, y de la que todas las acciones reciben su particular impronta ético-moral. En el campesinado más antiguo tenía vigencia la sentencia: «El paso del labrador abona». Se caminaba sosteniendo las riendas detrás del arado, o como sembrador sobre el campo, o en la ronda dominical por los cultivos. Tan verdadera como fue en su tiempo esta sentencia, así de verdadera lo es hoy en metamorfosis. Antaño era aún experiencia instintiva directa, nacida del vivir popular, lo que la tierra le dice al que camina sobre ella, lo que habla desde los estados de ánimo del entorno, lo que el suelo inspira y lo que espira. Se sabía entonces qué era lo que había que hacer a continuación con toda lógica. Hoy, la seguridad de «hacer lo correcto correctamente en el momento justo» debe ser reconquistada desde la fuerza del alma consciente. Al caminar por el campo, digamos al término de la jornada de trabajo —pleno uno de las múltiples impresiones del día—, se percibe una seguridad que emerge de desconocidas profundidades del alma y que no brota del pensar ligado a los sentidos. Desde el sentir de la integridad de la granja y de todos sus nexos vitales actuales, se sabe de repente qué es lo que hay que hacer al día siguiente —ya sea dirigir la atención hacia ámbitos de la granja que han quedado fuera del campo de visión, o bien que tal o cual cultivo requiere con urgencia de una labor de cuidado, como un pase de rastra deshierbadora o una pulverización de preparados. Se presentan Intuiciones que ascienden desde la esfera de la voluntad, sordamente presintientes, hasta iluminar la conciencia. Uno se sabe de pie en una corriente viva de espíritu que va del ayer al hoy y del hoy al mañana. Dejar fluir las ideas pensando hacia el trabajo, de modo que en el trabajo alcancen sintiendo la voluntad: eso abre el camino a las Intuiciones que conducen a un nuevo arte de la fertilización desde el espíritu, a un arte de la vivificación de la materia, de «lo Sólido, lo Térreo mismo».[1]

  1. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 13. Juni 1924, Dornach 1999, S.122: «Man muss die Erde direkt beleben, und das kann man nicht, wenn man mineralisierend vorgeht, das kann man nur, wenn man mit Organischem vorgeht, das man in eine entsprechende Lage bringt, sodass es organisierend, belebend auf das Feste, Erdige selber wirken kann.» (Hay que vivificar la tierra directamente, y eso no se puede lograr si se procede de manera mineralizante, sólo se puede lograr si se procede con lo orgánico, llevándolo a una condición tal que pueda actuar de manera organizadora y vivificante sobre lo sólido, lo terrestre mismo.)