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El preparado de cuerno y estiércol

En el arco ascendente y descendente del semestre de verano, el tiempo de la exhalación de la Tierra, la planta que crece se convierte en imagen de las fuerzas que actúan en la periferia de luz, aire y calor. Este crecimiento proporciona el alimento para el hombre y el animal. Es sobre todo el rumiante, el bovino, quien recibe el crecimiento de prados, pastos y praderas de forraje. Este forraje es elevado en el acto de la rumia y la digestión en los preestómagos al nivel de la vivencia anímica. En la descomposición sustancial de la materia vegetal, la vaca degusta las fuerzas constitutivas cósmicas de la sustancia vegetal. Lleva a cabo un «análisis cósmico-cualitativo» (cf. cap. «El bovino», pág. 146 ss.). En esta actividad sensorial saboreante y analítica en el procesamiento del forraje, la vaca experimenta la índole del entorno del que proviene el forraje, la particularidad, por ejemplo, de las condiciones propias del sitio del suelo y el clima. Rumiando percibe todo esto como poderosas configuraciones de fuerzas. En este estado, concentrado-despierto hacia adentro, onírico hacia afuera, su alma o cuerpo astral se une por completo con el cuerpo etérico, y este le refleja los procesos físico-químicos de la digestión. Con un bienestar sin límites, el alma de la vaca participa en lo que acontece en el cuerpo: «Es un mundo entero lo que la vaca ve.»[1] No puede retener esto que está lleno de vida, de alma, de fuerza, ni reclamarlo para sí, pues no tiene un ser propio, no tiene un Yo. Debe excretar este poder lleno de fuerza que ha penetrado con su ser anímico. Eso es lo que confiere al estiércol de vaca la inigualable fuerza fertilizante —la más alta y la más armoniosa a la que llega la naturaleza.

  1. Rudolf Steiner: Das Faust-Problem. Die romantische und die klassische Walpurgisnacht, GA 273, Geisteswissenschaftliche Erläuterungen zu Goethes Faust, Bd. II, Vortrag vom 27. Januar 1917, Dornach 1981, S. 75.