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El proceso de agitación rítmica dura una hora. ¿Es esta medida de tiempo elegida arbitrariamente —para asegurarse, por ejemplo, de que el efecto del preparado se ha unido al agua—, o dónde reside el sentido? La respuesta no puede buscarse en el acontecer natural, sino en ritmos cósmicos que obran esencialmente en el ser humano y han conservado en él su origen. A escala macrocósmica es el ritmo día-noche de veinticuatro horas. En este ritmo Tierra-Sol vive el Yo, la geistseele del ser humano, en los estados del dormir y del despertar. A través de la organización del Yo del sistema neurosensorial, del sistema rítmico y del sistema metabólico-motor, éste individualiza los ritmos macrocósmicos y los imprime en el cuerpo físico, por ejemplo como los ritmos de la respiración y de la pulsación cardíaca. Las longitudes de onda de estos ritmos se mueven en el ámbito de los segundos y de los minutos. En los procesos neurosensoriales las frecuencias se acortan a fracciones de segundo, mientras que en su polo opuesto, las actividades del metabolismo, se amplían hasta la medida de tiempo de la hora o las horas.[1] Pero en el polo metabólico-motor vive la voluntad, cuya activación y desactivación se cumple en el ámbito de la hora —de ahí, por ejemplo, la «hora de clase»—. Esto, junto con la propia experiencia, autoriza la certeza de que la medida de tiempo de la hora de agitación está referida al ritmo de voluntad del ser humano metabólico-motor. Pues es éste el que pone en marcha y mantiene el proceso de agitación rítmica.
- ↑ Bernd Roßlenbroich: Die rhythmische Organisation des Menschen: Aus der chrono-biologischen Forschung, Stuttgart 1994, 163 S.








