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El ojo se comporta de manera polar respecto a la vejiga. Así como esta capta y concentra un flujo de sustancia material procedente del ser interior animado, así a la inversa el ojo, que capta lo espiritual del mundo exterior y lo concentra en la imagen perceptiva. Y así como la vejiga, al excretar, se abre hacia el mundo exterior, así el ojo transmite el contenido de la imagen irradiándolo hacia el ser interior. Cuán estrechamente están relacionados percepción y excreción lo experimenta quien entra de manera llamativa —y quizás a deshora— en el establo. Las vacas levantan brevemente la vista, y al instante el metabolismo se activa; empieza el rumor. En el caza mayor noble esta relación está polarizada más hacia el lado del sistema neurosensorial. En abierta receptividad sensorial ligada al cuerpo, vive junto a lo cósmico de su entorno, y esto se imprime en su organización corporal. A esta impronta debe la vejiga del caza mayor noble su particular «constitución sustancial».[1] Lo que el ciervo vive como presencia cósmica imprime su huella en la disposición sustancial de la membrana sutilísima de la vejiga. En su impronta sustancial, forjada por las fuerzas del cosmos, es «casi una imagen refleja del cosmos».[2] Por otra parte, la vejiga del caza mayor noble tiene una forma casi esférica. Como órgano envolvente encierra un espacio interior y preserva, con esta forma de fuerza de la envoltura que transforma, el curso continuo de los procesos que en ella se desarrollan. Como todos los órganos, la vejiga porta en sí, en forma y función conservadora, la herencia del macrocosmos pasado. Lo que hace tan destacada la vejiga del caza mayor noble —comparada con la de otros rumiantes, por ejemplo— y tan adecuada para la preparación de la milenrama, es la dualidad de su función. En su constitución sustancial, el portador de la cornamenta mantiene relación con las fuerzas actualmente operantes del macrocosmos; en su forma, en cambio, con las fuerzas conservadoras que actúan desde el pasado.








