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y las grandes civilizaciones antiguas que les siguieron. La humanidad vivía entonces en un estado de conciencia de ensueño. Puede llamársele también conciencia mitológica. De ella manaron los mitos de los pueblos, Inspiraciones procedentes de un mundo percibido como geistig-real y suprasensible. Estaba bajo la guía del sacerdocio inspirado de los Misterios. En estos trasfondos espirituales debe buscarse el origen de la domesticación de los animales (cfr. cap. «Los animales domésticos – órganos en el organismo de la granja y del paisaje», pág. 126 y ss.). Esta consistió en que la vida instintiva evolutivamente dispuesta de los animales fue siendo reemplazada gradualmente por la guía del ser humano. Este paso de transformación, surgido de la constitución anímica-espiritual de la humanidad de aquella época, se imprimió en el cuerpo vital de los animales, y a través de este en el cuerpo físico, y así también en la corriente hereditaria. Le confirió al animal doméstico la capacidad de preservar su juvenilidad, de mantener variable su constitución corporal. En última instancia, cabe asumir que el misterio de la domesticación ha encontrado su sedimento en el cuerpo físico, en la disposición específica de las sustancias, en su «estructura», allí donde la vida se cuaja plenamente en la forma. Una vez creada la forma, esta se retira de ella, y la forma queda entregada a la muerte. Esta disposición de las sustancias —creada por las fuerzas formativas del animal doméstico— es en cada caso diferente en los huesos tubulares de las extremidades, en los huesos de la pelvis, de la columna vertebral, y de nuevo diferente en los huesos del cráneo que envuelven el centro del sistema neurosensorial. La sustancia predominante que edifica estos últimos es el calcio; se halla en diversas composiciones con fósforo, carbono, oxígeno y flúor. Sus fuerzas orientadas, por así decirlo, hacia un punto central confieren al cráneo cerebral su forma que se aproxima a la esfera. La disposición composicional del calcio en los huesos del cráneo cerebral es, según cabe concluir, expresión del juego de fuerzas anímicas del animal doméstico —estimulado por el ser humano y mantenido en estado juvenil—. Es, a nivel animal, una disposición de las sustancias del calcio de orden superior a la que se presenta a nivel vegetal, como por ejemplo en la corteza externa del roble. Vista así, el cráneo del animal doméstico preserva en sus composiciones de calcio fuerzas astrales que han afluido al animal doméstico a través de la solicitud activa del ser humano y han tomado el lugar de los instintos perdidos. Tienen, en un sentido más elevado, la capacidad de actuar de manera purificadora, depurativa y sanadora sobre los procesos vitales proliferantes.