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A diferencia del sílice, Rudolf Steiner describe al calcio como aquel que quiere «atraerlo todo hacia sí». «Lo que la cal quiere tener vive en lo vegetal.» «Lo calcáreo es el deseo externo general en lo terrestre.»[1] En esta cualidad de lo «apeteciente» se expresa de manera natural el calcio anorgánicamente muerto. A través de los procesos vitales de las plantas —y de modo particular del roble— es liberado gradualmente de esta sujeción a lo terrestre. Desde este estado vivificado es excretado en la corteza/borke hacia uno que, si bien se aproxima a lo mineral, imprime no obstante en su «estructura» al oxalato de calcio embebido en el tejido de la corteza/borke el sello de la organización de fuerzas formativas del roble. ¿No puede verse en ello el sentido de los tres pasos de inversión descritos en la preparación, a saber, que la «naturaleza de deseo e impulso» del calcio muerto se invierte en su contrario? Se transforma en su entramado de fuerzas hacia un estado en que ya no quiere nada para sí, sino que transmite a las plantas fuerzas por las cuales pueden defenderse de las influencias externas dañinas y patógenas. El calcio en la cal es elevado, mediante los pasos procesales de la preparación, fuera de sus estados evolutivamente fijados; de tomador se convierte en dador, en sanador en la vida de las plantas.

  1. Rudolf Steiner: Ibíd., conferencia del 11 de junio de 1924, págs. 82/83.