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El tallo

El tallo de la valeriana puede considerarse, con pleno derecho, como un miembro propio de esta planta (Figura 33). Mientras que el diente de león no abandona nunca su estadio de roseta y florece cerca del suelo, como una cesta rebosante de flores sobre su propio pedúnculo, el tallo de la valeriana emerge en primavera de su laxa roseta y asciende verticalmente. Es como si quisiera elevar su inflorescencia hacia la esfera del calor, la luz y el aire —a la mayor distancia posible de su cepa. El tallo determina el gesto de esta planta: como miembro dominante, enlaza el sistema radicular —capacitado para lo terrestre— con la inflorescencia vuelta hacia el cosmos; así como aquel se ramifica hacia abajo, este se ramifica hacia arriba en las finas ramillas de la cima. El tejido de sostén y de vida del tallo encierra un tubo lleno de aire; por fuera está profundamente surcado. Con ello se manifiesta de nuevo la dualidad polar del obrar astral: desde fuera, imprimiendo las fuerzas de crecimiento en la forma; desde dentro, creando espacio y —gracias al nitrógeno del aire contenido en el tubo del tallo— ordenando, reordenando y purificando las sustancias en el transcurso de los procesos vitales. La astralidad que domina toda la planta de la valeriana refina el acontecer sustancial en el crecer ascendente del tallo, de un par de hojas al siguiente. También el tallo —ya refinado en dirección a la flor— desprende el aroma característico del aceite de valeriana, en el que los aromas de diversos aceites esenciales se funden en una unidad.