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La flor individual es discreta y solo despliega plenamente su coloración rosada pálida en el conjunto de la inflorescencia. Mientras las flores de la etapa más alta de la cima en flor se van abriendo, las de los niveles inferiores se marchitan y pasan al estado semillero. Este es el fundamento del llamativamente largo período de floración. La flor muestra, con sus cinco pétalos —de tamaño desigual y fusionados en la base en un tubo—, así como con sus tres anteras, una fuerte asimetría. Hoerner[1] la interpreta como «un signo de una individualización muy intensa, causada por un elemento astral que interviene profundamente en la planta». Esta indicación queda además respaldada por el hecho de que el tallo, esto es, el principio vertical, domina la formación de la forma de la valeriana —signo de que el arquetipo espiritual de esta planta, su propio ser, se vuelve sensible en el eje vertical Tierra-Sol. Este hecho atestigua igualmente la intensa relación de la valeriana con la luz y, del mismo modo, con el calor, visible en el elevado contenido de sustancias combustibles. El calor es el elemento primordial y el portador esencial en todo ser y devenir.[2]








