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En el vivenciar de la idea, el pensamiento de la cabeza se convierte en pensamiento del corazón; se vive en una imagen pensada que sigue creciendo y es una oferta a la voluntad de asirla en libertad y dejarla devenir acto hacia afuera. En esta voluntad de actuar, el espíritu que habita en la idea cobra vida como fuerza moral orientada a un fin. En esto habrá que buscar en el futuro la tarea de la ciencia: que el alma pensante tome conciencia de su meta espiritual. Christian Morgenstern lo expresa con las palabras: «quien no sabe del fin, no puede tener el camino».[1] El camino hacia esta meta es uno artístico. La meta se halla en el futuro. Habrá que desarrollar una ciencia que haga vidente hacia el futuro, que señale al ser humano las metas espirituales para un quehacer artístico creador. Si permanece fiel a estas metas a través de todas las resistencias, se desencadenan fuerzas morales mediante las cuales puede enfrentarse con visera abierta al poder entitativo inhibidor del desarrollo que es el mal, y dedicar todo su esfuerzo a los poderes entitativo-esenciales del bien, al progreso de la humanidad. El camino hacia la meta es el arte que se forma a partir de una ciencia rectamente comprendida, esto es, fiel al fenómeno. Si uno se limita en la ciencia a un pensar en conceptos abstractos y muertos, surgen tecnologías que poseen ciertamente su capacidad referida al presente, aunque circunscrita a lo meramente físico-sensorial.

  1. Christian Morgenstern: Werke und Briefe. Stuttgarter Ausgabe, Band II, Lyrik 1906–14, Stuttgart 1992, S. 213 f.