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La síntesis de amoníaco había madurado técnicamente en cuanto a su producción justo antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, con lo que hizo a las Potencias Centrales independientes de las importaciones de salitre de Chile y volvió obsoleto el bloqueo atlántico de los ingleses para impedir estas importaciones. Solo gracias a la síntesis de amoníaco pudo librarse la Primera Guerra Mundial como guerra de artillería y de bombas en la dimensión devastadora y con la duración que tuvo para las Potencias Centrales. En el transcurso de la guerra también los Aliados occidentales dispusieron de esta tecnología. Terminada la guerra, la pregunta que se planteó por parte de la industria del nitrógeno fue: si ya no hay guerra, ¿qué hacer con el nitrógeno? Vencedores y vencidos se pusieron de acuerdo con rapidez; se fundó el Sindicato Europeo del Nitrógeno y se declaró a la agricultura el nuevo mercado. Con una publicidad enorme y una investigación cercana a la práctica lanzada por la industria, la producción de nitrógeno pasó sin solución de continuidad de la fabricación de explosivos para bombas y granadas a la producción de fertilizantes sintéticos para la agricultura. Una vez más se demostró la verdad de la afirmación de Heráclito, según la cual la guerra es «el padre de todas las cosas».[1] Lo mismo ocurrió tras
- ↑ Heráclito (filósofo presocrático, hacia 520–460 a.C.), fragmento DK B 53: «La guerra es el padre de todas las cosas, el rey de todas las cosas. A unos los hace dioses, a otros hombres,








