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El organismo —con su centro y su periferia— como principio formativo fundamental en la agricultura fue creciendo desde el siglo VII de nuestra era a partir de los biotopes naturales dados, de los «organismos en el crecimiento natural», surgiendo de ellos. Llevaba de lugar en lugar un sello decididamente individual. Era un crecer instintivo-inspirado desde los pueblos cristianizados. Con el desvanecerse de estos, en el transcurso de la Era del alma consciente, se fue perdiendo también la fuerza de impulso espiritual. La doctrina empresarial agrícola del siglo XX reconoció ciertamente el juego conjunto lleno de sentido de las ramas del establecimiento agrícola en un todo, y lo llamó organismo agrícola. Pero la «índole esencial» de ese todo no fue interrogada. El concepto era demasiado falto de fuerza para poder detener la decadencia cultural de la agricultura. Tampoco el movimiento ecológico surgido desde los años setenta, ni con él la agricultura ecológica, pudieron despertar a nueva vida el concepto del organismo agrícola. La llave para la comprensión del organismo solo puede buscarse en el agens esencial que lo trae a la aparición en la corporalidad cerrada en sí misma y se vive manifestándose en ella. En el animal, ese agens es el alma animal; en el ser humano, el alma espiritual. El alma animal está atada al cuerpo; el alma espiritual del ser humano tiene el poder de, con las tres actividades del alma —el pensar, el sentir y el querer—, ir elevándose cada vez más fuera de esa atadura, de liberarse de ella. Con ello crece en ella la capacidad de hacerse consciente de sí misma, de aprehenderse en el autoconocimiento como ser espiritual creativamente activo, como el Yo que se realiza a sí mismo. En el Yo lleva el ser humano como microcosmos el germen espiritual en sí. Por ello puede no solo conocerse a sí mismo y la naturaleza esencial de su organismo corpóreo, sino saberse en ese conocimiento en conexión con lo esencial que obra suprasensiblemente en la naturaleza y en el cosmos.








