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La tierra cultivable disponible se distribuye de manera que los distintos cereales, cultivos de escarda y plantas forrajeras —en el huerto, las distintas hortalizas— que en un año se encuentran uno junto al otro en diferentes parcelas, se cultiven sucesivamente en una misma parcela a lo largo de los años. El arte consiste en hacer que las distintas plantas de cultivo —según aumenten o consuman humus, según sean de raíz superficial o profunda, según sean exigentes o poco demandantes en cuanto al abono— se sucedan de tal manera que se eviten enfermedades, se fomente la alegría de crecer y la fructificación (valor nutritivo) y se conserve en conjunto la fertilidad del suelo, o mejor aún se eleve. De gran importancia es que la semilla se mantenga en la finca, es decir, que provenga del propio cultivo subsiguiente o del trabajo de mejora propio. La cultura del cultivo de la tierra trabaja sobre todo con las fuerzas del cosmos, que actúan a través de la tierra —sílice y cal, mediadas por la arcilla— indirectamente de abajo hacia arriba sobre el crecimiento vegetal. Esto se expresa particularmente en el cultivo de cereales, donde, en comparación con la hierba silvestre, toda la planta —en caña, hoja y semilla— está penetrada por el proceso de fructificación.[1]
- ↑ Vgl. hierzu Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, Dornach 1999, GA 327, insbesondere die Vorträge vom 7., 10. und 14. Juni 1924.








