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Esta trimembración corporal está desarrollada con mayor nitidez en los insectos. En los otros tres grupos, un ámbito funcional domina, con alta especialización, la existencia del animal: en los gusanos, el polo metabólico; en los peces, el centro rítmico; en las aves, el polo cefálico o neurosensorial. Cada uno de estos cuatro grupos revela en su diversidad de especies —con mayor intensidad los insectos— una gran amplitud en la conformación de sus sistemas orgánicos. En comparación con el ser humano, ya en fases anteriores de la evolución se han formado unilateralmente hasta tal grado de alta perfección, que puede decirse: una parte de lo anímico de estos animales ha quedado absorbida en gran medida por la respectiva formación corporal, mientras que la otra parte complementaria se vive manifestándose de manera suprasensible como el mundo de los llamados «seres elementales».[1] Los seres elementales son mensajeros que median entre el fundamento esencial de todo ser y sus formas de aparición en imagen en el mundo físico-material. Su naturaleza es de índole anímico-astral; su cuerpo se constituye, de manera específica en cada caso, a partir de las fuerzas de lo etérico-viviente. Los seres elementales son los mensajeros del espíritu que hacen aflorar en el tiempo y el espacio, en forma de imagen sensiblemente experimentable, los arquetipos del reino mineral, vegetal, animal y humano que tienen su hogar en el reino de los mundos espirituales superiores. Son seres de relación entre el mundo de lo sensible y lo espiritual-suprasensible, y como tales pueden ser vivenciados con sentimiento en una contemplación intuitiva ejercitada y pensante. Como portadores de proceso se encantan a sí mismos en todo lo que está en devenir y se liberan de ese encantamiento en el perecer de lo cuajado en la forma sensible.[2] Los seres elementales se especifican en cuatro grupos, según cuál de los cuatro elementos —tierra, agua, aire y calor— constituya principalmente su campo de acción.








