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En general, nos encontramos con la abeja (*Apis mellifera*) como ser individual en la visita a la flor: allí donde sorbе el néctar, poliniza las flores y recoge el polen en sus corbículas, en las patas traseras. Esta actividad de tomar y dar se cumple en la periferia de su espacio vital. Polarmante a esto, ese ser individual halla su centro en la colmena, donde se une con miles de otras en la más animada actividad y se convierte en miembro de una vida interior que todo lo abarca: la vida del «Bien», un organismo que se organiza desde sí mismo, con actividades que se articulan con rigor de órgano. Lo que en las funciones de un organismo permanece habitualmente oculto a los ojos, aquí se abre a la mirada como un quehacer de división del trabajo: la reina ponedora de huevos, la masa de abejas obreras — que a su vez se reparte el trabajo de la construcción de panales, el cuidado de la cría, la alimentación de la reina, la auto-limpieza, la captación de alimento y el aprovisionamiento —, y los zánganos, que fecundan a la reina en su vuelo nupcial orientado hacia el sol. Cada una de estas actividades, finamente coordinadas en el espacio y en el tiempo, despierta la impresión de una entrega abnegada. En el calor que las abejas procuran mantener constante en la colmena mediante su propia actividad, en torno a los 35 °C, crean el medio de encarnación para el alma de grupo: el apicultor habla del «Bien», que de manera natural hace surgir un organismo social, anticipando un comportamiento desinteresado que los seres humanos, en la convivencia social, tendrán que adquirir aún en el futuro desde la fuerza del Yo.








