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La colonia de abejas vive recogida en un espacio anímico en el que no quiere ser perturbada desde fuera. Solo *ese* hombre no la perturba que ha interiorizado el quehacer y el ser pleno de sabiduría de la colonia y que desde ese manantial, con reverencia, mesura y calma, realiza su trabajo sobre la colonia elevado al rango de artisticidad. Este espacio anímico se polariza en un centro de carácter cefálico, el stock, y en una periferia que hacia fuera queda delimitada por el mar de flores al que vuelan las abejas obreras y del que regresan al centro cargadas de miel y polen — un proceso comparable a la circulación de la sangre.[1] Lo que llevan al stock lo comparten con el hombre: la miel como alimento, la cera, el propóleo y el veneno para múltiples finalidades, entre ellas terapéuticas. Son, con un número correspondiente de colonias, órganos anímicos indispensables del organismo agrícola, que en su actividad entretejen lo espiritual activo en el calor en el término de la finca de una manera distinta a como lo hace el agricultor cuando, desde el Yo querido, incorpora sus pensamientos a través de su trabajo al conjunto de la granja.
- ↑ Rudolf Steiner: Mensch und Welt. Das Wirken des Geistes in der Natur. Über das Wesen der Bienen, Dornach 1999, Vortrag vom 28. November 1923.








