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Las gallinas y los pavos están ligados a la tierra; los patos y los gansos aman la cercanía al agua y pastan preferentemente en las zonas de pradera próximas a la orilla. Así como estos últimos oscilan entre el agua y la tierra, las palomas lo hacen entre el aire y la tierra; su espacio de movimiento se extiende, en vuelos generalmente cortos de árbol en árbol, hasta la campiña abierta; para descansar vuelven a congregarse, alineadas en la cumbre más alta de los tejados de la finca. Su campo visual es así, junto con el de las abejas, el más amplio entre los animales domésticos; considerablemente más limitado es el de las aves acuáticas, y en las gallinas se reduce a apenas unos pocos metros. Las gallinas ven con nitidez solo a corta distancia — la gallina come con los ojos. La resolución de movimiento y la diferenciación de color de su ojo son muy superiores a las del ojo humano. Como todas las aves, también las aves de corral y así también la gallina tienen buen oído. Les falta el oído externo; la entrada al oído interno queda oculta bajo el fino plumaje de la cabeza. Expresiones anímicas como llamadas de reclamo, sonidos de comunicación mutua — el cacareo, el cloqueo, el graznar de patos y gansos o el arrullo de las palomas — se intercambian a mayores distancias. El sentido del gusto está, como en sus congéneres silvestres, escasamente desarrollado. Bien es cierto que las gallinas distinguen, por ejemplo, la cualidad de salado y dulce, ácido y amargo, pero estas sensaciones desempeñan un papel muy pequeño en la selección del alimento.[1] El sentido del olfato está desarrollado, al parecer, muy por encima de lo que hasta hace poco
- ↑ Beate und Leopold Peitz: Hühnerhalten, Stuttgart 1995, 187 S.








