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El sentido del olfato está extraordinariamente desarrollado. La alargada cabeza alberga un extenso sistema de cavidades nasales cuyas superficies internas corresponden aproximadamente a la superficie total de la piel exterior del animal. Los caballos se olfatean mutuamente para saludarse o conocerse. Con su finísimo sentido del olfato analizan su entorno, eligiendo durante el pastoreo su alimento, toda emanación por sutil que sea, incluso a grandes distancias. ¿Son acaso estas tres capacidades sensoriales del ojo, el oído y el olfato, junto con la cualidad de llevar la cabeza erguida por encima de la columna vertebral, las que hacen al caballo tan capaz de aprender, las que lo hacen reaccionar con una diferenciación tan elevada que suscita la creencia de que puede pensar? En la mitología griega, la saga de Perseo narra cómo el pensar se liberó de la vinculación sanguínea del cuerpo, portador de la fuerza clarividente que obraba en tiempos antiguos: en la imagen mítica, Perseo decapita a la titánide Gorgo. Del torrente de sangre que mana de su tronco surge Pegaso, el caballo alado. Simboliza el pensar libre del cuerpo, cuyos alados pueden ahora elevarse libremente hacia el mundo del espíritu. Lo que en el comportamiento inteligente del cuerpo del caballo aparece ligado a la sangre, se desprende en el ser humano de esa atadura y se convierte en la libre actividad espíritu-anímica del pensar.








