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Al disolverse las formas vegetales en el tracto digestivo, las fuerzas formativas van quedando libres, paulatinamente, de su ligadura a la materia. Este es el resultado de un proceso de descomposición escalonada que se realiza en tres fases: una fase mecánica hasta microbiana, desde la masticación hasta la actividad del rumen y del omaso; una eminentemente enzimática, aunque también bacteriana, desde el abomaso a través del yeyuno (*Jejunum*) hasta el íleon (*Ileum*); y desde allí, una puramente microbiana, desde el ciego (*Caecum*) a través del colon (*Colon*) hasta el recto (*Rectum*). Mientras que en los preestómagos el proceso dominante es la digestión de la celulosa y, paralelamente, tiene lugar un metabolismo proteico de reconstrucción y edificación mediante la extraordinariamente activa actividad microbiana, en el abomaso (*Abomasum*) comienza, en medio ácido provocado por los jugos gástricos, la degradación de las proteínas. Esta continúa —incluyendo las masas de microbios muertos procedentes de los preestómagos— por vía enzimática y bacteriana a través de los tramos del intestino delgado (*Intestinum tenue*): primero mediante las secreciones del páncreas (*Pancreas*), que, al igual que la bilis emulsificadora de las grasas, desembocan en el duodeno (*Duodenum*); luego a través del yeyuno (*Jejunum*), recubierto de innumerables glándulas y vellosidades, y del breve íleon (*Ileum*). Este último forma una esclusa entre el yeyuno y el intestino grueso. Impide el reflujo desde el contenido bacteriano del colon y del recto hacia el yeyuno, de escasa presencia bacteriana.[1] En conjunto, el intestino delgado alcanza en la vaca adulta una longitud de hasta 48 metros. Cuelga, con sus abundantes circunvoluciones, del mesenterio (*Mesenterium*) —una doble lámina serosa de abundantes pliegues. El mesenterio y el intestino delgado circundan a modo de guirnalda la espiral que se enrolla y desenrolla del colon, el cual, unido y desembocando en el íleon y el ciego, forma el tercer tramo.[2] Lo que de la masa de forraje rica en fibra bruta ha pasado sin digerir por el rumen y el yeyuno, queda sometido ahora nuevamente a una intensa descomposición microbiana. Un residuo nada despreciable de fibra bruta sin digerir, atravesado por una masa microbiana que sigue activa, aparece finalmente como boñiga de vaca. La pregunta es si este residuo material, vivificado microbianamente, constituye por sí solo el valor fertilizante del estiércol vacuno.

  1. Klaus Löffler, Gotthold Gäbel, Helga Pfannkuche: Anatomie und Physiologie der Haustiere, Stuttgart 2018, 375 S.
  2. Rolf Krahmer, Lothar Schröder: Anatomie der Haustiere, Leipzig 1985, S. 201ff.