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para sí, porque carece de un Yo que quiera vivirse a sí mismo. El ser humano tiene un Yo y reclama su alimento para lo que necesita en el vivirse de su autoconciencia. El bovino entrega su fuerza excedente a los rendimientos vitales elevados, como la reproducción, el crecimiento, es decir, la generación de leche y carne, así como, en conexión con la «disposición del Yo», el estiércol y el purín, y a través de éstos, como abono vivificador y animador, a la tierra. La medida según la cual estas fuerzas excedentes se distribuyen, de un lado, hacia la generación y formación de valor de los alimentos y, de otro, hacia la formación de valor del abono, la determina en primer lugar de modo natural el cuerpo sensible del bovino. Cuando esta medida está en equilibrio, surgen la salud, la longevidad y una alta calidad del abono. El ser humano actual ha logrado desplazar por la fuerza esta medida plena de sabiduría en favor de un rendimiento cuantitativo máximo. De ello padece la salud de los animales, lo mismo que la calidad alimentaria y el valor del abono. En la ganadería industrial ya no se plantea la pregunta por la calidad del abono en el sentido de la perdurabilidad de su acción vivificadora y animadora. Lo que ocupa el primer plano es más bien la problemática de la eliminación del purín que se acumula en cantidades masivas. Al principio del organismo, en cambio, le es inmanente la medida justa.








