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El pensar en fraternidad o en convivencia humana
En el terreno de la vida económica, el pensar ya no se limita a situarse frente al mundo, sino que se sumerge en él y se convierte él mismo en proceso creador. Se sumerge sintiendo en el querer y está así enteramente al servicio del prójimo y del mundo. Pensando, el ser humano encuentra el fundamento de su actividad en las exigencias que el tiempo impone a la granja y en la satisfacción de las necesidades de sus semejantes. Estas últimas son sagradas para el pensar en la vida económica. Beber aguardiente, por ejemplo, puede ser una necesidad. El fabricante de aguardiente no escatimará esfuerzo pensante alguno para idear el procedimiento más adecuado que satisfaga esa necesidad — naturalmente le queda libre el camino de ilustrar a su consumidor, desde una comprensión espiritual, sobre las consecuencias perniciosas del consumo de alcohol —, y el comerciante mantiene el producto en el estante porque hay personas que lo quieren. La vida económica es autónoma, igual que la vida jurídica y la vida espiritual. Hablando con rigor, no es asunto del agente económico privar al consumidor de un producto porque considera que es perjudicial. Pronunciarse sobre eso corresponde, en el plano de la vida espiritual, a la comprensión de las razones de la nocividad, y en el plano de la vida jurídica, a la ley que suprime su disponibilidad. Todo ser humano está, responsabilizándose de sí mismo, inmerso en estos tres miembros y ha de aprender a orientar su conducta social según la validez de la autonomía de los tres miembros de la vida social.








