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Como se mencionó en el capítulo «La trimembración del ser humano y la individualidad agrícola» (pág. 88 y ss.), el concepto de «individualidad agrícola» adquiere ser y significado cuando el agricultor se dispone a captarlo sobre la base del conocimiento esencial del ser humano. Lo que la ciencia espiritual antroposófica enuncia acerca de la triple naturaleza del ser humano en cuerpo, alma y espíritu puede ser reproducido en autoexperiencia y autoconocimiento. Puede uno dirigir la mirada hacia la organización del cuerpo y encontrar que esta forma el sustrato físico y vital para la actividad del alma y el obrar del espíritu. En los procesos fisiológicamente desintegradores de los nervios y los órganos sensoriales, el alma cobra conciencia, en estado de vigilia, del contenido de su actividad perceptiva y pensante; en los procesos fisiológicamente constructivos, despliega en estado de sueño su actividad volitiva; y, mediando entre ambos polos, en el ritmo del latido cardíaco y la respiración, cumple, en estado de ensoñación, la actividad anímica del sentir. El espíritu del ser humano, el núcleo esencial más propio de su ser, arraiga en el Yo. En la actividad del Yo, el espíritu irradia a través de estas tres actividades del alma y de los procesos corporales que les corresponden. El cuerpo, con sus órganos, composiciones sustanciales y procesos vitales, es el órgano terrestre del alma espiritual, una imagen de sí misma. El alma espiritual, junto con los seres espirituales jerárquicos superiores vinculados a ella,[1] vivifica y configura el cuerpo hasta conformar un organismo en gran medida cerrado. En él, como en un microcosmos, es activo todo cuanto llena el macrocosmos espiritual-anímicamente. Por su alma espiritual, el ser humano está predispuesto a encontrar en sí mismo los medios y caminos mediante los cuales puede conocerse a sí mismo y conocer el obrar y el ser esenciales del macrocosmos.[2] Lo que en el macrocosmos fue en épocas primigenias todavía algo vivo y dotado de ser, se ha vertido en el curso de la evolución en el mundo, en la plenitud de formas de los reinos de la naturaleza. Se ha convertido en obra. En el Yo humano pervive, de manera germinal, el inicio originario como microcosmos. Del Yo le crece al ser humano la fuerza de desarrollarse, conociéndose a sí mismo, hasta la libre individualidad.








