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Tomando como punto de partida la derivación de los conceptos de «organismo agrícola» e «individualidad agrícola» (cf. pág. 88 y ss.), la dimensión en que el agricultor trabaja en realidad —en qué realidad esencial trabaja— se hace plenamente visible. Todas las medidas que adopta en el cultivo de tierras y huertos se aplican al miembro central de la «individualidad agrícola», el suelo, cuya función, vista macrocosmicamente, es comparable al diafragma humano (Figura 5, pág. 90). Así como este, en su dinámica rítmica, está en relación con el pulso del corazón y la respiración pulmonar, también los procesos del suelo responden a los ritmos que tienen su origen en las relaciones de movimiento entre la Tierra y el cosmos. Así como el ritmo del día y la noche se despliega microcosmicamente en los estados polares del velar y el dormir, también el mundo de los seres de la naturaleza que actúan en lo oculto experimenta estados polares: por un lado, el de quedar encantado en la plenitud de las formas como sueño de verano; por el otro, en el desvanecerse de esas formas, el de la liberación y la autonomización como despertar de invierno. Del mismo modo, los tránsitos de la primavera significan un adormecerse y los del otoño un despertar. En este perpetuo cambio en el curso del año interviene el agricultor; en consecuencia, ninguna medida es igual a la otra. El continuo en el cambio de las manifestaciones, al que se refieren todas las medidas de cultivo, es el suelo y su educación hacia la fertilidad perdurable.