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El proceso invernal y el laboreo del suelo
En invierno, el mundo fenoménico queda reducido a lo meramente físico. La vida exterior se ha extinguido en gran medida; se ha retirado al estado de reposo de las esporas, semillas, yemas, así como al cámbium y a los órganos de reserva (tubérculos, nabos). El crecimiento de las hojas del cereal de invierno sembrado en otoño se detiene. Con la llegada del frío, las hojas se ciñen en roseta, estrelladas, a ras de tierra, como imagen refleja del cielo estrellado.[1] Solo las raíces siguen creciendo lentamente hacia las profundidades. La naturaleza se viste de claridad y oscuridad, de blanco y negro. Sobre el manto blanco de nieve se recorta contrastando la oscuridad del ramaje de árboles y arbustos. El suelo muestra desde noviembre una coloración más oscura que en el resto del año. Es consecuencia de la saturación de todos los poros del suelo con agua. Este fenómeno apunta al proceso invernal central: la separación en gran medida de los cuatro elementos entre sí. El calor, que en otras estaciones lo penetra todo, se retira y abandona a sus tres hermanos a su propio ser físico. En su lugar aparece, como su polo contrario, el frío. El aire es puro y claro y abre la vista hacia la lejanía o hacia arriba, al cielo estrellado. El agua deja de evaporarse; se vuelve más densa, más pesada, y se filtra hacia las profundidades. Lo térreo-sólido se contrae y se configura en su naturaleza cristalina rigurosamente geométrica.
- ↑ Un fenómeno que apenas puede observarse ya en las variedades modernas, criadas para soportar altas dosis de nitrógeno.








