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Portación y conservación de las fuerzas formativas cósmicas en el curso del año

Las fuerzas formativas que irradian en invierno actúan a través de lo sustancial de la tierra, y tanto más intensamente cuanto más riguroso es el invierno. Ante estas fuerzas formativas cristalogenéticas, creadoras de pureza estructural, la naturaleza físico-mineral —representada por la sílice (cuarzo, silicatos), la cal (rocas básicas) y la arcilla— guarda en cada caso una relación distinta. El cuarzo-sílice es, en las zonas templadas y polares, prácticamente resistente a la meteorización. Rechaza la fuerza disolvente de la forma que ejerce el agua; la cal, en cambio, la atrae. El cristal de roca (sílice) es por naturaleza «cristalino puro»; la cal desarrolla una dinámica propia de destrucción y construcción; aparece en formas múltiples, en el arco que va desde la calcita que cristaliza en pureza rómbica hasta la calcita sinterizada hidratada. La sílice y la cal forman polos opuestos en el suelo y en el mundo de las rocas. La cal tiene una elevada afinidad con el agua. Así como es «ávidamente» receptiva a las fuerzas formativas del cielo estrellado, lo es también para las fuerzas formadoras del entorno planetario próximo al sol —las que irradian de Mercurio, Venus y, sobre todo, de la Luna—, fuerzas que actúan a través del elemento del agua. Esto último ocurre en primavera, en conexión con la vida que se despliega. En invierno, en cambio, absorbe ávidamente las fuerzas de las estrellas fijas, mientras que la sílice, cristalino pura y reposada en sí misma, las refleja hacia afuera. «La cal lo reclama todo; lo silíceo no reclama en rigor nada ya […] Lo silíceo es el sentido exterior universal en lo terrestre; lo calcáreo es el deseo exterior universal en lo terrestre; y la arcilla media entre ambos.»[1] La arcilla se halla ante lo

  1. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft, GA 327, Vortrag vom 11. Juni 1924, Dornach 1999, S. 82f.