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Con el hinchado de la semilla, y con el calentamiento correspondiente del suelo, se inician en el tejido nutritivo procesos de descomposición. Lo primero que comienza es el crecimiento de las raíces germinales —tres en el trigo, cuatro en la avena—. En el estadio de plántula estas raíces aún no están recubiertas de pelos radicales; son prolongaciones de células de la piel de la raíz. Por eso las malas hierbas son más fáciles de arrancar con rastra y rastrillo deshierbador cuando todavía no se las ve. Solo con el enverdecimiento de las primeras hojas y con ello la estimulación del propio metabolismo establecen las raíces germinales a través de los pelos radicales una relación estrecha con el suelo. Se forman las vías conductoras del *Phloem* (asimilados) y del *Xylem* (agua, sales). Los pelos radicales, que ahora —apretadamente, hasta 100 por mm de longitud de raíz[1]— han crecido unidos a las partículas de arcilla y humus, cubren en el estadio juvenil, con cierta distancia desde la punta de la raíz, inicialmente toda la longitud de las raíces germinales. Si se extrae con cuidado del suelo una planta de avena, o en otoño una de centeno, en el estadio de una hoja, quedan adheridos a la raíz terrones de tierra como pequeñas salchichas. Solo con sus raíces que se adentran verticalmente en las profundidades y se ramifican, y con el brote que asciende verticalmente hacia el sol, abandona la planta su estadio germinal lunar-acuático y se convierte en imagen de la relación entre la tierra y el cosmos que actúa en el presente.

  1. Gerhard Geisler: Pflanzenbau, Berlin-Hamburg 1988, 2. Aufl., S. 132.