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En los cereales, el encañado pone fin al laboreo de la piel del suelo. En los cultivos de escarda y en los cultivos hortícolas de campo, este laboreo se prolonga hasta bien entrado el inicio del verano. Necesitan, como la patata por ejemplo, un continuo trabajo de rastrillado, aporcado y escarda, hasta que las hileras se cierran. Una intervención profunda en el suelo en primavera — con fresadora, cultivador o incluso con el arado — debe ser reflexionada con exactitud y sopesada frente a sus consecuencias. Significa por lo general, en primer lugar, una pérdida turbulenta de fertilidad del suelo que las plantas recién sembradas no pueden controlar ni aprovechar. La necesidad de una labor así de profunda existe en la agricultura de campo tras un cultivo intermedio de invierno, tras daños por helada tardía y tras la lucha forzada contra el agropiro. La consecuencia de esta intervención más profunda fuera de tiempo significa pérdida de humus y pérdida de la humedad invernal, que con frecuencia trae consigo la necesidad del riego por aspersión. En la horticultura rige a este respecto una situación especial. A causa del cambio de cultivos sucesivos, el suelo debe ser trabajado más profundamente para la nueva siembra independientemente de la estación del año, y, debido al rápido desarrollo de los cultivos que fructifican en lo vegetativo, ha de mantenerse durante el año en un estado más primaveral. Un mayor recambio de humus es por ello inevitablemente la consecuencia.








