Manfred Klett: Das Organismusprinzip (es.)

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Dr. Manfred Klett, Libro El principio del organismo en los reinos de la naturaleza, en el ser humano y en la agricultura. Publicado en 2024

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+++ Stand: 22. April 2026: Es handelt sich um eine experimentelle KI-Ausgabe +++

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Sobre el concepto de organismo

El pensamiento materialista, dirigido únicamente hacia la corporalidad físico-sensorial, no puede aprehender el concepto de organismo. Solo aparecen partes que pertenecen en su totalidad a un cuerpo. En las partes no se encuentra motivo causal alguno para reunirse en integridad en este u otro cuerpo. ¿Cómo, pues, puede uno aproximarse a la integralidad, así como al concepto de organismo? Para este fin, es preciso dirigir la mirada del pensamiento hacia los reinos de la naturaleza que se edifican unos sobre otros y, más allá de estos, hacia el ser humano. En este camino, el concepto de organismo adquiere contornos crecientes, hasta encontrar su culminación en el ser humano. Sobre este trasfondo puede caracterizarse de manera general del siguiente modo: el organismo tiene como punto de partida un germen que encierra en sí lo inmanifiesto. En cuanto este germen encuentra sus condiciones de desarrollo, lo inmanifiesto se revela en transiciones fluidas hacia los estadios de su despliegue en la perceptibilidad sensorial. Lo inmanifiesto se revela de manera refleja, por grados, en la corriente del tiempo. El organismo aparece en su plenitud cuando se da hacia afuera una forma y se articula hacia adentro en órganos. La fuerza esencial inmanifiesta no solo crea un afuera y un adentro con respecto a la forma y al mundo de los órganos, sino que los propios órganos muestran un lado formal hacia afuera y un lado de actividad hacia adentro, el cual se comunica con las funciones de todos los órganos. En el organismo actúan las fuerzas formativas y configuradoras desde una fuente del ser que, de manera inmanifiesta, es señora sobre la vida y la muerte del organismo corpóreo. El organismo envejece y muere; se renueva en su forma espacial y temporal a través de fuerzas germinales reproductivas.

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¿Cómo se cumple el concepto de organismo en el reino mineral?

Con la mirada puesta en la naturaleza inorgánica e inanimada de lo mineral, no se encuentra en ella ninguno de los criterios arriba mencionados. Haciendo abstracción de los fósiles de épocas remotas, el único eco que podría apuntar hacia un acontecer formativo actual a partir de estados germinales es el proceso de neocristalización de los «minerales de arcilla secundarios» que se cumple en los suelos a partir del caos de estados coloidales amorfos. Estos forman un estado intermedio entre forma y materia — son fisiológicamente activos, envejecen — en sentido traslaticio — y pasan a estados de forma cristalina más estables o se meteorizan hacia estados caóticos coloidales. Las raíces de las plantas establecen conexiones con los minerales de arcilla a través de sus pelos radicales — vivas, coloidales, protrusiones de los pelos radicales activas en la respiración y la sorción —. Cuando se arrancan plantitas jóvenes del suelo de estructura fina y suelta, las partículas de arcilla quedan adheridas densamente a las raíces. Están incorporadas al acontecer vital de las plantas.

En términos generales, los fenómenos del reino mineral se nos presentan en los estados físicos de los «elementos», de lo sólido, lo líquido, el aire y el calor. Estos estados aparecen en la forma firmemente trabada de las rocas, el ordenamiento cuajado de los cristales, así como en las formas móviles de lo líquido, en la corriente fluyente, la ola marina o el estanque en reposo. El aire transparente se hace directamente perceptible a través de la sensación de presión del viento, o aparece de manera indirecta, por ejemplo a través de las hojas agitadas o las nubes que discurren. Completamente distinto el calor, que se expande formalmente mediante un más de calor y se contrae mediante un menos. Los estados de forma mencionados se disuelven desde el elemento de lo sólido, en dirección al calor, en un movimiento impulsado por fuerzas, hasta el punto en que el calor, al calentar lo sólido, puede transformarlo en forma líquida

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o lo líquido en el estado aéreo, el estado gaseoso. A la inversa, mediante la ausencia de calor, mediante la acción del frío, lo aéreo puede condensarse en líquido o este solidificarse en hielo. Todas las formaciones y transformaciones de los estados de forma en el reino mineral son de naturaleza químico-física y se realizan mediante acciones de fuerzas externas (Fig. 1).

El mineral — un excurso en la ciencia espiritual antroposófica

La ciencia espiritual antroposófica revela el ser y la génesis del reino mineral, del mundo de las rocas.[1] Este ha caído, desde estados de vida anteriores de la Tierra en devenir, en forma y sustancia como formaciones muertas e inorgánicas, como un cadáver por así decir. El mineral se presenta a la contemplación sensible puramente como «cuerpo físico» (Fig. 1); en composición y estructura es una imagen refleja física de universales procesos de vida de antaño. El portador de esa vida pretérita, el «cuerpo etérico» del mineral (Fig. 1), vive en el nivel más bajo de los mundos suprasensibles, en el mundo elemental del «plano astral» (tercera Jerarquía), que se extiende hacia el Sol y abarca las esferas planetarias. Desde estas esferas y desde el Sol fluyen las fuerzas etéricas hacia la Tierra y «bañan» los minerales en sus formas desde el exterior.

Las formas de las rocas, los cristales en su desbordante abundancia, son la obra de un mundo de seres que pertenece al devacán inferior. Esta esfera del mundo se eleva por encima del mundo elemental del plano astral. Abarca los 3 grupos de seres de la tercera Jerarquía, los «Espíritus de la Sabiduría, del Movimiento y de la Forma». Su sede está en el Sol, y allí encuentra también la investigación espiritual el cuerpo astral de los minerales. La eficacia de las entidades espirituales de la esfera solar compenetra las esferas planetario-elementales y se convierte en imagen en la «obra» del mundo sensible-objetivo. La efica-

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cia de los Espíritus de la Forma otorga configuración a todo lo que deviene en imagen, lo hace cuajar en la forma, en la obra. La multiplicidad de las formas — también las delimitaciones de color de los minerales — es como una huella de su cuerpo astral que reposa en las alturas cósmicas.

El cuerpo físico de los minerales se halla en relación directa con los seres creadores del «devacán superior», los «Tronos» de la primera Jerarquía.[2] En este grupo de seres se encuentra el «alma grupal o el Yo» del mundo de lo mineral. De este modo, los miembros constitutivos de los minerales se elevan en triple gradación hacia los mundos suprasensibles mencionados. Este resultado de la investigación espiritual amplía la mirada para una comprensión más profunda de la casi infinita variabilidad de forma y sustancia del mundo de las rocas y de su composición cristalina. Un campo de visión que se amplía así hacia los mundos espirituales suprasensibles puede despertar, en la contemplación sensible de la naturaleza mineral, un sentir espiritual-moral. En cada piedra, en cada grano de arena incluso, puede verse la huella física de un miembro constitutivo que, de manera suprasensible, se une en el macrocosmos, con cuerpo etérico y cuerpo astral, a la integridad de un organismo — y aun, con alma grupal, a la disposición germinal de una individualidad.

El centro de esta formación es, en cierto modo, periférico. En relación con el mundo de las sustancias inorgánicas, solo puede hablarse de un sistema de fuerzas que producen efectos externos a partir de una causa externa. El concepto de organismo se caracteriza, en cambio, por el hecho de que un ser interior se anverwandelt a las acciones periféricas externas.

En el reino mineral, el concepto de sistema es el adecuado. Permite, mediante una manera de contemplación puntual, enunciados definitivos y, por tanto, calculables. Las leyes naturales que se expresan en el contexto de relaciones de los estados de los elementos son finales. Pueden abstraerse conceptualmente y ensamblarse a voluntad en nuevos sistemas que no existen en la naturaleza. De ello resultan la mecánica técnica,

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la ingeniería de control, así como las agrotecnologías en el sentido más amplio, como la síntesis de biocidas (herbicidas y pesticidas, etc.), la quimioterapia farmacéutica, los plásticos y mucho más.

Abb. 1 aus dem Buch Das Organismusprinzip ..., S. 11
Abb. 1 aus dem Buch Das Organismusprinzip ..., S. 11

Abb.1 La relación del mineral con la vida, el alma y el espíritu

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¿Cómo se cumple el concepto de organismo en el reino vegetal?

El mundo fenoménico de lo vegetal no puede captarse con el concepto de sistema, es decir, con el procesamiento matemático de una suma de datos, por mucho que el pensamiento materialista albergue esta creencia. Pero también el concepto de organismo presenta su dificultad cuando se sigue estrictamente a las apariencias sensibles. Lo que estas ofrecen es una sucesión de fenómenos que se revelan uno tras otro, en transiciones, en el flujo del tiempo. Cada uno de estos fenómenos se presenta como una unidad individual y da cuenta, conceptualmente, solo de lo que ha llegado a ser, no de lo que está llegando a ser. Existen granos de semilla que formalmente apenas se distinguen de un grano de arena. La contemplación de la semilla vegetal con su discreta envoltura exterior no ofrece ningún indicio de lo inmanifiesto que hay en ella. Pero si se pone una semilla en tierra húmeda, a diferencia del grano de arena, aumenta su volumen mediante la absorción de agua. En el proceso de hinchamiento se revela, en un primer paso, algo oculto que se agita en su interior, y pronto un paso más: la cubierta seminal se abre en un extremo y el germen surge al exterior. También este estadio es una mera apariencia formal que no da cuenta de lo que habrá de devenir de él. Así, en el ulterior despliegue del ir-apareciendo de estadio en estadio — hacia abajo la raíz en la tierra, hacia arriba el tallo y la sucesión foliar en el aire, el calor y la luz —, se revela en grados de metamorfosis aquello que estaba contenido de manera oculta en la semilla. Con gran sorpresa, este inmanifiesto emerge consumado en los capullos florales que se abren. La flor aparece, de nuevo en color y forma transformados, concentrada de manera orgánica. Con la flor que irradia en su esplendor y con los estadios de desarrollo que la han precedido, se desvela hacia afuera, como imagen refleja, aquello que como imagen primordial esencial estaba oculto espiritualmente como forma en la semilla.

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Si uno se detuviera en la contemplación de la planta en la mera sucesión de las apariencias sensibles, se expondría al peligro de concebirla como un sistema compuesto. Así ocurre cuando se declaran subjetivos los fenómenos sensibles macroscópicos y se toma como único elemento objetivamente operante la estructura celular microscópica o el genoma de la célula individual y sus funciones. Sin embargo, ambos son solo apariencias formales en distintos niveles, a las cuales se vinculan representaciones de tipo modelar que transfieren el pensamiento sistémico a la naturaleza viva.

Lo inmanifiesto, de lo cual van surgiendo las apariencias una tras otra, tiene dos fuentes creadoras. La una, la terrestre, es la semilla, en la que vive, por así decir, concentrada en un punto, «espiritualmente la forma de la planta».[3] De ella se reproduce el género, la familia y la especie de la planta en apariencias siempre nuevas en la sucesión de las generaciones. La segunda fuente es el cosmos extraterrestre, el Sol, los planetas y las estrellas fijas. Sus fuerzas ponen en movimiento la forma espiritual de la planta que reposa en sí misma dentro de la semilla. El primer paso de este movimiento acontece con la germinación, mediante las fuerzas lunares en vinculación con el elemento de lo acuoso en lo terrestre. En cuanto el germen verdece, son las fuerzas del Sol y de los planetas las que, a través de los elementos del aire y el calor, tocan la planta en crecimiento como tan solo desde fuera, y desencadenan, junto con las sales disueltas de la tierra que afluyen periféricamente desde abajo, procesos vitales fisiológicos que se coagulan en las formas de la figura vegetal en desarrollo. Cosmos y tierra han de actuar conjuntamente para que la forma espiritual de la planta, su imagen primordial, llegue a ser imagen refleja en la figura físico-sensible.

El poder que todo lo domina en el devenir de la planta yace oculto en los rayos del Sol, y esto en doble sentido:

Por un lado, los rayos solares penetran en las hojas que verdecen generando vida, y aspiran desde ellas, a través de la raí-

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z, contra la gravedad, la corriente salina terrestre hacia arriba. En este proceso, la planta supera gradualmente, en la sucesión foliar del tallo, la legalidad propia de las sustancias terrestres, e incorpora estas a los procesos vitales. Es la luz del Sol la que en la planta eleva la sustancia terrestre de su encadenamiento en el espacio al acontecer procesual en el tiempo. La luz solar crea, a partir de lo inmanifiesto de la tierra y el cosmos, como síntesis, el crecimiento vegetal que irrumpe en la visibilidad y se da a vivir manifestándose en constante metamorfosis de formas.
Por otro lado, en la luz solar actúan fuerzas de otra índole, provenientes del cosmos solar planetario. Estas no actúan fisiológicamente edificando, transformando y descomponiendo sustancias en los procesos vitales, sino que actúan de manera compositiva y formativa siguiendo el modelo de la forma prototípica de la planta como imagen primordial. No penetran en el acontecer sustancial de la planta, sino que la tocan, por así decir, tan solo desde fuera. Le confieren a la planta en raíz, tallo, sucesión foliar y flor su forma total. Del mismo modo imprimen su carácter a cada célula en relación con su función en el conjunto de la planta; así, por ejemplo, la composición y forma de las proteínas, los hidratos de carbono, la coloración, las sustancias aromáticas, etc. El gesto tanteante del mero rozamiento de la planta se manifiesta en los frutos, por ejemplo, en su fino vello, o en la coloración más intensa de la manzana cuando los rayos del Sol inciden directamente sobre ella. Si se quiere hablar de un organismo en la planta, este concepto se cumple solo cuando se dirige la mirada hacia lo esencial del cosmos y hacia las fuerzas activas en la luz solar. Solo en la contemplación sinnlich-übersinnlich surge la imagen de una unidad. La planta es, en su figura espacio-temporal, imagen de una integridad esencial que se forma mediante fuerzas que actúan de fuera hacia adentro. Así, el actuar cósmico despliega íntegramente, en la figura sensible de la planta, la imagen primordial de forma prefigurada en la semilla como imagen refleja.

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Abb. 2 aus dem Buch Das Organismusprinzip ..., S. 15
Abb. 2 aus dem Buch Das Organismusprinzip ..., S. 15

Abb. 2 La relación de la planta con lo físico, con la vida, el alma y el espíritu

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Las plantas – un excurso en la ciencia espiritual antroposófica

El mineral, sometido a leyes puramente físicas, revela en su envoltura terreno-sensible el obrar de los Tronos, el miembro inferior de la 1.ª Jerarquía.[4] La planta está dotada, además de su cuerpo físico —avanzado ya a una 2.ª etapa de desarrollo— de un cuerpo etérico o cuerpo vital, creación de los Espíritus de la Sabiduría, el primer miembro de la 2.ª Jerarquía (ibíd.); estos irradian su luz, junto con los Espíritus del Movimiento y de la Forma, sobre toda la existencia de los seres vegetales en la Tierra. No son únicamente el sabio entrelazamiento de todos los procesos vitales, no es únicamente el movimiento de las savias ascendentes y descendentes —así como, en relación con los planetas, los movimientos de las hojas que se enroscan en espiral a lo largo del tallo—, sino que son las formas de raíz, tallo, hoja y flor las que hacen de la planta la imagen refleja de su cuerpo físico y de su cuerpo etérico. Este es suprasensible y, junto con las fuerzas etéricas que le afluyen desde el Sol, los planetas y los reinos elementales, configura la manifestación de la planta. Las fuerzas de lo viviente, como concentradas en la luz solar, penetran en los procesos vitales de la planta en crecimiento, en su tejido celular, y configuran las sustancias de los elementos (tierra, agua, aire/luz y calor) en la sustancia vegetal animada, en movimiento, formante y transformante. Al incidir los rayos del Sol sobre la superficie de la hoja vegetal que verdece, las fuerzas fisiológicas formadoras de sustancia se separan de las fuerzas formativas que irradian igualmente con la luz solar. Estas configuran no solo las formas del aspecto exterior de la planta, sino también —así se puede suponer— las delimitaciones cutáneas de las células vegetales, los anillos anuales de los árboles, etc. La planta no posee una vida interior propia; es una vida fluyente sostenida en formas. Las fuerzas formativas

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le afluyen desde el Sol (2.ª Jerarquía, Abb. 2). Se modifican a través del «cuerpo astral» de las plantas, que tiene su existencia espiritual en el mundo elemental, en la esfera de la 3.ª Jerarquía. «El "cuerpo astral" es en todo ser aquello que da el impulso al movimiento»[5]. Es lo que hace consciente.

Los seres jerárquicos superiores no actúan con sus fuerzas directamente sobre las plantas. Despliegan su eficacia a través de «mensajeros»: los 4 grupos de los «seres elementales». Son entidades retenidas en su desarrollo. «Se forman al ser, por así decir, partes irregulares, escindidas de almas grupales.»[6] Cada uno de estos grupos está vinculado de manera esencial con uno de los 4 elementos y con su materialidad específica. De acuerdo con las prescripciones vitales del cuerpo etérico, construyen puentes relacionales hacia el mundo físico de las sustancias. Estas relaciones quedan como encantadas, por ejemplo, en la estructura y las funciones vitales de raíz, hoja, tallo, flor y semilla, y se liberan de este encadenamiento cuando las plantas se marchitan y perecen. Así, la relación entre los procesos vitales del crecimiento y la configuración-que-cuaja en formas está sujeta a una metamorfosis constante. Este fenómeno lo muestra, por ejemplo de manera impresionante, la milenrama «de mil hojas» (*Achillea millefolium*), fuertemente dominada por fuerzas formativas. Su lámina foliar no está cerrada en superficie plana, sino que se resuelve a ambos lados del pecíolo en muchos lanzones individuales, guarnecidos de varias puntas de lanza. Parece como si el principio del tallo se apoderara, a través del pecíolo, de toda la lámina foliar. En las hojas inferiores (Abb. 2, izquierda) los lanzones y sus puntas son fuertemente suculentos, plenos de vida tumescente, mas algo más arriba en la sucesión foliar (Abb. 2, derecha) las fuerzas formativas sobrepasan lo tumescente y cincelan los lanzones y sus puntas en finos contornos.

Ambas fuentes de fuerza, la que da vida y la que forma, afluyen a la planta

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dotada de su propio cuerpo etérico desde la esfera solar, y con ellas una tercera fuente de fuerza: la del alma grupal de las plantas. Su irradiación confiere a la planta que arraiga en la tierra su Erecta, la orientación de raíz, tallo y pistilo en el eje Tierra–Sol. Esta irradiación no afluye a las plantas directamente desde el cosmos, sino de manera indirecta, a través de la tierra, a través del cuarzo-sílice y los silicatos.[7] El cuarzo-sílice recibe la irradiación del cosmos de las estrellas fijas y la refleja. Los minerales de arcilla silicatados la absorben, la conservan y la transmiten a las raíces de las plantas. El comportamiento de la cal en este contexto lo compara Rudolf Steiner «con el mundo de los deseos humanos»; la cal «quiere arrebatarlo todo para sí, [...] lo que vive en la planta». El cuarzo-sílice «es el señor distinguido que no quiere nada», él «se lo arrebata a la cal». «La arcilla media entre ambos.»[8] Lo que las estructuras silíceo-cristalinas de la arcilla absorben del sílice como radiación cósmica y transmiten, a través de la raíz de la planta que crece hacia arriba, como fuerza de erección, lo caracteriza Rudolf Steiner con las palabras: «Pero lo que primero hay que saber es que [todo lo arcilloso] es el promotor de la corriente cósmica ascendente.»[9] Esto se manifiesta en la corriente salina-acuosa (xilema), que asciende contra el eje central del tallo y, por la «levedad» de lo etérico, se desase de la gravedad de lo terrestre[10] (Abb. 2, rojo). A la corriente ascendente del xilema le sigue, hacia la periferia del tallo, el manto del cámbium vivo, perennifolio y de un espesor impalpable (Abb. 2, verde). En él cabe presumir, en sentido de imagen, una manifestación de la imagen primordial del tipo vegetal, es decir, del alma grupal. Al cámbium se une la corriente descendente de asimilados, el floema, que hace crecer la raíz hacia la profundidad, hacia la oscuridad de la tierra (Abb. 2, amarillo). Finalmente, la Erecta queda envuelta por una envoltura formal, una piel silicificada como en las gramíneas (cereales) o una corteza rica en cal como en el roble (Abb. 2, azul). En toda su vivacidad tejida con sabiduría, en su

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metamórfico cambio incesante y en su multiforme diversidad, el mundo vegetal se aproxima al cumplimiento del principio del organismo. Es la expresión-imagen de una maravillosa consonancia de cosmos y tierra. ¡Pero le falta aún el paso hacia la interioridad!

¿Cómo se cumple el concepto de organismo en el reino animal?

El animal se distingue de la planta en que lo que en esta última actúa desde fuera, en el animal actúa desde dentro. Es activo a partir de su organización interna, a partir de lo anímico que le es inherente (Abb. 3). El animal se desplaza de lugar en lugar siguiendo sus sentidos, busca su alimento en lo que ha adquirido forma a partir de lo viviente —la planta de la que se nutre el bovino— o a partir de lo anímico —la presa que alimenta al lobo—. Lo que ha pasado a través de los órganos digestivos lo excreta. Su meta de desarrollo es el vivir plenamente lo anímico, sus deseos, pasiones e impulsos. Según el género y la especie, esto acontece con sabiduría instintiva. En cada animal, lo anímico ha penetrado en alto grado en la forma del cuerpo y en sus órganos. Así como la planta en flor, en el transcurso de su crecimiento, se articula hacia afuera en tres miembros —raíz, tallo-hoja y flor—, así también, en un desarrollo superior, este principio de la trimembración actúa en el animal desde dentro y se revela hacia afuera en su forma corporal en gran medida cerrada sobre sí misma. Con mayor nitidez se manifiestan, tanto en las formas animales inferiores como en las más desarrolladas, los dos polos de esta trimembración: el sistema cefálico o neurosensorial y el sistema metabólico-motor. El tercer elemento mediador, la circulación sanguínea rítmica dirigida desde el corazón y el pulmón que respira en el ritmo, no constituye en el reino animal un centro rítmico autónomo (Abb. 3). Este se halla distorsionado de múltiples maneras y se di

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luye, ora aproximándose más al polo cefálico (el ave), ora al polo metabólico (el bovino). En los no mamíferos, desde los animales inferiores hasta el mundo de las aves, existe la tendencia a que uno de estos tres miembros gane el dominio formativo sobre el cuerpo. Así, por ejemplo, en los gusanos (lombriz de tierra) el sistema neurosensorial y rítmico —la articulación de los segmentos corporales— queda completamente subordinado a la función metabólica del largo tubo intestinal. Distinto es el caso de los peces; aquí el sistema rítmico domina todas las funciones corporales de la cabeza a la punta de la cola, como lo evidencia la disposición rítmica de las espinas y las escamas. La estructura corporal de los peces, igual que la de las serpientes, está al servicio de una movilidad corporal rítmica que ha cuajado en lo físico. Un extremo aún distinto de unilateralidad lo representa el mundo de las aves, de manera especialmente llamativa en los pájaros cantores. Son enteramente cabeza. Todas las funciones corporales se concentran en la cabeza. Las alas en movimiento rítmico con su plumaje se funden con la cabeza, así como también las funciones del sistema metabólico-motor, por ejemplo en el movimiento de cabeceo al caminar y picotear, en la acumulación del alimento en el buche y en la rapidísima actividad digestiva. Solo con los mamíferos se polariza la actividad neurosensorial, centrada en la cabeza, con la de la organización metabólico-motora. El sistema rítmico se va liberando gradualmente de su atadura a ambos polos y se convierte en portador de una vivencia anímica sorda, vinculada a la percepción de los sentidos. Estas percepciones están ligadas, o bien a los sentidos despiertos del polo cefálico —el ojo que ve, el oído que escucha, la nariz que huele—, o bien a los sentidos más subconscientes del polo metabólico-motor: el sentido del tacto, el sentido vital, el sentido del movimiento propio y el sentido del equilibrio. En el primer caso nos encontramos con mamíferos cuya cabeza se eleva sobre la horizontal de la columna vertebral, como el caballo que aguza los oídos o el corzo que otea. Pero cuando

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la cabeza desciende por debajo de esta horizontal, como ocurre por ejemplo en los rumiantes que pastan, estos se entregan más a los sentidos corporales sordos. En el acto de rumia, elevan entonces la cabeza por encima de la horizontal de la columna vertebral y, con una mirada concentrada de vigilia onírica, meditan sobre el alimento predigerido en los preestómagos y finalmente en el rumen. En el transcurso de la evolución del reino animal, lo anímico que en los tiempos primordiales abarcaba la totalidad de la animalidad se fue fragmentando cada vez más en los innumerables géneros, familias y especies, etc. Cada «astilla de alma» se ha creado un cuerpo propio altamente especializado, cuyo perfil de actividad está en gran medida prefigurado corporalmente, sin grados de libertad. Sea gusano, escarabajo, pez, ave o mamífero, todos los animales poseen una interioridad anímica que forma el cuerpo como organismo, lo envuelve por todas partes con una piel —una integridad que se articula, con rica variedad de formas, en los tres sistemas de órganos mencionados. En cada representante del reino animal se realiza el principio del organismo en lo terrenal. El estudio de la morfología y la fisiología de sus tres sistemas de órganos da cuenta de la relación funcional con lo anímico altamente específico que forma al organismo como una integridad. El principio del organismo se realiza en el reino animal y se agota en gran medida en sus innumerables configuraciones de forma. Dejando aparte a los animales que, en tiempos pasados, se han vuelto hacia el ser humano de manera esencial como «animales domésticos», todas las especies animales —desde los unicelulares hasta los mamíferos— están fijadas, en su naturaleza de deseo e impulso, a sus órganos internos y externos. A través de ellos entran en relación con su entorno, encuentran o crean su espacio vital (hábitat) y se experimentan a sí mismos en él. Esta relación de limitación de la naturaleza animal la expresa Goethe en estas palabras: «El animal es instruido por sus órganos, el hombre instruye los suyos y los domina.»[11]

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Abb. 3 aus dem Buch Das Organismusprinzip ..., S. 22
Abb. 3 aus dem Buch Das Organismusprinzip ..., S. 22

Abb. 3 La relación del animal con lo físico, con la vida, el alma y el espíritu

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El animal — un excurso en la ciencia espiritual antroposófica

El cuerpo astral, que en el caso de las plantas las toca formándolas y coloreándolas como desde fuera, desde el plano astral (Fig. 2), se ha sumergido más profundamente en el caso del animal en su existencia física. Desde su origen estelar —de ahí la denominación «cuerpo astral»— imprime imágenes conformadas espiritualmente en el cuerpo etérico o cuerpo vital. Con estas imágenes llenas de fuerza, actúa como su arquitecto, formando el cuerpo físico en la forma exterior del animal y, interiormente, en su articulación en órganos. De ello resulta que la idea del organismo solo se cumple en su configuración física en el reino animal. El animal es animal en virtud de que es portador de un cuerpo astral (Fig. 3); se experimenta y se mueve en él y a través de él. Esta vivencia propia autoriza a hablar de un alma animal. Con fuerzas formativas crea la obra de arte específica de las configuraciones corporales físicas de los géneros y las especies animales. En estas obras de arte queda conjurada en la forma terrestre una herencia cósmica. La naturaleza de deseo e impulso del animal, en conexión con las condiciones naturales de su espacio vital, determina en gran medida la perfección de su forma, de su potencial de actividad unilateral y, sobre todo, de su organización neurosensorial y metabólica. El organismo corpóreo del animal es la revelación de un desarrollo que ha llegado a su término. En eso consiste la tragedia del animal. Lo que vive es su pasado que retorna una y otra vez.

Una mirada a los sentidos de los animales y su vivencia:

En su doctrina de los sentidos, Rudolf Steiner habla de 12 sentidos en el ser humano. Según su secuencia de mediación, de los grados inferiores a los superiores de conciencia, se distinguen 4 sentidos inferiores, 4 medios y 4 superiores.[12] Por medio de su cuerpo astral, el animal alcanza una conciencia de sueño. Para la conciencia de vigilia o autoconciencia le faltan los tres sentidos superiores: el sentido de la palabra, el sentido del pensamiento y el sentido del Yo.

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La vida anímica del animal está estrictamente ligada a los sentidos de su corporalidad. Son umbrales sensoriales a través de los cuales el cuerpo astral —que procura la conciencia— recibe, por un lado, impresiones procedentes de los profundos estratos de la corporalidad, que solo son percibidas con la mayor opacidad, y, por otro, aquellas que se abren hacia fuera, hacia el mundo. Estas últimas son las que otorgan al animal su auténtica conciencia de sueño. Según el género y la especie animal, son en cada caso sentidos individuales los que dominan de manera determinante el ser y la actividad de los animales. En el caso de los 4 sentidos inferiores o sentidos de la voluntad, orientados hacia el cuerpo, la vivencia de las formas animales inferiores se halla todavía fuertemente aproximada a la conciencia de sueño profundo, propia del mundo vegetal. A continuación se enumeran brevemente algunos rasgos característicos de la organización sensorial animal: El «sentido del tacto» domina, por ejemplo, la vivencia sorda de la lombriz de tierra, reacia a la luz. Esta palpa, a través de toda la superficie de su cuerpo, el terreno que la rodea. Experimenta en ello su ser en conexión con el elemento esencial elemental que actúa en lo telúrico-sólido.

El «sentido vital» del animal duerme, en cierto modo, en el sentimiento general de ser del animal en el hambre y la sed, o bien, por ejemplo, en la vivencia del busardo cuando, con las alas desplegadas e inmóvil en el calor de la corriente ascendente de un día iluminado por el sol, traza sus círculos. Pero en el instante en que el bienestar de su ser es perturbado —por ejemplo, por un leve dolor o por el miedo de un movimiento de huida—, el sentido vital se convierte en vivencia onírica.

La dominancia del «sentido del movimiento propio» sobre los demás sentidos se manifiesta en el reino animal en una gran diversidad de formas. Obsérvese el vuelo en zigzag veloz como una flecha de las golondrinas, o la ardilla que se desliza de rama en rama y salta de una a otra. En esta capacidad de movimiento, en la elasticidad instintiva y en la percepción de la presión de su corporalidad, actúa inconscientemente un sentido que determina el sentimiento de ser del animal.

El 4.º de los sentidos inferiores, el «sentido del equilibrio», en los animales superiores está ya en plena

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función poco después del nacimiento. Conduce ya hacia los sentidos medios, en cuanto posee en el oído un órgano sensorial: los tres canales semicirculares dispuestos perpendicularmente entre sí. Este órgano confiere a los animales tal grado de seguridad instintiva en el mantenimiento del equilibrio, que sin coacción exterior alguna no caen ni se desploman —como el íbice en el saliente rocoso, o el caballo en la elegancia del paso, el trote y el galope.

En los 4 sentidos inferiores de la voluntad o sentidos nocturnos mencionados, lo anímico de los animales se vive en la oscuridad de los instintos sordos. En los 4 sentidos medios, los sentidos del sentimiento del mundo animal superior, va amaneciendo hasta alcanzar una conciencia soñadora. También esta se halla ligada a la corporalidad, pero de tal modo que las cualidades sensoriales que estos sentidos median —olfato, gusto, luz, calor— han contribuido evolutivamente, ellas mismas, a la estructura y la función de sus órganos sensoriales: «Si el ojo no fuera solar, jamás podría contemplar el sol.»[13] Lo anímico-astral de los animales se procura, con sus sentidos del sentimiento, un campo de actividad más amplio y, con ello, un espacio vital y de vivencia más extenso, cuya frontera territorial canta, por ejemplo, el ruiseñor y marca el corzo con sustancias aromáticas, etc.

Ascendiendo en la secuencia de los 4 sentidos medios, se amplía la medida de las acciones determinadas por el sentimiento. El alma de género de los animales busca el espacio vital que le otorga la naturaleza y lo transforma conforme a sus necesidades

El «sentido del olfato» es el más inferior de los sentidos del sentimiento. En la mayoría de las especies animales superiores se halla desarrollado con mayor intensidad vivencial que los sentidos que le suceden. Las emanaciones anímico-astrales de los cuerpos estimulan en el mayor grado el órgano olfativo, alargado y dominante en el cráneo facial: el hocico olfateador le dice al zorro cuya huella sigue, el del perro huele a sus semejantes incluso días después, el hocico del cerdo escarba husmeando la tierra en busca de algo sabroso. El sentido del olfato es el instrumento principal del animal, a través del cual lo astral-espiritual de su entorno se hace vivencia, de manera onírica, en lo sutilmente material del aire.

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El sentido del gusto le abre al animal una realidad distinta. Con el alimento ingerido y su digestión, vive la disolución de lo material-corpóreo en el estado de lo acuoso. Degusta el mundo exterior y lo experimenta de manera esencial en su licuefacción. Este proceso se cumple de forma singular en el rumiante herbívoro. La vaca está dispuesta para ello hasta las profundidades de sus 3 preestómagos —ante todo en el rumen— y plenamente en el acto de rumia, para degustar. Se vive en el análisis gustativo de su entorno. La vivencia de este análisis confiere al estiércol de vaca su elevada virtud fertilizante para la tierra.
Mientras que el sentido del gusto alcanza hasta las oscuras profundidades del cuerpo animal, el sentido de la vista o sentido visual está dirigido hacia fuera, hacia las superficies formales de las cosas y los seres, hacia la luminosidad de colores que se interpenetran. Puede designarse el sentido de la vista como un sentido de las superficies de color, donde el color mismo se determina mediante la relación entre luz y oscuridad. Toda delimitación formal en el percibir objetivo es ya una determinación conceptual. La capacidad para ello —la activación del sentido del pensamiento— le falta al animal. ¿Qué percibe entonces el animal a través de su sentido visual, el ojo? Solo puede ser algo que se halle en relación con su astral-cuerpo. Ello excluye toda determinación conceptual. Más bien cabe y debe suponerse que la naturaleza de deseo e impulso del astral-cuerpo animal se extiende hasta el sentido de la vista y así hasta todos sus sentidos, y que lo activo en el sentido se convierte inmediatamente en vivencia consciente. En consecuencia, en el caso del animal no debería hablarse de «fenómeno sensorial», sino de un órgano sensorial de mediación de fragmentos de eficacia espiritual. En las acciones de luz y color del ojo, el animal encuentra, en cierto modo, el objeto de su deseo. Visto así, el ser astral del animal vive, conforme a su limitación anímico-corpórea, en relación esencial directa con su entorno. De ello se volvería también comprensible el sabio cumplimiento de todas sus funciones.

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– Si se mira a un animal a los ojos, algo anímico nos sale al encuentro con pureza e inmediatez. Si se mira a la vaca a su gran ojo, nos recibe desde profundidades insondables una mirada suavemente soñadora que emerge. Si se hace lo mismo con un ave de rapiña, uno retrocede casi asustado. Se cree mirar dentro de la inexorabilidad, incluso la tragedia, de un pasado primordial remotísimo que sigue viviendo. Sin duda, el ojo que ve hace al animal un grado más despierto e independiente de su cuerpo. Y sin embargo, es siempre solo un instante; se desvanece, debe seguirle el próximo y desvanecerse de nuevo, y así sucesivamente.

El más elevado de los sentidos del sentimiento es el «sentido del calor»; percibe las diferenciaciones calor-frío. En él puede verse el sentido para las fluctuaciones del «organismo del calor» y «la sangre, lo más sutil en el [corpóreo] organismo»[14] como su órgano. En los animales de sangre fría, el sentido del calor solo se despierta mediante el calor exterior, como ocurre, por ejemplo, con la mariposa que, tras la frescura de la noche, solo puede desplegar sus alas con los primeros rayos cálidos del sol. Lo mismo sucede con la fauna inferior del suelo en primavera. En los animales de sangre caliente, el sentido del calor está orientado hacia el mantenimiento constante del calor de la sangre. En él, lo anímico-astral vivencia toda desviación de la norma, sea hipotermia o fiebre. En las distintas especies animales, esta norma propia del cuerpo es de diferente magnitud. En la función de mantenimiento del calor sanguíneo, el sentido del calor está orientado, por así decirlo, hacia afuera y hacia adentro a la vez: por un lado, hacia el calor exterior o ajeno liberado por los procesos de combustión oxidativa de las sustancias nutritivas; por otro, hacia la «elaboración» de este calor por parte del «sistema mundial del astral-cuerpo»[15] que mora en el interior del animal.

De los 4 sentidos superiores del hombre, el vertebrado solo ha desarrollado plenamente el más bajo de ellos, el sentido auditivo o sentido del sonido, y el siguiente en orden ascendente, el «sentido de la palabra» como sentido del sonido articulado, solo de manera fragmentaria. La fuente del sonido es el movimiento: el ruido de una piedra que golpea, el rumor de las

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hojas en el viento, el trote de un caballo, en manos del hombre el arco que roza las cuerdas del violín. En los elementos de lo físico (tierra, agua y aire) se desencadenan vibraciones, y en el plano superior, más próximo al alma, del sentido auditivo, sonidos. La ciencia sostiene que la vibración es lo único objetivo, mientras que el sonido percibido sería el fenómeno subjetivo derivado de ella, producido secundariamente. Pero ambos son formas de manifestación de una y la misma fuerza motriz en los distintos planos de lo físico y de lo anímico. El sentido del sonido une ambos planos. Su órgano es, en el hombre y en el vertebrado, el oído, profundamente incrustado en el cráneo facial. Así como el ojo mira hacia afuera, el oído escucha hacia adentro. Ambos son una obra de arte construida de la manera más admirable según leyes físicas, cuyo creador son las fuerzas formativas del astral-cuerpo configurador y del éter-cuerpo que fluye. El oído está construido de tal manera que lo que mueve invisiblemente se revela en lo movido, lo anímico-astral se manifiesta en el sonido; este proceso hace comprensible que un proceso inicialmente puramente físico, al ser captado por los procesos vitales, se transforme ascendiendo y desaparezca, y lo que mueve aparezca en un plano superior de manera sensorial-suprasensible como sonido. El sonido suscitado por los órganos sensoriales de los vertebrados resuena con su ser astral. — En lo que respecta a los invertebrados, los insectos, arañas, escarabajos, etc., entramos en un mundo pobre en audición y en sonidos articulados. El oído se halla en un estado rudimentario de desarrollo en favor del olfato y de la visión panorámica de los ojos facetados. Los sonidos surgen periféricamente de manera mecánica, por fricción de los élitros, las patas, etc. Carecen de interioridad.
Más que ningún otro sentido, el «sentido del sonido articulado» aparece repartido, como fragmentado, a lo largo de todo el reino animal. Astillas de alma de una unidad primordial se encarnan en los animales. Sus sonidos son expresión de su fragmentado encadenamiento anímico. Con razón se ven en estos sonidos medios de comunicación de los animales entre

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sus congéneres, o llamadas de advertencia. Su llamada, por ejemplo el trinar de la alondra, puede también comprenderse en sentido más amplio como una comunicación dirigida al origen cósmico que los unifica. La responsabilidad del hombre debe consistir en reunir, en cada lugar de la tierra de una explotación agrícola, los fragmentos de las altamente específicas capacidades sensoriales y de las actividades instintivamente guiadas con sabiduría de los animales domésticos y de la fauna silvestre, en toda su diversidad, en un todo orgánico de orden superior. Esta integridad es un producto de la vida pasada y un medio del hombre para trabajar en favor del futuro.

El animal posee un astralleib; a través de él se experimenta a sí mismo en los grados de una conciencia onírica. No puede ir más allá de ésta. El camino hacia el desarrollo del conciencia de sí le está vedado. No tiene ningún Yo en la existencia terrena. El Yo, sin embargo, existe como «Yo-alma grupal» de las especies animales en la esfera de la elementarisch-planetarischen Welt inmediatamente contigua a lo sensible, el «Astralplan», la esfera de actividad de la tercera Jerarquía (Abb. 3). El Yo grupal toca al animal sólo desde fuera, no lo endereza, el animal permanece en lo horizontal. Sólo el polo de los sentidos despiertos, cabeza y cuello, se eleva algo por encima de la línea vertebral. A la contemplación suprasensible se le muestra, según Rudolf Steiner, el Yo grupal «a lo largo de la columna vertebral del animal aproximadamente como una franja luminosa y refulgente»[16] (Abb. 3, rot). Con el nacimiento, el animal individual se separa de su alma grupal — «se escinde», y con la muerte se reúne de nuevo con ella.[17]

«Pero los animales han sido simplemente colocados en la Tierra desde el conjunto del universo. Participan de lo terrenal con su conciencia sorda; con su surgimiento, su crecimiento, con todo lo que son, para poder percibir y moverse, no son seres de la Tierra. [...] Son huéspedes en la Tierra.»[18]

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El hombre — una incursión en la ciencia espiritual antroposófica

La esencia de lo que en la naturaleza se despliega como reino mineral, vegetal y animal, separadamente cada uno en su particularidad bajo la guía y dirección de las tres esferas jerárquicas mencionadas, vive desde los orígenes primordiales del «Logos», del germen espiritual de los hombres.[19] Lo que paulatinamente se ha ido condensando de manera esencial en las formas de la naturaleza — detrás de ello estaba, bajo la guía de las entidades espirituales jerárquicas, el desarrollo del hombre. Éste ha acompañado la evolución de los reinos de la naturaleza sin darse prematuramente una forma corporal fija. Ha acogido en sí los frutos del devenir de la naturaleza mineral, vegetal y animal sólo después de que éstos hubieran alcanzado su madurez. Estos frutos de la evolución dieron el material físico-espiritual con el cual las entidades de las Jerarquías construyeron el cuerpo humano. Éste incluye en sí todo lo que había precedido en el desarrollo físico-viviente y anímico-astral. En todo esto participaba el Yo humano, reposando todavía en el seno de las Jerarquías. Sólo muy tarde se desprendió de sus fundamentos espirituales primordiales y fue encarnándose descendiendo gradualmente en el cuerpo así preparado. El obrar del Yo ha dado a la forma humana la Erecta, le ha otorgado entre su cabeza y sus órganos metabólicos un centro autónomo — el corazón como sede del Yo —, ha extendido las patas traseras del animal y habilitado los pies para el caminar elástico y el paso sobre la tierra. Ha elevado los brazos y las manos desde la pesadez terrena de los miembros anteriores y les ha otorgado el libre movimiento autónomo, el amor al obrar. El nacimiento corpóreo del Yo ha dado al hombre una forma a imagen y semejanza de Dios. Ésta fue cincelada en piedra por los antiguos griegos en las magníficas figuras armoniosas, arcaico-monumentales de los Kouroi, por ejemplo a lo largo de la Calzada de los Templos hacia el templo de Hera

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(Heraion) en Samos. El nacimiento espiritual-anímico del Yo se cumplió con el Misterio del Gólgota. Significa que el desarrollo futuro del hombre consiste en llegar a ser consciente de su origen en el espíritu, así como en reelaborar lo que de naturaleza vive en su cuerpo y en torno a él, y anverwandeln a su superior yoidad.

Desde el espíritu de su Yo, el hombre ha adquirido la capacidad de poder pensar la «evolución». Ésta incluye un pasado primordial en el que el germen del devenir del hombre reposaba todavía en el seno de la más alta divinidad, y un futuro en el que la yoidad del hombre encuentra el retorno a su origen espiritual con plena conciencia de vigilia. De tal consideración se desprende necesariamente la idea y realidad de las reencarnaciones terrestres repetidas.

El organismo corpóreo del hombre

Así como el organismo corpóreo del animal se delimita hacia afuera en una forma (configuración) y se articula hacia adentro en órganos, así también el cuerpo del hombre, con la diferencia determinante de que en éste el sistema orgánico rítmico del pulmón y el corazón se integra como miembro autónomo entre el polo neurosensorial y el polo metabólico-motor. Esta autonomización del centro tiene la consecuencia de largo alcance de que el alma del hombre, sobre esta base orgánica claramente articulada, alcanza la facultad del pensar, sentir y querer. En el animal, la conciencia se enciende con cada percepción de los sentidos y se extingue nuevamente cuando esa percepción cesa. El alma humana puede retener lo percibido mediante el pensamiento en conceptos, sentirlo en el sentimiento y avanzar a la acción en el querer. Lo que en los 3 sistemas orgánicos está en incesante acción recíproca de manera corporalmente inconsciente,

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eso se revela en el plano de lo anímico en pensamientos, sensaciones e impulsos de voluntad. Al interactuar éstos, surge, como síntesis, la conciencia de sí. De ella irradian ideas que en la vivencia despiertan impulsos éticos-morales del obrar. El hombre se eleva más allá de su cuerpo, hacia arriba hasta su humanidad, hasta la conciencia de su origen en el espíritu, de su consciente participación —que avanza con el autoconocimiento y el conocimiento del mundo— en el ser y el obrar de las superiores Jerarquías mencionadas. En este elevarse desde la atadura al cuerpo, de modo que el alma no se agota simplemente en la percepción momentánea de estímulos sensoriales, el hombre se lo debe a su núcleo esencial del ser espiritual, al Yo que se sumerge en el cuerpo, que activa las tres facultades del alma y las une en una unidad, en la conciencia de sí.

En la conciencia del Yo el hombre llega por primera vez a sí mismo. Se hace consciente de la posibilidad de su autodeterminación en libertad. Se hace consciente del hecho de que no posee una existencia acabada y cerrada, como el animal, sino que, en la conciencia de su imperfección, sabe que se halla en camino de avanzar en libre autodeterminación por su senda de desarrollo. Esta senda de desarrollo es individual. Cada hombre la recorre, guiado por los impulsos espirituales de su ser-Yo, como individualidad.

El Yo del hombre es omniabarcante; como ser puramente espiritual se sitúa por encima de lo anímico que hace consciente. Compenetra el alma hasta en sus fundamentos más ocultos, la libera cada vez más del cuerpo y la espiritualiza hacia niveles cada vez más elevados. Impulsa las fuerzas del pensar, sentir y querer, enciende en el alma fuerzas de entusiasmo y la voluntad de hacer también aquello que se ha reconocido como necesario. Así como el Yo, el núcleo esencial del ser del hombre, se crea en el alma una organización del Yo, así también una tal organización en el ámbito del cuerpo viviente y del cuerpo físico. El Yo que se sumerge en el alma es el dador de impulso para el desarrollo

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del hombre. Él trabaja sobre el cuerpo para elevarlo a una portación del espíritu cada vez más elevada.

La fuerza del Yo coloca el organismo corpóreo humano, en el estado de conciencia de vigilia, en la Erecta, en el eje Tierra-Sol. Cuando el Yo se desprende del cuerpo junto con el alma durante el sueño, el cuerpo se tiende en la horizontal. El animal se halla de por vida en esta posición horizontal, en una conciencia de índole onírica. Solo los vertebrados despliegan una vigilia más elevada. Esto se hace patente cuando determinadas especies animales portan la cabeza por encima de la línea horizontal de la columna vertebral. En el hombre, el Yo irradia a través de los tres miembros constitutivos del organismo y se crea, corpóreo-anímico-espiritualmente, un centro en el corazón. El Yo del animal, la «alma grupal» de una especie animal[20] vive, como ya se ha mencionado, como entidad espiritual en una región de lo suprasensible contigua a lo sensible. No está encarnada en el animal individual; tan solo lo toca desde fuera. Una expresión de su eficacia es la formación de manadas en los vertebrados (entre otros, bovinos, ovejas, cabras, caballos), en los insectos que forman estados (avispas, hormigas, etc.) y, finalmente, de manera singular, en el pueblo de las abejas.

También en la planta, cuyas raíces se hunden en lo sólido de la tierra, vive un resonancia clara de su entidad espiritual superior. Su alma la toca, como ya se ha insinuado, desde fuera, y conjura la forma espiritual de la planta que reposa en la semilla hacia la aparición sensible de la disposición espiral de las hojas en torno al tallo vertical, así como de los brotes y los pétalos florales. La Erecta del tallo que se orienta hacia el sol — desde la raíz hacia arriba hasta la semilla — es imagen de una fuerza que vive en una segunda región aún más elevada del mundo espiritual como «Yo de la planta»[21] (Fig. 2). Goethe señaló, partiendo únicamente de la contemplación pura, este singular principio formativo en el reino vegetal como la «tendencia vertical y espiral». Dijo: «No se busque nada detrás de los fenómenos; ellos mismos son la enseñanza.»[22] En la contemplación activamente ejercida, idea (concepto) y percepción

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sensible se hallan en una relación de reciprocidad pensante. La apariencia sensible suscita el concepto desde fuera y él le otorga, desde dentro, la determinación de su contenido.

El organismo corpóreo humano es, en virtud de la entidad-Yo que lo rige, el más perfecto y a la vez el único que prosigue el desarrollo del principio del organismo. En el animal lo anímico ha coagulado en la forma material. En ese sentido, su cuerpo, en su conformación unilateralmente definida, es más perfecto que el del hombre. Pero este último está abierto al desarrollo y posee la potencia para una progresiva espiritualización de su corporalidad ligada a lo material-terrestre. El organismo corpóreo humano es un producto de la naturaleza y a la vez un producto de su espíritu-alma.

El concepto de organismo en la agricultura

Hasta mediados del siglo XX, el concepto de organismo era aún el lenguaje habitual para describir una finca agrícola sana y diversificada. Desde el punto de vista económico-empresarial, se trataba de la integración mesurada y adecuada al lugar de cultivo de la tierra, ganadería, horticultura, fruticultura, economía de praderas y pastizales, así como silvicultura y gestión de aguas. El organismo agrícola se desarrolló en esta diversidad de sus órganos desde la Alta Edad Media y fue, tanto si se trataba de una comunidad aldeana como de una granja individual, el fundamento portador de cultura del cultivo de la tierra cristiano-occidental. Se desarrolló a partir del «organismo en el crecimiento natural»[23] hasta alcanzar gradualmente una primera gran floración cultural. Esta cultura del alma racional-afectiva cristiana perduró mientras se mantuvieron el antiguo campesinado y con él la cultura aldeana. En el curso de la industrialización agraria, el organismo agrícola se fragmentó en partes aisladas. En su lugar se impuso el pensamiento sistémico bajo la forma del monocultivo y la ganadería intensiva. La revitalización de la agricultura

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presupone como primer paso la reiteración del principio de integración de las ramas de la finca armonizadas entre sí. Sobre esta base de reiteración puede surgir el fundamento de una nueva floración cultural que, al igual que de la naturaleza, parte ante todo de la constitución corpórea orgánica del ser humano. Si se busca una concepción espiritual de una explotación agrícola y las medidas que de ella se derivan para su configuración, la afirmación de Rudolf Steiner «El hombre se convierte en fundamento»[24] adquiere un peso particular. A este señalamiento le precede, como pauta directriz ideal, el otro: «Solo una agricultura cumple su esencia, en el mejor sentido de la palabra, cuando puede ser concebida como una especie de individualidad en sí misma, una individualidad verdaderamente cerrada en sí».[25]

Con ello queda dicho que a partir del mero conocimiento de la naturaleza no es posible derivar ni el concepto de la individualidad agrícola ni el de su clausura corpórea, es decir, el organismo que ha de formarse a partir de las cosas y los seres naturales. Se está convocado a aproximarse a estos dos conceptos —«la especie de individualidad» y su «clausura» corpórea— desde la ciencia del hombre de la investigación espiritual antroposófica y desde el autoconocimiento según cuerpo, alma y espíritu.

Un cultivo vegetal en toda su diversidad de especies, una ganadería que interactúa con él, así como el cuidado de la flora y fauna silvestres propias del lugar crean mediante la configuración de la finca una integralidad que intenta dar cuenta de ambos conceptos. Retroactivamente, satisfacen las exigencias relativas a la nutrición del ser humano conforme a su esencia. Esta ha de estar constituida de tal manera que la base corpórea orgánica pueda convertirse en el recipiente sustentador de la progresiva individuación espiritual-anímica del ser humano.

El concepto de organismo, cuando se menciona en los círculos científicos —si es que se menciona en absoluto—, se piensa en la ecología de manera aditiva como un sistema de relaciones. Lo que con ello

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se quiere decir, Rudolf Steiner lo amplía en el «Landwirtschaftlicher Kurs» con el concepto del «organismo en el crecimiento natural». Se puede parafrasear este concepto con la asociación de plantas y animales dada naturalmente en un lugar, un orden natural que se establece por sí mismo. La ciencia de la ecología describe las conexiones relacionales de esta asociación florística y faunística incluyendo factores climáticos, geomorfológicos, petrológicos, edafológicos e hidrológicos. El ser humano, sin embargo, queda por regla general al margen. Cuando se lo menciona en absoluto, se le asigna el papel de factor perturbador.
Como se ha citado más arriba, la ciencia espiritual de Rudolf Steiner parte precisamente del ser humano. Amplía el principio según el cual la naturaleza procede en la formación del organismo «en el crecimiento natural» hasta aquel mediante el cual el organismo corpóreo del ser humano puede convertirse en portador de alma y espíritu. Este paso es un paso de desarrollo que solo puede ser dado por el ser humano que piensa y actúa. Significa que la elevada etapa de desarrollo en la formación corpórea del ser humano según el sistema cefálico o neurosensorial, el sistema torácico o rítmico y el sistema abdominal o metabólico-motor se convierte en el principio ideal-metodológico de la configuración orgánica de la explotación agrícola. Conocer esto e instaurarlo en la obra es lo que transmite la Antroposofía y en particular el «Landwirtschaftlicher Kurs».

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El polo cefálico o el sistema neurosensorial del organismo agrícola

La cabeza es el polo de reposo del ser humano, la sede de los sentidos en estado de vigilia, del sistema nervioso central, del cerebro que flota en el líquido cefalorraquídeo, rodeado por los huesos de la bóveda craneal y los del cráneo facial. Es morfológicamente pura forma y fisiológicamente está atravesada por fuerzas formativas y, con ello, por fuerzas en proceso de muerte. Está más próxima a la muerte que a la vida. Necesita de una intensa e ininterrumpida irrigación sanguínea para compensar el exceso de procesos catabólicos. Su tendencia a volverse incesantemente inorgánica se manifiesta en el endurecimiento de los huesos craneales, en el líquido cefalorraquídeo que se va separando de lo viviente, en la intensa actividad catabólica del oxígeno respiratorio vivificante que se transforma en el venenoso dióxido de carbono y, hablando anímicamente, en el enfriamiento hacia la frialdad del intelecto. El cerebro, con sus cordones nerviosos que recorren al ser humano en su totalidad, es, en virtud de su proximidad a la muerte, el polo que genera conciencia en el ser humano.

Cuando la mirada se vuelve hacia aquella región de la Tierra en la cual predominan los procesos y las fuerzas que corresponden al sistema neurosensorial del ser humano, son las fuerzas que emergen desde las profundidades de la Tierra, desde la naturaleza mineral del mundo pétreo. La constitución mineral de la corteza terrestre se articula en grado sumo a través del cuarzo-sílice (SiO2) que contiene silicio, así como los silicatos, que, aumentando hacia abajo, dominan las profundidades de la Tierra. En el polo opuesto se encuentra la cal (CaCO3), que se presenta más hacia la superficie terrestre. Entre ambos polos median los silicatos, en los cuales las micas se inclinan más hacia el lado de la sílice, y los feldespatos más hacia el lado de la cal. Tanto el feldespato como la mica son los minerales originarios para la formación de la arcilla, de los minerales de arcilla. Son ellos quienes representan sobre todo una especie de equilibrio fisiológico entre la sílice y la cal.

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El cuarzo-sílice es, en cierto modo, el representante de lo cristalino. Es transparente, no permite el acceso al agua y por ello en las latitudes templadas apenas se meteoriza. A través de la unión del silicio, que representa el polo cósmico, con el oxígeno, surgen el cuarzo y los silicatos emparentados con él, que constituyen principalmente la corteza terrestre. Entre su gran plenitud de formas, el cuarzo-sílice ocupa el lugar del representante que transmite al suelo las irradiaciones del lejano cosmos de las estrellas fijas, del «cielo cristalino» de los antiguos griegos. Recibe las fuerzas formativas cristalogenéticas y las irradia de regreso hacia el ámbito terrestre, donde despliegan sus efectos.[26] Esto acontece de manera excelente en el tiempo invernal, en el tiempo de la escarcha resonante. En invierno, la Tierra reposa en sí misma, es «un ser cerrado en sí mismo»[27]. Lo que en la Tierra acontece puede compararse con lo que, en relación con la formación del pensamiento, sucede en el cerebro. La función del cerebro es como la de un espejo a través del cual las fuerzas del pensar, ocultas, se vuelven conscientes en forma de pensamiento.

En el «Landwirtschaftlicher Kurs», Rudolf Steiner subraya especialmente la función sensorial polar de la sílice y la cal: «Lo silíceo es el sentido exterior universal en lo terrestre, lo calcáreo es el anhelo exterior universal en lo terrestre, y la arcilla media entre ambos», y la sílice sería «el señor distinguido que no quiere nada en absoluto»[28], tal como los sentidos del ser humano, que, como el ojo, son ricos en sílice y, sin voluntad propia, son permeables al mundo de los fenómenos.

En polo opuesto a la sílice, Rudolf Steiner designa la cal como el «tipo codicioso»[29], que quiere arrebatarlo todo para sí. La cal (CaCO3) y las rocas emparentadas con la cal son opacas, a excepción de la calcita en su forma cristalizada más pura. Las masas calcáreas acumuladas hacia la superficie terrestre tienen una gran afinidad con el elemento del agua. La absorben, así como se afanan en absorber todo cuanto la sílice refleja de radiación cósmica o cuanto en la estación más cálida de la primavera irradian los planetas subsol

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ares Luna, Venus, Mercurio.

En la superficie terrestre, el suelo, los minerales calcáreos compiten con los silicatos. Los primeros se ven sometidos, bajo la influencia del calor, el aire y el agua, a una meteorización esencialmente más rápida que los silicatos y, en particular, que el cuarzo. Esta descomposición de las rocas calcáreas, su disolución en lo acuoso, libera una corriente de sustancias que, en vinculación con las fuerzas formativas que irradian hacia el interior durante el invierno en el transcurso del curso del año, se reúne en nuevas configuraciones de forma en la naturaleza viva y animada anímica. En las formas del mundo vegetal que brota se realiza la espiritualidad del acontecer invernal durante el semestre de verano. Son estas apariciones de forma las que estimulan los sentidos del ser humano y dejan madurar pensamientos que se convierten en imagen refleja microcósmica del acontecer macrocósmico en el curso del año.

El organismo corpóreo, en gran medida cerrado en sí mismo, de la «individualidad agrícola» antes mencionado, hunde su polo cefálico — por así decirlo, de cabeza — en el elemento de lo sólido, en las profundidades de la Tierra. La pregunta de si el espíritu creador del ser humano puede frenar o, en el sentido de una individualización estacional, intensificar este acontecer macrocósmico en el «organismo en el crecimiento natural», lo mostrará la consideración en relación con el miembro rítmico del suelo.

El acontecer metabólico en el «vientre» del organismo agrícola

Polar a las profundidades de la Tierra se eleva el miembro metabólico de la individualidad agrícola por encima del nivel de la Tierra hasta la periferia atmosférica. Al polo de reposo de lo de abajo se contrapone el caos de movimiento de lo de arriba. Lo que mueve es el calor que irradia junto con la luz; lo

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que es movido es el aire y los vapores de agua que se han vuelto aéreos. El aire se percibe mediante la presión sobre la piel; es invisible para el ojo y sólo se vuelve perceptible indirectamente a través de la hoja que tiembla en el árbol, a través del polvo levantado en remolinos, el oleaje del mar, las nubes que se desplazan, la lluvia que fluye, los copos de nieve que derivan, etc. Ya por las más sutiles diferencias de calor surgen cuerpos de aire delimitados entre sí, que se manifiestan en ráfagas de viento, en torbellinos, en poderosas nubes tormentosas que se acumulan en torres y en frentes nubosos. Estos cuerpos de calor-aire son órganos invisibles cargados de esencia, que se revelan en las formas siempre cambiantes de las nubes. Estos encierran en sí todo aquello que la Tierra emite en forma de vapores de agua, gases, aerosoles, incluso calor, lo que en vinculación con la luz solar y con las descargas eléctricas genera y vuelve a disolver compuestos de sustancias. Es una abundancia de fenómenos que determinan, tanto en lo grande como en lo pequeño, las condiciones climáticas macroclimáticas y las meteorológicas locales, y que hoy irrumpen con mayor nitidez en el campo de visión a través del cambio climático que circunda la Tierra. Se encuentra en la periferia atmosférica de la Tierra, en lo particular, ciertamente, un acontecer de apariencia regular, pero en el conjunto, en sus infinitas acciones recíprocas, un acontecer irracional, cabalmente un acontecer metabólico. Nada permanece igual ni siquiera un instante.

Lo último vale también para el metabolismo humano, por ejemplo para la digestión. Las bacterias intestinales se encargan de la descomposición del alimento ingerido. Si no existiera allí la actividad reguladora de las glándulas intestinales, el organismo humano quedaría pronto descompuesto en sus componentes inorgánicos.

La conducción del acontecer metabólico se produce, por un lado, desde la distancia, a través de las radiaciones de la luz y el calor del Sol, y, por otro lado, desde la cercanía, a través del mundo vegetal que crece hacia la capa de aire cercana al suelo. Las irradiaciones cósmicas acontecen en los ritmos

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de día y noche, así como en los del curso del año desde la primavera, pasando por el verano, el otoño y el invierno. Estos ritmos surgen, vistos geocéntricamente, por las revoluciones del Sol, los planetas y las estrellas fijas en torno a la Tierra. Determinan el acontecer meteorológico macro y microclimático, las zonas de alta y baja presión, los períodos de calor y frío, las lluvias y nevadas, las tormentas eléctricas, etc. Cada uno de estos eventos desencadena un acontecer metabólico específico: ninguna gota de lluvia, ningún copo de nieve sin un grano de polvo arrastrado por el aire como núcleo de condensación; de ahí el efecto purificador de las precipitaciones. Ningún rayo ni trueno sin una oxidación del nitrógeno del aire. Cabe formular la pregunta de si la actividad metabólica purificadora y digestiva de la envoltura aérea no se ve perturbada tan solo por las emisiones procedentes de la industria, la agricultura y los combustibles fósiles —es decir, por un exceso de partículas de sustancia—, llevando así a extremos meteorológicos, sino también por las interacciones de estas partículas de sustancia con las radiaciones electromagnéticas de las tecnologías de la información que circundan el mundo.
Por otro lado, la planta, enraizando en la Tierra, crece hacia el polo metabólico de la envoltura de aire y calor, al encuentro de la luz solar. Por un lado, en la planta se imprime el acontecer metabólico exterior del entorno; por el otro, son el Sol y los planetas quienes desencadenan en ella procesos metabólicos que se prolongan hacia el contorno aéreo. La planta extrae del aire dióxido de carbono para su metabolismo formativo de la forma y libera oxígeno. Asegura con ello, en lo que respecta a la respiración y el alimento, la existencia del ser humano y del animal. Inhala el nitrógeno del aire y, a través de sus residuos orgánicos, fomenta el metabolismo del suelo vivo superior. Las raíces (entre ellas la valeriana), así como las hojas y sobre todo las flores, emiten una abundancia de sustancias aromáticas que sirven de alimento a la existencia del mundo animal dotado de alma, a los insectos voladores que viven en el elemento del calor

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y al mundo de las aves que vive en el elemento del aire.

En el polo metabólico-motor del ser humano vive y actúa en la inconsciencia la voluntad. Esta, empero, es espíritu: el espíritu de su naturaleza superior, de su Yo, que se vive manifestándose en el organismo corpóreo como esta determinada individualidad. Es este espíritu oculto del ser humano el que, como microcosmos, se ha desarrollado a partir del macrocosmos en etapas evolutivas. Es el espíritu que forja en unidad y mantiene en eficacia los procesos vitales que se realizan en la armonía de la consonancia de todo cuanto acontece en la coexistencia espacial y la sucesión temporal. En el macrocosmos esta armonía se vive manifestándose en los ritmos de las estaciones del año y revela su signatura principalmente en las manifestaciones vitales sobre la Tierra en relación con la periferia atmosférica. También aquí impera el espíritu, la espiritualidad, que se vive manifestándose como la eficacia de las entidades espirituales de las Jerarquías[30] (véase el capítulo «¿Cómo se cumple el concepto de organismo en el reino mineral?») en todas las manifestaciones del macrocosmos y de la Tierra. Compenetra todos los ámbitos del ser que se individualizan de manera natural en cada lugar de la Tierra: en las profundidades en reposo, en las alturas en movimiento. Esta polaridad fundamenta la particularidad de cada organismo agrícola. El movimiento sobre la Tierra crea caos en el mundo de las sustancias; en las profundidades reina la constancia; el centro rítmico busca en autonomía el equilibrio trascendente.

Desde finales del siglo XIX, el ser humano interviene en todo el mundo en esta polaridad macrocósmica de manera perturbadora, con arbitrariedad inteligente, principalmente en las regiones sobre la Tierra. En el transcurso del siglo XXI, esta perturbación ha traspasado el regulativo macrocósmico y se ha desencadenado en el caos de los eventos climáticos extremos. A ello ha contribuido el uso desenfrenado de todos los recursos de la Tierra. El protagonista principal es aquí la agricultura: en relación con la «enfermedad» (contaminación) del polo metabólico,

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ocupan un lugar destacado, entre otros, la desgasificación de óxidos de nitrógeno (entre ellos el óxido nitroso, NO2) como consecuencia de la desnitrificación de sales nitrogenadas sintéticas sobre todo, así como los aerosoles arrastrados por el viento procedentes del conjunto de los productos fitosanitarios sintéticos, como herbicidas, pesticidas y otros. Todos ellos son construcciones concebidas desde un pensamiento abstracto de modelos, cuyas acciones son letales, es decir, que hacen valer el polo cefálico y de la muerte de las profundidades terrestres más allá del centro rítmico, en el polo metabólico-motor. Sobre este trasfondo se plantea de nuevo la pregunta de qué medidas han de adoptarse, desde el conocimiento de la polaridad de las alturas y las profundidades, para lograr en el órgano del centro, el suelo fértil, el equilibrio trascendente.

El centro rítmico en el organismo de la individualidad agrícola

Medido en las imponentes dimensiones de las alturas y las profundidades, el suelo como zona de interpenetración de ambas forma una capa tenuísima, una piel, que Rudolf Steiner compara con el diafragma humano.[31] El diafragma es un órgano musculoso que forma un tabique separador respecto de los órganos abdominales. Si se buscan las funciones del órgano-diafragma del suelo, estas siguen, por un lado, los ritmos macrocósmicos del día y la noche y de las estaciones del año; por otro lado, este órgano del centro posee la disposición fisiológica para un ritmo propio. Pues reúne en sí, en estado germinal, la aptitud para una actividad cardíaca y pulmonar. El órgano-diafragma del suelo se delimita morfológica y fisiológicamente tanto frente al polo cefálico —el substrato rocoso no meteorizado— como frente al contorno aéreo. Hacia abajo es activo en el sentido sensorial a través de su contenido de cuarzo-sílice en la fracción arenosa; hacia arriba es activo metabólicamente a través de su contenido de cal y humus. Su función cardíaca, el sol en el suelo, la cumple la arcilla; ella es

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el «centro del centro». Media entre la sílice y la cal, y enraíza su naturaleza cósmica mediante la vinculación que establece con la más terrena de todas las sustancias: el humus. Las funciones cardíacas de la arcilla en el suelo son el equilibrio de las relaciones de fuerzas entre cuarzo-sílice y cal, así como la conducción del ciclo de las sustancias a través del agua del suelo. El humus, en cambio, es en el sentido más amplio (humus nutritivo y humus estable) el portador de la respiración del suelo. Está sujeto a la construcción y descomposición por parte de la vida edáfica bacteriana y animal, y a través de ella asegura el intercambio de aire. Este se realiza de modo semejante al del animal y el ser humano. El suelo inhala oxígeno de la capa de aire cercana al suelo y exhala dióxido de carbono. El suelo como órgano-diafragma lleva en sí la potencia para el desarrollo de un miembro que se va volviendo autónomo entre las Alturas y las Profundidades. Todas las medidas de la actividad agrícola deben estar orientadas ante todo a configurar el centro rítmico como órgano central del organismo agrícola. La actividad formativa del espíritu humano crea en el espacio y en el tiempo la corporalidad que «se llena de ser»[32]. A este ser lo nombra Rudolf Steiner como «individualidad agrícola». Como ya se ha mencionado, con este concepto de «individualidad» — derivado del ser humano — se apunta al núcleo esencial del ser del hombre, al «Yo»: este puede, mediante el autoconocimiento y con ayuda de la ciencia espiritual antroposófica, aprehender este concepto, darle un contenido de ideas vivenciable y, desde él, fecundar sus impulsos de voluntad. Estos confieren a la labor cotidiana en campo y establo un peso ético-moral. Lo que así se ha convertido, para la aprehensión consciente, en experiencia espiritual; lo que profundiza y hace más vigorosa la disposición interior; lo que despierta el entusiasmo y el amor a la acción — todo ello fluye como una cualidad de propia creación, que permanece oculta a los sentidos externos, hacia el suelo, las plantas y los animales de la finca. A través de semejante trabajo en la tierra impulsado por la investigación espiritual puede cumplirse la indicación de Rudolf Steiner:

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«Estamos [desde los comienzos del siglo XX] ante una gran transformación del interior de la naturaleza»; esta se halla vinculada «con la transformación de la formación anímica humana [...]»[33]. Las repercusiones negativas se manifiestan suficientemente en el «vacío de ser» de la concepción materialista de la naturaleza y de su concreción tecnológica, así como en la fragmentación de la vida social.

Pero cuando una comunidad de personas que trabajan juntas actúa desde la contemplación interior del organismo y del pensamiento de la individualidad, y busca — sostenida por los resultados de la investigación espiritual — establecer nuevas relaciones entre las cosas y los seres de la finca, se adentra con espíritu, corazón y mano en el «interior de la naturaleza» de la finca. Actúa «llenando de ser»[34].

Los procesos rítmicos del órgano-diafragma del suelo, en primavera y verano

En la primavera hasta bien entrado el pleno verano, el acontecer rítmico se abre ante todo a las fuerzas metabólicas atmosféricas y entra con ellas en acción recíproca a lo largo del tiempo. Con la iluminación, el calentamiento, la aireación y la humectación de la capa más superficial y suelta del suelo, la vida vegetal y animal inferior del suelo comienza en primavera a desplegarse de golpe. Mediante la «edificación viva» bacteriana surgen migas de tierra más grandes y estables. En el horizonte superior del suelo dominan los procesos de construcción (inhalación de oxígeno), que son suscitados, por un lado, por la rápida multiplicación de bacterias en colonias, y por otro, por el mundo igualmente veloz de los animales del suelo que se despliega y entra en actividad. Polar a esta espontánea eclosión de vida y, sin embargo, al servicio de ella — actúan, ascendiendo desde abajo desde el polo cefálico, fuerzas de muerte desintegradoras (exhalación de CO2). Ellas procuran la meteorización mineral y la descomposición bacteriana

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de las reservas de vida de los años anteriores, del humus. En ambos casos se liberan sales. Estas se disuelven en el agua del suelo, migran en parte hacia abajo, hacia las profundidades del polo cefálico, pero en mayor medida son retenidas por los coloides del suelo, los minerales arcillosos y las sustancias húmicas, o bien son atraídas por la succión de las raíces de las plantas.

Esta actividad creadora de vida, edificante, en primavera alcanza hacia el pleno verano capas del suelo algo más profundas. Surge la gara estructurada en poros grandes y finos, comparable a los alvéolos pulmonares, dispuesta a recibir grandes cantidades de aire en la zona de las raíces de las plantas que necesitan oxígeno, o grandes cantidades de agua en caso de lluvias torrenciales. Así como el fruto del cereal, que alberga en sí la vida futura, madura en pleno verano en el aire y el calor, así también la gara del suelo madura hasta convertirse en una especie de pulmón del suelo. En este proceso puede surgir la siguiente imagen: la Tierra exhala en primavera los cuatro grupos de los seres elementales[35] que se habían ocultado en ella durante el invierno. A través de sus actividades en los elementos calor y aire, en los vapores acuosos y en lo sólido de la Tierra, crean en las plantas que crecen hacia arriba la imagen refleja de su imagen primordial. Pero también la formación de la gara del suelo en la zona limítrofe suelo-aire es obra suya. La esencia del acontecer metabólico en el semestre de verano sobre la Tierra es el entretejerse recíproco de los elementos tierra y agua en los elementos aire y calor.

Los «seres elementales» son, por su actividad, seres de relación. Son de naturaleza espiritual suprasensible y median las actividades de las mencionadas jerarquías espirituales, o bien «de las almas grupales de las plantas y los animales», ante los elementos del aspecto físico de la Tierra que subyacen a todo ser: el agua, el aire y el calor. Que las rocas — que son por lo general sistemas de relación cristalizados de distintos minerales, y estos a su vez de distintas sustancias — y que en la planta, el animal y el ser humano se desarrollen procesos fisiológicos en los órganos y entre ellos, etc., es obra de tales seres elemen-

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tales. Son portadores de la compenetración del espíritu en todo ser. Cuando la atención se dirige, en una contemplación sintiente, hacia el «entre» de los fenómenos — por ejemplo, de distintas especies animales en su comportamiento activo frente a los elementos —, la relación esencial puede volverse presagible de manera mediata: la delicada lombriz de tierra, que trabaja lo sólido de la Tierra; la trucha, que en el agua clara del arroyo se mantiene contra la corriente y con su escamado palpa el agua fluyente, o que disparándose deslizante atraviesa el agua; la golondrina, que en su vuelo rápido como una flecha genera remolinos a su alrededor y se da a vivir en el elemento del aire con cada aleteo; o la abeja, que viviendo en el elemento del calor, en activa laboriosidad busca la flor y por un instante aparece como perteneciente a ella. Cada uno de estos fenómenos es, en la vivencia, como un tender un puente hacia el mundo de los seres elementales.[36]

Los procesos rítmicos del órgano-diafragma del suelo, en otoño e invierno

A finales del verano y por completo en el otoño, el proceso de primavera-verano se invierte en su contrario. El proceso de exteriorización, que se había expresado en las formas visibles de la gara del suelo y del mundo vegetal, se transforma en un acontecer de interiorización. La vida del suelo muere, las plantas se marchitan, las hojas se desprenden de los árboles. Se contempla la vida que cae en la muerte y se siente cómo se espiritualiza y regresa de nuevo al interior de la Tierra. Este regreso o inhalación del mundo de los seres elementales confiere a la luz, al calor y al aire un grado íntimo de interioridad y al mismo tiempo de pesantez terrena. Una imagen refleja de ello muestran las hojas que se apagan, que florecen una vez más en colores de tierra, así como las nieblas que se depositan sobre las tierras bajas en septiembre, la

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luz dorada en octubre y el noviembre tormentoso y cubierto de nubes.

En el órgano-diafragma del suelo, este acontecer conduce igualmente a una condensación que, como en la formación de la semilla, representa un proceso sustancial de interiorización: es la formación del humus estable. En el humus estable, el suelo forma desde sí mismo una especie de semilla, la semilla universal, que contiene el germen de «lo vegetal-general», es decir, de aquello que en la planta permanece como órganos puramente vegetativos antes de la formación de la semilla. Raíz, tallo, hoja y flor regresan marchitos al suelo y se transforman en él de manera natural en una recreación sustancial: el humus estable o, como lo llamaban los antiguos alquimistas, la «semilla universal de la Tierra». Al igual que la semilla individual de la planta, contiene un tejido nutritivo que, al germinar en primavera, transmite al nuevo crecimiento el principio vegetal-general. Así como la semilla de la planta perece al germinar, así perece también la semilla universal, el humus. El principio rítmico del surgimiento y del perecer, inmanente a la esencia del órgano-diafragma del suelo, lo debe a los procesos metabólicos que actúan desde arriba.

Con la irrupción del invierno, el acontecer otoñal llega al reposo. El calor cede ante el frío, el aire se condensa, la humedad en él cristaliza en copos de nieve. El polo cefálico o de los sentidos de la Tierra se abre a las irradiaciones de la esfera de las estrellas fijas.[37] Unido a estas fuerzas que irradian desde el cosmos, el polo cefálico-silíceo actúa desde las profundidades de la Tierra hacia arriba, despierta en el órgano-diafragma del suelo procesos sensoriales y aporta al acontecer metabólico sobre la Tierra la muerte, parcialmente, a través de que los elementos Tierra, Agua, Aire y Calor se separan entre sí y pasan a una existencia aislada. El miembro rítmico y metabólico es compenetrado desde abajo por fuerzas de muerte. Muerte, sin embargo, significa que la espiritualidad que en el curso del año se había coagulado en la configuración del suelo fértil y de las plantas que aspiran hacia las alturas,

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queda libre. Desde las alturas más lejanas hacia abajo y desde las profundidades hacia arriba, la Tierra se espiritualiza. Así como la semilla individual de la planta y la semilla universal del humus transfieren al año venidero las fuerzas formativas impresas del año anterior, así también la espiritualidad liberada del semestre de invierno se incorpora al flujo de sustancia física que hace terrenal la vida ascendente en el semestre de verano.
En los meses de invierno, sobre todo en enero y febrero,[38] la vida sensorial en el órgano-diafragma del suelo del organismo agrícola se vuelve activa. Así como el ojo no reclama para sí las impresiones que recibe, tampoco lo hace el «sentido exterior en lo terrestre», la sílice. Esta transmite las radiaciones recibidas del cosmos a través de la arcilla, en «corriente cósmica ascendente»,[39] al crecimiento vegetal y lo hace solar. De otro modo actúa la cal, que se vuelve activa recién hacia la primavera: absorbe en sí las irradiaciones de retorno de la sílice. Así están en el suelo, en sucesión temporal, polarmente contrapuestas una naturaleza de los sentidos y una naturaleza de deseo e impulso. Mediando entre ambos polos se encuentran los minerales de arcilla que se derivan como producto de meteorización de los silicatos (entre ellos mica y feldespatos). Son, en forma de arcilla, el correlato mineral del humus. Los minerales de arcilla poseen una estructura cristalina laminar hexagonal tan delgada que, considerada geométricamente, aparece como la idea materializada del plano. En el entrehierro de estas láminas se adhieren, entre otros, los metales alcalinos y alcalinotérreos disociados, como potasio, calcio, magnesio, etc. En el curso de la meteorización, estos minerales interestratificados pasan progresivamente a solución. La arcilla se dilata por absorción de agua y, en sequía, se contrae de nuevo dejando grietas en el suelo. Por su estructura laminar, la arcilla posee, con respecto al crecimiento vegetal, una propiedad singular, a la vez terrestre y cósmica. Por un lado, liga las sustancias salinas-terrestres disueltas, como las mencionadas, y las conduce a las raíces de las plantas. Por otro lado, es el gran me-

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diador de las fuerzas formadoras de cristales de las alturas cósmicas, retroirradiadas por la sílice de cuarzo, hacia las plantas. A la vista de estas propiedades cósmico-terrestres, puede hallarse un acceso a la afirmación de Rudolf Steiner de que la arcilla posee la capacidad de arrebatar al cal las irradiaciones de retorno cósmicas que la mencionada naturaleza de deseo e impulso del cal intenta apropiarse.[40] El hecho de que precisamente la arcilla sea capaz de ligar a la estructura laminar silicatada, como minerales interestratificados, las sustancias disueltas de las rocas calcáreas y de las rocas afines a la caliza, puede iluminar esta indicación del investigador espiritual.

En la superación de su contrariedad, la arcilla y el humus tienden a unirse en el complejo arcillo-húmico. Son con ello los verdaderos portadores funcionales de la fertilidad del suelo que forma el centro. La arcilla es el dador de forma cósmico en el suelo, así como fisiológicamente el promotor de «la corriente cósmica ascendente» de abajo hacia arriba en el crecimiento vegetal. El humus es «el producto final de lo terrestre con lo terrestre»[41]. Genera un actuar sin luz.[42] Puede decirse: la arcilla media desde el «centro» y desde el invierno las fuerzas formativas de las alturas a las plantas; el humus, en cambio, las fuerzas de las profundidades, que dominan preferentemente durante el semestre de verano el acontecer sustancial en el suelo.

El órgano-diafragma del suelo es el órgano del centro en el organismo agrícola; repite año tras año el acontecer creacional de la evolución que sigue actuando desde el pasado. ¿Reside en este centro, convertido en «obra» presente entre las alturas y las profundidades, el germen de una metamorfosis de su devenir hacia el futuro? ¿Qué tarea corresponde en este giro a los seres humanos despertados a la conciencia del Yo?

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El principio del organismo en la agricultura de orientación antroposófica (biodinámica)

El «organismo en el crecimiento natural» designa el «oikos» estacional apenas o en nada tocado por mano humana. Esta «casa de la naturaleza» se concibe hoy como compuesta de territorios antiguamente formados por selvas vírgenes, estepas, desiertos o liberados del hielo. Aún esporádicamente hasta la Edad Media (¡la diosa Natura!), la humanidad vivió en épocas precristianas «la naturaleza como ser originario y abarcador [...] que abarca el cosmos con todos sus astros»[43]. Eran los pueblos nómadas de pastores, que vivían aún más soñando en plena espiritualidad de la naturaleza, así como el ser humano cazador y recolector, quien aprovechaba lo que la naturaleza daba. Bajo la guía de la sabiduría sacerdotal de los Misterios llegó el sedentarismo de la humanidad. Con el arado arañador surgió el primer paso de la puesta en cultivo del órgano-diafragma del suelo, así como el cultivo del cereal criado a partir de gramíneas (trigo, cebada), la transformación de hierbas silvestres en especies hortícolas y de rosáceas de crecimiento silvestre, sobre todo las arbóreas, en frutales, etc. Una serie de especies animales prosperaron bajo la mano del ser humano hasta convertirse en animales domésticos. Allí donde esto ocurrió, el «organismo en el crecimiento natural» se disolvió en una primera etapa de desarrollo en un organismo de cultivo creado por el ser humano. Este desarrollo se cumple ante todo en las grandes civilizaciones antiguas precristianas de Oriente.

Europa despertó solo con la llegada del cristianismo a una conciencia aún guiada espiritualmente del estar inmerso en una naturaleza selvática apenas tocada. Este despertar se cumplió como en un compás acelerado. Los bosques fueron talados en los dos grandes períodos de rozas del siglo VI/VII y del siglo XII, y en las superficies puestas en cultivo se reunieron las creaciones de plantas cultivadas y animales domésticos de las grandes civilizaciones antiguas precristianas. Esta herencia cultural

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aparece de nuevo en primera repetición sobre un nivel superior: del arado arañador surge el arado de vertedera, de las crianzas de la Antigüedad las variedades locales, de los animales domesticados las razas locales. El antiguo asentamiento disperso de caseríos se convirtió en aldea, con la iglesia como su punto central y el cerrado perímetro del término del pueblo. En el campesinado cristiano-occidental se cumplió una segunda gran metamorfosis hacia el organismo en gran medida cerrado en sí mismo del término del pueblo, y más tarde la de las granjas aisladas hacia la parroquia rural[44]. El cierre surgió mediante la integración y con ello la acción recíproca de la agricultura, la ganadería, la economía de praderas y pastizales, la horticultura, la fruticultura y la silvicultura.

El principio del organismo ha adoptado en la agricultura, con y a través del cristianismo, una nueva forma. Ha actuado como impulso cósmico-terrestre transformando paulatinamente al ser humano entero, su constitución corporal, anímica y espiritual. Esta transformación desencadenó una segunda metamorfosis y con ella un tercer paso en el desarrollo del principio del organismo. Este gran impulso ascendente en la configuración de la imagen del paisaje, que perduró a lo largo de toda la Edad Media y cuyo trágico declive continúa en el transcurso de la Modernidad hasta el presente, que lo ilustre el siguiente excurso histórico. Europa transformó su naturaleza salvaje en paisajes culturales que se articulaban en comunidades aldeanas, así como en parroquias rurales de tipo aldehuela y granjas de señorío. El desarrollo urbano comenzó más tarde, como prolongación de los palacios reales, cuando algunas comunidades aldeanas se convirtieron en mercados centrales.

Los impulsos que emanaron del cristianismo eran de triple naturaleza:

1. A través de la Edad Media y también de los tiempos posteriores discurrió, actuando silenciosamente en lo oculto, la corriente del «cristianismo esotérico», que enlazaba con el cristianismo originario y se volvía hacia el fondo cósmico primordial del Miste-

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rio del Gólgota. Se manifestó al principio en leyendas, cuentos, etc., en un lenguaje de imágenes, y luego de manera más concreta —por ejemplo en la corriente artúrica y del Grial— desde lo oculto hacia la luz de la existencia histórica exterior. Esto valió especialmente para la escuela de Chartres y para los innumerables lugares de culto de San Miguel. También la misión del monacato irlandés-escocés se nutrió de esta fuente, al igual que el sublime arte de los pintores Rafael, Grünewald y muchos otros.

2. A esta primera corriente se oponía la segunda, la corriente del cristianismo exotérico o petrino. Esta recibió su sello esencialmente de la cultura racionalista romana, así como de su temprano reconocimiento como religión del Estado por el emperador Constantino el Grande (280–337). Está rigurosamente articulada en forma jerárquica, se sitúa como poder espiritual entre los poderosos, sale al mundo con afán misionero, se crea con la institución de la Iglesia un lugar firmemente anclado, cultiva un culto esplendoroso accesible a todos los hombres, y se halla enredada en los asuntos mundanos.

3. En la compenetración y síntesis de ambas corrientes se desplegó desde la Alta Edad Media, entre ellas, un tercero: el «cristianismo popular», en una disposición interior profundamente espiritual y de hondo sentimiento. El sublime arte popular de la Alta Edad Media da de ello un testimonio multiforme. La población predominantemente campesina vivía y trabajaba desde la fuerza del despertar del Yo en una relación que percibía lo espiritual en la naturaleza y en el cosmos. El organismo de las comunidades aldeanas, configurado por manos humanas, con la iglesia como su punto central y en torno a ella la comunidad aldeana, así como su periferia, el tér-

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mino del pueblo, se convirtió en una obra de arte plasmada en la naturaleza.

El cristianismo popular, profundamente enraizado en lo popular, perduró de manera declinante hasta la Modernidad. Pero sus dos fuentes polares del espíritu perdieron su poder inspirador y sustentador. El cristianismo esotérico, que en el obrar social de la Orden del Temple volvió a florecer históricamente en el siglo XIII, actuó después de la violenta destrucción de esta, de manera oculta en círculos más reducidos, y volvió a manifestarse en el siglo XV y XVI en actividad exterior en la hermandad de la Rosacruz, así como en personalidades aisladas que obraban desde lo oculto, como Paracelso, Jacob Böhme, Angelus Silesius y otros.

Frente a esto, el cristianismo exotérico con sus instituciones llegó al pleno despliegue de su poder y se fue emancipando crecientemente del espíritu de su origen. Cabe mencionar dos síntomas que en este sentido inauguraron la Modernidad: por un lado, la destrucción de la Orden del Temple, mencionada más arriba, que obraba desde fuentes espirituales, a comienzos del siglo XIV; y por otro, la igualmente decretada por la Iglesia muerte en la hoguera de una verdadera representante del cristianismo popular, a saber, Juana de Arco (1410/12–1431).

El poder exotérico represivo de la Iglesia contra las tendencias heréticas continuó en el siglo XV con la Inquisición. Esta preparó, a comienzos del siglo XVI, la sublevación de los campesinos, las Guerras Campesinas de 1524/25, que se dirigieron contra la tutela absoluta de la Iglesia y la nobleza. Una señal de la impotencia de los campesinos fue su elevado tributo de sangre. Esta calamidad continuó a lo largo del siglo XVI en las guerras de religión de la Contrarreforma y culminó en el siglo XVII en las espantosas devastaciones de la Guerra de los Treinta Años. Estas afectaron sobre todo a la población campesina, la antigua portadora del cristianismo popular, así como al despoblamiento de los organismos aldeanos,

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sí, de paisajes enteros. El furor guerrero en nombre de Cristo ha golpeado a Europa Central en lo más hondo del corazón.

Con los impulsos de poder de un cristianismo exotérico que se malentendía a sí mismo de manera creciente, quedó sellado el destino del cristianismo popular, del alma racional-afectiva espiritualizada. En el siglo XVIII siguiente, el siglo de la Ilustración, lo heredado solo podía perpetuarse en la tradición, es decir, en una paulatina esclerosis. El derecho privado romano reemplazó los últimos vestigios del derecho de propiedad comunal germánico. La desintegración de la cohesión social en las comunidades aldeanas se aceleró en el siglo XIX. Lo esencial de la naturaleza hacía ya mucho tiempo que no hablaba a los seres humanos. La exigente necesidad de la naturaleza, su férrea legalidad, fue experimentada como determinación ajena en el trabajo y despertó la necesidad de libertad. Siguiendo este impulso, se fueron vaciando las fincas y aldeas en oleadas de emigración interior y exterior. Las ciencias naturales pusieron al ser humano frente a la naturaleza — un «acto de liberación»; lo convirtieron en espectador. Desde la conciencia del espectador se filtraron mentalmente del conjunto de la naturaleza las leyes físicas, se las tradujo a la construcción de máquinas y con estas, en los siglos XX y XXI, se racionalizó fuera de la agricultura a los seres humanos que aún actuaban moralmente involucrados.

La disposición interior que en la Edad Media, desde el espíritu del cristianismo popular, había ayudado al principio del organismo a cobrar existencia en un nivel superior configurando el paisaje, se ha hundido. En su lugar se instaló crecientemente el agnosticismo. La fuerza del alma racional-afectiva impregnada de Cristo, que en otro tiempo daba forma a integridades, está fragmentada interiormente y con ello también en sus acciones externas. Pero al mismo tiempo la humanidad ha adquirido, sobre la base de este proceso de muerte, la fuerza para el autoconocimiento y con ello la capacidad de poder reencontrar en sí misma, en libertad, la esencia del ser y el devenir cristiano.

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Lo perdido no puede ser restaurado desde los mismos impulsos de los que surgió. La humanidad ha avanzado más allá de esta fase de desarrollo. Ha despertado a la conciencia de sí y con ello a la libre autodeterminación hacia el futuro. Quien como agricultor busca una nueva relación con la tierra y el cosmos debe preguntarse, en primer lugar, cuáles son las condiciones que subyacen a la producción agrícola desde la naturaleza viva y animada, y en segundo lugar, qué medidas deben tomarse a partir de estas intuiciones, mediante las cuales puedan volver a convertirse en portadoras de cultura e inauguradoras de desarrollo de una nueva manera. La respuesta es: el agricultor debe esforzarse, en el autoconocimiento y en el conocimiento del mundo, por poner en movimiento todo su cosmos de ideas, a fin de aprehender de nuevo en el espíritu la universalidad del pensamiento del organismo; solo entonces podrá dejar que lo conocido se verifique a sí mismo en la transposición a la práctica, a través de la práctica, a través del hacer. La transposición significa el comienzo de una tercera metamorfosis, que necesariamente presupone, en cada refundación de una finca, la repetición de los pasos de desarrollo pasados en un nivel superior. En lugar de la iglesia como fuente de la acción moral aparece el Yo del ser humano, despertado en la conciencia de sí. Y en lugar del trabajo conducido en otro tiempo de manera instintivo-sapiencial dentro del término del pueblo aparece la mirada cognoscente de la esencia del suelo, de las plantas, los animales y el cosmos en el lugar dado. Con la tercera metamorfosis se lleva a cabo un renacimiento de la agricultura. Lo que en la antigua aldea se configuró como polaridad de punto (la iglesia) y periferia (el término del pueblo) —por así decirlo, desde fuera—, debe ser aprehendido ahora como impulso espiritual-anímico desde dentro. La imagen de la antigua comunidad aldeana debe ser elaborada ahora interiormente como configuración de forma plena de ideas. Se trata del conocimiento esencial del suelo, del centro rítmico entre las alturas y las profundidades y del modo de su cuidadosa labor en el curso del año; es el conocimiento esencial

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de las plantas cultivadas, de sus funciones orgánicas en el marco de la rotación de cultivos, así como de su siembra y cultivo posterior; es la comprensión más profunda del pervivir del «organismo agrícola», en la articulación de la superficie cultivada en setos, linderos de campo, matorral, bosques, árboles solitarios, sotos y cursos de agua. Además se trata del conocimiento esencial de la animalidad doméstica y de sus representantes, en particular del ganado vacuno, así como de la fauna silvestre, y aquí ante todo del conocimiento de los grupos animales vinculados a los cuatro elementos: los gusanos en la tierra, los peces en el agua, las aves en el aire y los insectos en el calor. Y finalmente se trata del conocimiento de las funciones orgánicas que, en su acción recíproca de dar y tomar, constituyen la totalidad de la «economía» interior del conjunto de la finca. Esta repetición en la reorientación de una finca es, ahora en plena consciencia, el tercer paso de la metamorfosis en el desarrollo del principio del organismo. El primer paso estuvo dentro del «organismo en el crecimiento natural» dado por la naturaleza; el segundo fue la creación cultural de pastores y agricultores en las grandes civilizaciones antiguas precristianas. Se metamorfoseó y se integró, tras el cambio de los tiempos, en las comunidades aldeanas campesino-cristianas. Tras la muerte cultural de estas, a más tardar a mediados del siglo XX, nos hallamos en el umbral del mencionado tercer paso de una metamorfosis. Todo lo que alguna vez se ha logrado como creación cultural agrícola debe ser repetido en la experiencia individual del Yo.

Como ejemplo entre muchos, sirva una excursión por las rotaciones de cultivos y, en particular, a la cuestión del laboreo del suelo:

La agricultura descansa sobre tres pilares: abonado, rotación de cultivos y laboreo del suelo. Desde los comienzos de la agricultura, el laboreo del suelo se realizó con el arado arañador y el azadón de punta. En el segundo paso de la metamorfosis aparecieron el arado de una o dos rejas con vertedera y la rastra;

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el azadón adoptó diversas formas según el trabajo a realizar. En el transcurso de la era industrial se añadieron el arado de mayor profundidad de trabajo, el arado descortezador, la rastra pesada, el cultivador y la rastra de púas flexible, así como los aperos accionados por toma de fuerza. Los animales domésticos —el caballo, la vaca, el buey, el asno— fueron en un principio los animales de tiro. Con este equipamiento en el segundo paso de la metamorfosis, el organismo agrícola se desarrolló hasta alcanzar una autarquía casi perfecta. La sostenibilidad de la fertilidad del suelo quedaba garantizada mediante el abonado procedente de la cabaña ganadera propia y la rotación de cultivos del sistema de tres hojas.

En el curso de los crecientes procedimientos de producción industrial surgió en la agricultura el monocultivo, y socialmente tuvo lugar el éxodo desde el terruño natal. Las máquinas de tracción fueron haciéndose cada vez más potentes, los aperos más anchos y técnicamente más refinados, los arados más profundos y dotados de una banda de tierra de corrimiento cada vez más ancha por reja; el control químico de las malas hierbas hizo desaparecer la rastra de púas flexibles y el azadón. La sostenibilidad de la fertilidad del suelo y un laboreo del suelo coordinado con ella han dejado de ser necesarios a causa del abonado anual con sales minerales. El segundo estadio de la formación del organismo surgido del cristianismo ha muerto y es llevado definitivamente a la tumba por la electrónica de control y regulación.

La respuesta a la muerte cultural de la segunda metamorfosis del principio del organismo la dio Rudolf Steiner hace cien años, en 1924, con el «Curso de agricultura». Este inauguró, como se mencionó, una tercera metamorfosis. Solo más tarde, en la segunda mitad del siglo XX, creció, con independencia de esta inauguración, la conciencia ecológica general. Con exclusividad —y esto vale también para la agricultura biodinámica— se ha dirigido la atención de manera unilateral hacia el humus como portador de la fertilidad del suelo, sin atender al mismo tiempo a los procesos de los minerales arcillosos cristalinos.

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El laboreo del humus

El humus está sujeto, desde la primavera hasta casi el verano, a procesos de descomposición; se produce una pérdida de humus. Desde finales del verano hasta el otoño, en cambio, pasan a primer plano los procesos de formación del humus, que compensan la pérdida. Durante el invierno reina la quietud en cuanto a los procesos.

En primavera debería reposar el trabajo con el arado y el cultivador, a no ser que se trate de la rotura de un cultivo de cobertura invernal (mezcla de Landsberg, veza-centeno) para la siembra de cultivos sucesores de rápido crecimiento (nabos forrajeros, hortalizas de campo). Para la primavera vale el cuidadoso «laboreo de la piel del suelo», el pase de rastra deshierbadora sobre los cultivos de invierno y de primavera, así como la preparación del lecho de siembra para los frutos estivales con rastra y rulo desterronador. A la siembra le precede temporalmente un segundo pase de rastra para combatir las malas hierbas en germinación. Tras la nascencia, después de cada aguacero es necesaria una rotura de la costra superficial con rastra de red o de dientes flexibles, eventualmente una escardadora mecánica hasta el encañado del cereal. Sirve para la aireación del suelo y la eliminación de las malas hierbas.

En verano continúa el laboreo de la piel del suelo en los cultivos de escarda hasta el cierre de las hileras. En el cultivo de cereales, directamente después de la cosecha y la retirada de la paja, tiene lugar la rotura del rastrojo, un laboreo de mulch mezclador que alcanza hasta la profundidad de tempero (aprox. 8 cm). Con este laboreo y una siembra de abono verde se produce el giro del desgaste del humus hacia la formación del humus y con ello la apertura del suelo frente al obrar de las fuerzas de las profundidades terrestres en otoño e invierno.

A finales del verano y en otoño es el tiempo de la aplicación del estiércol maduro de establo profundo y de los compost mediante un incorporado superficial con el arado. El efecto de mezcla del cultivador es demasiado escaso. El cultivador es útil tras cultivos de escarda de recolección temprana (patatas) y suelo suelto, friable y seco. Con cultivos de escarda de recolección tardía y suelo muy transitado y excesivamente húmedo, solo puede considerarse una labor de otoño-invierno para la siembra tardía

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de los cultivos de invierno o para la siembra primaveral de los cultivos de primavera. Un abono verde de posrecolección rico en raíces favorece la vida de los gusanos en el suelo, constructora del humus. Desde finales del verano hasta finales del otoño madura el humus hasta convertirse en el complejo arcillo-húmico.

El laboreo de la arcilla

En invierno, o a finales del otoño, puede realizarse sin hesitación la labor de invierno, un laboreo profundo con volteo (hasta 20 cm). En este tiempo toda la vida del suelo ha pasado ya al estado de reposo invernal, así también la «semilla universal» humus, a la forma del humus estable. En este, durante el invierno, se elabora en retrospectiva el curso del año precedente y se prepara el venidero. La mano laboriosa del ser humano reposa. El lejano cielo de las estrellas fijas del macrocosmos, en conjunción con la helada duradera, labra ahora el suelo, el centro de las alturas y las profundidades. «Cuando enero llega a su fin, las sustancias minerales de la Tierra tienen el mayor anhelo [...] de volverse cristalinas y puras en la economía de la naturaleza.»[45]

El laboreo con el arado

Al laboreo del suelo le incumbe la tarea de orientar, en beneficio de una fertilidad duradera autóctona del suelo, ambos procesos en el curso del año: la dinámica del humus y la dinámica cuarzo-arcilla. Para este fin, el arado mantiene inalterada su posición de supremacía frente al cultivador o cualquier apero accionado por toma de fuerza. El cultivador afloja bien con una suela de deslizamiento distribuida, pero no mezcla, o no lo suficiente, sobre todo en sentido vertical. En condiciones de humedad genera terrones comprimidos en el perfil superior del suelo que en la

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primavera siguiente apenas logran descomponerse en una estructura migajosa, o lo hacen demasiado tarde. Lo que con el cultivador pesado de vertedera aporcadora se ha ido imponiendo en algunos lugares es la formación de caballones. El abono verde de posrecolección sembrado sobre ellos, así como la cubierta de malas hierbas, deben mantener el proceso del humus lo más vivo posible a lo largo del invierno. Las bases de los caballones, parcialmente desprovistas de su cobertura húmica, permanecen húmedas por ascenso capilar del agua y se compactan de manera permanente con cada laboreo posterior. Un control mecánico de las malas hierbas resulta muy limitado tanto en la base del caballón (demasiado húmeda) como en la cumbrera (más seca, con migas que se desgranan), y solo es practicable con una escardadora de precisión en las hileras de cultivo; el pase de rastra deshierbadora queda prácticamente excluido. Se manifiesta una tendencia a la infestación progresiva de malas hierbas y, especialmente en el perfil del suelo, a la formación de un lecho de siembra atravesado por terrones. La consecuencia es que los cultivos de escarda, considerados en general como cultivos limpiadores en la rotación, tienden ahora a multiplicar las malas hierbas.
De manera opuesta al laboreo exclusivo con cultivador se comporta el arado. Este está al servicio del cuidado del humus, como el arado descortezador que, pasando superficialmente por debajo de la capa migajosa y bien trabajada en la labor de rastrojo, la recorre en toda su extensión y, por medio de una vertedera de inclinación más pronunciada, corta, desmenuza, voltea, sacude y deposita el prisma de tierra aperturado, mezclando el rastrojo. Visto desde arriba, desde el polo metabólico, este es un primer paso de caotización que inicia la formación del humus en el curso del año. Un segundo paso de caotización es el surco de siembra más profundo (aprox. 17 cm), destinado a los cultivos de invierno — principalmente centeno y cebada — que aún se ahijan en el preinvierno. El tercer y propiamente dicho paso de caotización lo aporta la labor de invierno más profunda (18-20 cm). Esta caotiza el suelo construido en capas vivas a lo largo del curso del año y lo abre a las fuerzas invernales formadoras de cristales. Bien puede llamarse también a la labor de invierno «el laboreo de la arcilla». Las partículas de arcilla desplazadas hacia el subsuelo por las lluvias torrenciales del semestre de verano son devueltas,

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en complemento al trabajo de los gusanos de tierra, a la superficie, al suelo superior metabólicamente activo. La cubierta de nieve que se extiende sobre la labor de invierno es la imagen sensible de las fuerzas del cosmos de las estrellas fijas que irradian hacia las profundidades terrestres, hacia el sustrato silicatado.

El verdadero significado del trabajo con el arado debe ser redescubierto. El arado, construido y empleado de manera apropiada, es el apero central de todo el laboreo del suelo. Como ningún otro apero, es el plástico formativo del suelo-órgano-diafragma bajo las fuerzas de las alturas y las profundidades. El problema principal del trabajo con el arado es la potencia de trabajo exigida. Esta requiere una elevada capacidad de tracción, una amplia huella de los neumáticos y un peso propio correspondientemente alto del tractor. La elevada potencia de trabajo consume mucha energía. Exige, con una profundidad de labranza al mismo tiempo pretendidamente mayor, un corte sobredimensionado del prisma de tierra, una mayor número de cuerpos y vertederas alargadas y de grandes dimensiones. La necesidad de reconducir el trabajo con el arado a la medida adecuada al suelo es algo a lo que intentan dar respuesta algunos fabricantes más recientes de arados.

Estos permiten una profundidad de labranza regulable de 12 a 18 cm, una anchura de corte más estrecha y ajustable, y disponen, con vistas a una mezcla y deposición bien ejecutadas, de una vertedera relativamente corta y de pendiente pronunciada.

El trabajo con el arado crea una profundidad uniforme, una capa de mullido planonívelada, en cuyos macroporos y microporos pueden penetrar de manera homogénea el calor, el aire y el agua de lluvia. En el límite con el subsuelo se interrumpe la capilaridad —también como consecuencia del desplazamiento del prisma de tierra—. Como resultado de ello, el suelo se calienta más rápidamente en primavera, de modo que las malas hierbas germinan antes del pase de siembra. El arado, con un subsolador-compactador que avanza lateralmente junto a él, sitúa el suelo en el estado adecuado para las siembras de otoño; la rastra-rodillo estrellada como seguidora del arado prepara el suelo para las siembras de primavera. Con ello puede comenzar temprano en la primavera el

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laboreo de la piel del suelo (2–3 cm de profundidad) con rastra, rastra de púas flexibles y azada. El pase de rastra deshierbadora sirve —en lo posible tras cada aguacero, hasta el encañado del cereal— para la rotura de la costra superficial, la aireación, la reducción de la evaporación y el control de las malas hierbas. En los cultivos de escarda, esto se prolonga hasta el cierre de las hileras.

Solo el laboreo con el arado efectuado de manera adecuada y en el momento oportuno conduce a un laboreo sucesivo de la siembra, a un cuidado que puede reclamar ser un arte del cultivo de la tierra. El presupuesto para ello es que se observe y se mueva con el pensamiento la suma de fenómenos espacio-temporales que el suelo muestra en el curso del año y en relación con los cultivos. Si se sigue este camino con el rigor exigido, el arte del laboreo del suelo no puede nunca ni degenerar en ideología ni caer en la rutina. Repite conscientemente en un nivel superior lo que, de manera artístico-instintiva, fue práctica en la agricultura cristiano-occidental.

El organismo como cuerpo de la individualidad agrícola

Abarca las descritas alturas y profundidades del polo metabólico y del polo cefálico, así como la zona de interpenetración de ambos: el suelo como órgano-diafragma. El laboreo y el cuidado del suelo —la zona media entre cosmos y tierra— es el campo de acción de la agricultura. En el suelo y a través de él se hace aparente lo que en él mismo, lo que en las fuerzas de las alturas y las profundidades vive oculto. Lo que aparece es, según el lugar, creación ligada a la tierra: el fundamento de existencia para la planta, el animal y el ser humano; es el «organismo en el crecimiento natural», tantas veces mencionado. La contribución que aporta la agricultura consiste en orientar y conducir las condiciones operantes del pasado de tal modo que del mero ser natural surja un lugar de implantación de la cultura. Un

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tal lugar ha surgido a lo largo de milenios, mediante el trabajo humano guiado por el espíritu, en la forma del suelo cultivado, las plantas cultivadas y los animales de cultura o domésticos. Fue el espíritu y el trabajo del ser humano lo que condujo la creación dada por la naturaleza un paso más allá de sí misma. De ello surgió la primera gran metamorfosis del ser natural en las épocas de las grandes civilizaciones antiguas precristianas, ante todo las del Oriente. La segunda metamorfosis se cumplió, como se ha mencionado, bajo la influencia del cristianismo. Todos los elementos de la agricultura —el cultivo de la tierra, la ganadería, la economía de praderas y pastizales, la horticultura, la fruticultura y la silvicultura— fueron puestos en relación entre sí en proporciones mesuradas: de este modo el suelo cultivado fue elevado al nivel superior de la fertilidad duradera autóctona del suelo. Con el «Curso de agricultura» de Rudolf Steiner se inicia una tercera metamorfosis del principio del organismo. Este curso se edifica sobre la repetición de los estadios de formación de la agricultura pre y poscristiana. Sobre estos fundamentos nacidos de la investigación espiritual está puesto el germen, cuyo despliegue, a través del espíritu, el corazón y la mano del agricultor, eleva al organismo agrícola a portador de una espiritualidad de carácter esencial que actúa desde el futuro. La misma espiritualidad vive en el ser humano como el Yo. Es su núcleo esencial del ser el que convierte al propio organismo corpóreo en un recipiente de encarnación.
La investigación espiritual de Rudolf Steiner indica el camino para llevar a efecto esta metamorfosis hacia el futuro. Pero para ello, la herencia cultural del pasado debe ser repetida en el estadio presente de desarrollo de la «Bewusstseinsseele». Los pasos de la repetición son, resumidos una vez más, los siguientes.

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I La repetición del «organismo en el crecimiento natural»:

a) El establecimiento de setos, arboledas en los campos, avenidas de árboles, bosques mixtos, franjas florales, linderos de los campos, estanques

b) La conservación de praderas húmedas, riberas inundables, turberas, etc.

1.ª metamorfosis

II La repetición de las conquistas culturales de las grandes civilizaciones antiguas precristianas de Oriente

a) La creación fitogenética de nuevas plantas cultivadas a partir de gramíneas silvestres —convirtiéndolas en cereales— y de hierbas silvestres —convirtiéndolas en hortalizas—, a partir de leñosas silvestres, bayas y árboles frutales de tronco, así como el desarrollo ulterior de variedades de semilla fija y adaptadas al lugar a partir de la antigua herencia cultural

b) El laboreo del suelo con azada de punta y arado arañador, y más tarde con el arado volteador y la rastra

c) La transformación físico-anímica de formas animales silvestres en animales gregarios vinculados al ser humano, así como el desarrollo ulterior y la diversidad de razas

d) La irrigación por inundación mediante sistemas de canales y zanjas, y el riego por surcos

e) Abonado mediante sedimentos de crecidas

f) Convivencia laxa entre el cultivo de la tierra, la ganadería, las zonas de pastoreo, la horticultura, la fruticultura y el bosque

2.ª metamorfosis

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III La repetición de la herencia cultural de la época poscristiana, en particular desde el fin de las grandes migraciones de pueblos.

a) Integración del cultivo de la tierra, la ganadería, la economía de praderas y pastizales, la arboricultura frutal y la silvicultura en una acción recíproca mesurada, así como la gestión de las aguas

b) Las comunidades aldeanas y las granjas de tenencia feudal y caseríos como organismos de cultivo cerrados

c) La domesticación animal en estabulación; pastores trashumantes, pastos comunales y forestales pertenecientes a los términos del pueblo, pastizales comunitarios en tierras en barbecho

d) Alimentación: en verano pastoreo, pastoreo en campo y bosque; en invierno heno de pradera, paja, remolachas

e) Cultivo de la tierra: trinidad de:

Laboreo del suelo: arado descortezador, arado, rastra, y más tarde rastra de púas flexibles; variación de aperos de mano

Rotación de cultivos: sistema de tres hojas: cultivo de invierno, cultivo de primavera, barbecho; o alternancia de praderas y tierras de labor; más tarde siembra del barbecho (trébol-gramíneas)

Abonado: encalado con marga, estiércol de establo, purín, compostaje en la horticultura y el cultivo de frutos de baya

f) Fitogenética: las llamadas variedades locales vinculadas al paisaje, reproducción propia con ocasional intercambio regional de semillas. Por último, comienzo del mejoramiento por cruzamiento y selección

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g) Régimen hídrico: desecación de extensas zonas de bosque pantanoso, regulación de los niveles freáticos

h) Regulación de cursos fluviales mediante azudes (molinos, diques, praderas en zonas de inundación)

i) Irrigación: sistemas de zanjas con riego de ladera por desbordamiento, prados abombados

Sigue una 3.ª Metamorfosis hacia el futuro

Estos tres grandes pasos culturales de la agricultura forman la base de una tercera metamorfosis. El dador de impulso de la misma es la ciencia espiritual antroposófica de Rudolf Steiner, la mencionada conocimiento esencial del hombre y del mundo. A través de ella, cada gesto cotidiano adquiere peso espiritual-moral. Ya no se palpa en la oscuridad; se ve ante sí un camino de conocimiento por el cual se reconoce que los campos de actividad arriba mencionados quedan fundados de nuevo, como en espíritu, y con ello se divisa ante sí un camino de desarrollo de la agricultura que, en lo presente, enlaza lo futuro con lo pasado. Esta fuerza transformadora subyace a todas las medidas tratadas en el «Curso de agricultura» que apuntan a configurar el organismo de la explotación agrícola como el cuerpo de una «individualidad que se llena de ser».[46]

El punto de partida para poner en obra esta tercera metamorfosis del desarrollo del organismo es, física, anímica y espiritualmente, el ser humano. El conocimiento del espíritu conduce a un trabajo que se dirige al «órgano-diafragma», el suelo, y a través de él actúa hacia abajo en el polo cefálico y actúa hacia arriba en el «vientre» de la agricultura. El suelo, en su naturaleza mineral, es «obra» del pasado, y lo mismo el obrar de las fuerzas de «lo alto y lo profundo». Las

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inspiraciones de la ciencia del espíritu de Rudolf Steiner apuntan, mediante una fertilización de nuevo cuño, a capacitar al «centro» para que sea activo por iniciativa propia y se haga siervos los fuerzas de las alturas y las profundidades. Con esta «plenitud de ser del centro» se desvela el secreto del abonado: se trata de «la vivificación de lo sólido, lo terroso en sí mismo»,[47] la restitución y transformación de la materia inorgánico-muerta al estado vivo.

La agricultura impulsada por la ciencia espiritual antroposófica añade a los campos de trabajo arriba mencionados, prefigurados desde el pasado, un campo de trabajo nuevo que los transforma. Es el extenso campo del trato con los llamados preparados biodinámicos, su elaboración y aplicación. Constituye el núcleo de la agricultura de orientación antroposófica. Este núcleo no puede ser pensado con suficiente amplitud ni profundidad en su esencia y significado. La obtención de los preparados se lleva a cabo en la medida de lo posible dentro del organismo de la finca dado; su eficacia, la vivificación del «centro» hacia la actividad propia, es «plena de ser». Lo que importa para alcanzar este fin es «el trabajo incondicional».[48] Cabe entender este llamado de tal manera que la comunidad de iniciativa de la granja se entrega, pensando, sintiendo y queriendo, a la tarea de elevar el ser separado y polar en los reinos de la naturaleza hacia síntesis más elevadas. Lo que con ello se quiere decir deberá aclararse en lo que sigue.

Un aspecto metodológico respecto a la elaboración de los preparados

El modo de elaboración de los preparados y de su aplicación apunta a la vivificación del mundo de las sustancias anorgánico-muertas y a la apertura de la planta hacia sus miembros constitutivos superiores, aquellos que tienen su morada en el cosmos. El camino

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metodológico para llevar esto a cabo se realiza mediante procesos de inversión. Un exterior sensible es invertido en un interior que actúa suprasensiblemente. Por ejemplo, el estiércol fresco de vaca — y en otro caso harina de cuarzo — es introducido en la cavidad interior de un cuerno de vaca. El cuerno de vaca, siendo él mismo un exterior, sirvió en su conexión con la vaca a un proceso interior, al retener y devolver hacia el polo digestivo la corriente arterial de sangre que fluye desde el corazón hacia la cabeza. Como exterior, como órgano separado de la vaca, este cuerno se convierte nuevamente en un interior al ser enterrado en la tierra invernal (preparado de cuerno y estiércol) o en la tierra estival (preparado de sílice de cuerno). Como ejemplo adicional en representación de los preparados de compost, consideremos el proceso de inversión en la elaboración del preparado de diente de león. Las flores del diente de león — la revelación más elevada y orientada hacia el exterior del ser de la planta — son envueltas por todos lados con la membrana del mesenterio de una vaca (peritoneo). Un exterior que era tal se convierte en un interior. El peritoneo mismo era en la vaca un órgano interior activo; ahora, invertido, es una membrana envolvente exterior. Con su contenido floral se convierte, en una intensificación ulterior, nuevamente en un interior, al ser enterrado en otoño en la tierra y quedar allí expuesto, en tierra húmeda, a las fuerzas cósmicas invernales. Esta es la indicación de actuación de Rudolf Steiner en el «Curso de agricultura». Se ha ido imponiendo cada vez más, siguiendo metodológicamente el ejemplo del preparado de milenrama y una anotación de Rudolf Steiner interpretable en este sentido en sus notas («colgar los intestinos»[49]), colgar también el preparado de diente de león en verano al aire y al calor, exponiéndolo a los efectos cósmicos.
En el acontecer de la preparación tienen lugar procesos de inversión espacio-temporales de carácter polar. Surgen relaciones y transformaciones de sustancias de un nuevo orden, como resultado de la compenetración recíproca — en términos de fuerzas — de formas y sustancias de procedencia física, vivificada y animada anímica.

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La animación anímica del organismo agrícola, una actividad plástico-artística

Así como la técnica convencional tiene por fundamento las ciencias naturales, la física y la química y con ello las leyes de la naturaleza físico-anorgánica, la elaboración de los preparados biodinámicos proviene de una suerte de técnica de la ciencia espiritual antroposófica, del conocimiento esencial de la naturaleza física, vivificada y animada anímica. Su elaboración está ligada temporalmente al curso del año, a los tiempos en torno a Pascua y San Miguel. Antes o después de cada uno de estos momentos se agrupan las actividades preparatorias más diversas y las propias de la aplicación.

Los preparativos estacionales

Durante el invierno se tritura el cuarzo y el feldespato ortoclasa — un proceso de caotización — y se muele a través de tamices en harina de sílice finísima, que luego se introduce en cuernos de vaca en tiempo de Pascua. En esa misma época, en abril, florece el diente de león en prados y pastizales: sus flores se recogen y o bien se preparan directamente y se cuelgan durante el verano siguiente, o bien se secan al aire y, conforme a la indicación de Rudolf Steiner en el «Curso de agricultura», se entregan a la tierra invernal recién en otoño. En mayo se corta el brote de ortiga que ha alcanzado la floración, se pica y se entierra de inmediato en esta forma en un lugar del establecimiento agrícola elegido con anticipación. Sin envoltura de órgano animal alguna, el paquete de ortiga permanece enterrado en la tierra durante un año entero. En junio sigue la recolección de las flores de la manzanilla verdadera; se la encuentra en los márgenes de los caminos o en las cabeceras luminosas de los campos de cereales. Las flores se secan al aire y se conservan hasta la preparación otoñal. A principios de julio florece la valeriana. Se la halla en las zonas de ribera,

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en los afloramientos de agua de ladera y en los linderos del bosque. Sus inflorescencias se cosechan y se prensan de inmediato. El jugo aromático, rico en aceites esenciales, se envasa en botellas y se conserva en esta forma hasta su aplicación. A mediados y finales de julio se recogen en prados y pastizales las umbelas florales pequeñas, blanco-rosadas y radiantes, de la milenrama; se cortan las florecillas individuales, se secan y se conservan hasta la posterior preparación en primavera. En ese mismo tiempo el cola de caballo de campo está maduro para la cosecha. Los brotes se recogen, se secan y, entre otoño y primavera, se aplican sobre los suelos en forma de té. En agosto y septiembre llega el momento de raspar con el sacabocados la corteza (Borke) de robles más viejos y triturar la masa de corteza hasta obtener un estado desmenuzable. La práctica que aquí y allá se ejerce de pelar la corteza viva de robles más jóvenes por encima del cámbium (curtido de roble) se basa, a mi entender, en un malentendido.[50] Inmediatamente para San Miguel, el 29 de septiembre, se recogen boñigas de vaca bien formadas y frescas, preferiblemente del pastoreo otoñal, para rellenar los cuernos de vaca.

A lo largo de todo el semestre de verano se tiene así la oportunidad de, con la misma detenimiento con que se presta atención al cultivo de las plantas cultivadas y a la tenencia de los animales domésticos, entregarse cognitivamente a la esencia de la flora de plantas silvestres que de ordinario solo se percibe de paso.

La elección de las envolturas de órganos animales no obedece, como tampoco la elección de las plantas de los preparados, a una motivación exterior dada por la naturaleza. Está fundamentada en la ciencia espiritual. Su preparación requiere igualmente una conciencia anticipatoria del acontecer de los preparados en el curso del año. Así, en cada sacrificio de una vaca hay que velar por la recuperación de los cuernos de vaca y, en particular, porque los cuernos se separen cuidadosamente del cráneo y del nódulo óseo sin sufrir daño alguno. A este respecto, en la medida de lo posible, es recomendable una supervisión personal del sacrificio.

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En los mataderos industriales esto ya no es posible. Lo mismo vale para la obtención de los demás órganos-envoltura de la vaca. Para atender la mayor demanda de cuernos de vaca — también con el fin de garantizar su sustitución tras unos tres años de uso —, es aconsejable buscar la colaboración con un matadero regional. Los pocos cuernos que se necesitan para la elaboración del preparado de sílice de cuerno deberían tomarse preferiblemente del propio rebaño de la finca.

A excepción de las vejigas de ciervo del animal macho, todas las envolturas de órganos proceden de los animales domésticos, principalmente de la vaca. Las vejigas de ciervo para la elaboración del preparado de milenrama las suministran los cazadores en la temporada de caza. Las vejigas deben secarse, conservarse y humedecerse antes de su uso en primavera. Para la obtención de las restantes envolturas de órganos — intestino delgado y peritoneo —, estos deberían tomarse en lo posible de una vaca sacrificada inmediatamente antes de la preparación. En los sacrificios en la propia finca también se obtienen los cráneos de vaca que, al igual que los de otros animales domésticos (caballo, oveja, cabra), pueden utilizarse para la preparación de la corteza de roble.

La comprensión del uso de las envolturas de órganos de la vaca procedentes del propio rebaño puede aprofundizarse cuando se intenta formarse primero una imagen de la función de estos órganos en el animal vivo previsto para el sacrificio en otoño. A continuación, puede ponerse ante el alma la imagen polar: qué función cumplen entonces las envolturas de órganos cuando, durante medio año o el año entero, quedan expuestas en los elementos de lo terrestre a las fuerzas de radiación del cosmos.

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La preparación, un acontecimiento de Pascua y San Miguel

Los puntos nodales del año en la elaboración de los preparados son Pascua y San Miguel. El primero va unido al estado de ánimo del año ascendente; el segundo, al del comienzo del año descendente. En tiempo de Pascua se desentierran los preparados que han invernado en el suelo: el preparado de cuerno y estiércol, así como el preparado de manzanilla, de ortiga, de corteza de roble y de diente de león. Se conservan en la bodega de los preparados dentro de vasijas de arcilla revestidas de turba. Al mismo tiempo se entierran los cuernos de vaca rellenos de harina de sílice en la tierra estival, y el preparado de ortiga recién picada durante todo un año, es decir, a lo largo de las cuatro estaciones.

En San Miguel se elaboran todos aquellos preparados que quedan expuestos al proceso cósmico invernal en el suelo: el gran número de cuernos rellenos de estiércol de vaca, así como el preparado de milenrama, de manzanilla, de corteza de roble y de diente de león.

Es un programa rico, que — meditando la propia actividad con libertad y apertura anímica en el pensar y en el sentir — convierte estos dos puntos nodales de primavera y otoño en tiempos de fiesta susceptibles de ser vividos de nuevo. Quiero destacar dos aspectos al respecto.

El aspecto esotérico-suprasensible de una nueva cultura agraria

En cada paso del trabajo con los preparados subyace una indicación para la acción surgida de la investigación espiritual. Los fenómenos del mundo mediados por los sentidos se experimentan como objetos y se aprehenden mediante el pensamiento. En cuanto objetos, están espacialmente separados unos de otros; son configuraciones formadas, concluidas en su estado respectivo, sin importar si se trata de un huevo, una oruga, una crisálida o una mariposa. El

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trabajo con los preparados es, sin embargo, de tal índole que a través de manos humanas se introducen en el contexto natural fuerzas que, desde el «interior» de la naturaleza, actúan transformadoramente sobre lo devenido. Este trabajo despierta un sentimiento que gana en seguridad cuanto más se experimenta uno mismo como el agente que actúa desde el espíritu, cuanto más se eleva uno a la conciencia de que la fuente creadora es el propio núcleo esencial del Yo. La labor de éste es, como ya se ha indicado, de índole doble: por una parte, el espíritu del hombre, su Yo, trabaja durante la existencia terrestre transformando y ennobleciendo los miembros constitutivos formadores del cuerpo; por otra parte, forma la Tierra o la reconfigura a su arbitrio mediante su genio técnico inventor.

El Yo trabaja de modo más avanzado en el cuerpo anímico. Éste lo tiene el hombre en común con el animal. Hace conscientes las percepciones sensoriales. A través de la actividad del Yo — que los animales no poseen —, el contenido del alma se vuelve permanente, se vuelve recordable. La pura espiritualidad del Yo compenetra el cuerpo anímico. El obrar del Yo está orientado a ampliar el alma hacia el espíritu, a disolverla de la atadura al cuerpo, a anverwandlarla al Yo. Así, el Yo es en el obrar terrestre del hombre el gran innovador y dador de impulso para el desarrollo del hombre y de la Tierra.

Pero el Yo no trabaja únicamente en el cuerpo anímico, sino que compenetra también el cuerpo etérico, que el hombre tiene en común con todo lo vegetal. En este miembro constitutivo se crea una organización del Yo cuyos efectos se manifiestan desde profundidades inconscientes del cuerpo — por ejemplo en los temperamentos, en los rasgos del carácter y en la capacidad de formar pensamientos. La fuerza del Yo en el cuerpo etérico trabaja en éste y lo reconfigura hacia una aptitud espiritual cada vez más elevada.

También el cuerpo físico, en el que imperan las leyes de la naturaleza mineral-anorgánica, es compenetrado por el Yo con

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una organización del Yo. Ésta se manifiesta, por ejemplo, en el modo en que las leyes físicas están constituidas con sabiduría en los órganos sensoriales: el ojo, el oído, etc. Más aún: la integridad física del organismo humano es una imagen del Yo del hombre que lo constituye.

El aspecto exotérico-histórico en la repetición de las antiguas culturas agrarias

Dejemos de lado el aprovechamiento de los recursos de la Tierra mediante el genio técnico-inventor del hombre. Este aprovechamiento es finito, genera bienes de consumo y produce desechos ajenos a la naturaleza. Desde tiempos prehistóricos, el hombre forma la Tierra a través de su trabajo. Este trabajo era conducido desde los centros de sabiduría de los antiguos Misterios. Los hombres recibían sus orientaciones a través de sacerdotes iniciados. Este bien de sabiduría, que contenía en sí el germen de la formación del organismo, se heredó de manera onírica, en una especie de conciencia imaginal, tras el declive de los Misterios. Solo con el avance del Cristianismo, es decir, con el despertar del Yo en el alma, surgió el trabajo querido por el Yo y conducido por el Yo, y con él, sobre todo en Europa, la paulatina configuración del principio del organismo en la agricultura como imagen refleja del despertar del Yo de los hombres. La comunidad aldeana campesina se desarrolló hacia una socialidad anímica cada vez mayor, con la iglesia como centro de la vida comunitaria y, en su periferia, un entorno agrícola: el término del pueblo. El Cristianismo, como detonante del despertar del Yo, estuvo en el punto de partida del desarrollo hacia el organismo agrícola «cerrado en sí mismo» en gran medida. Lo que en su día fueron los Misterios y, en el período postcristiano, el significado de la iglesia como dador de impulso y centro, será en adelante el Yo que pugna por su conciencia de sí, será la comunidad que aspira al espíritu.

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El principio del organismo agrícola occidental fue la síntesis de todas las condiciones naturales propias del lugar y de todos los bienes culturales de la agricultura heredados de la época precristiana: el cultivo de la tierra, la ganadería, la horticultura, la fruticultura, la silvicultura, así como la economía de praderas, de pastizales y de aguas. Todos estos elementos mantenían entre sí, según las condiciones del lugar, una relación recíproca mesurada y crearon la imagen del paisaje cultural articulada en organismos aldeanos.

Esta obra de arte del paisaje cultural de la agricultura cristiano-occidental se repite, como ya se ha indicado, en metamorfosis como organización empresarial fundamental en cada refundación de una finca desde el espíritu de la Antroposofía. Lo que en su día fue creado desde la fuerza del alma racional-afectiva atravesada por el Cristo, debe en adelante ser fundado de nuevo desde el despertar del Yo en la conciencia de sí. De eso se ocupa, de manera abstracta y sin una base ideativa más profunda, la «agricultura biológica».

La recíproca ordenación mesurada, conducida por el Yo, y la compenetración de los órganos mencionados del organismo agrícola constituyen el fundamento. Sobre éste puede crecer, en una práctica portada por las ideas, la comprensión de que a la elaboración y a la eficacia de los preparados biodinámicos subyace, en un sentido muy superior, el principio cristiano de compenetración. En él se expresa la actividad de la entidad del Yo del hombre.

El principio de compenetración ilustrado con el preparado de milenrama

Rudolf Steiner describe la milenrama (Achillea millefolium) como «una obra maravillosa del todo singular»[51]. La describe de tal manera que ninguna otra especie vegetal domina como ella el proceso del azufre (Sulphur) y, en conexión con éste, el proceso del potasio (Sal). Aquí llevaría demasiado lejos describir el

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aspecto morfológico y fisiológico de la milenrama, tal como en cada fase de su crecimiento se vive manifestándose en ella una polaridad cósmico-terrestre de la relación entre azufre y potasio.[52] En la raíz, esta relación está todavía dominada por el proceso del potasio-sal; en los tallos y en los suculentos, así como en la lámina foliar finamente articulada que se disuelve en puntas de flecha, esta relación entre materia y forma entra en equilibrio. Esto se manifiesta en el estancamiento de los jugos inducido por el potasio, en el cual se realiza la formación de proteínas en las hojas. En la flor termina el crecimiento de la planta. Ésta no puede crecer superándose a sí misma en una elevación ulterior. Florece, y ya al cabo de breve tiempo se marchita. El acontecer procesual sustraído a la tierra se reabsorbe nuevamente en lo puramente terrestre. En la flor se revela, como imagen refleja, la esencia de la planta, aquello que desde la germinación ha compenetrado, oculto como fuerza formativa, el devenir vegetativo y generativo de la planta. En la flor, el proceso del potasio-sal ha sido en gran medida despojado de sus propiedades físicas; el potasio está sulphurizado o, lo que es lo mismo, eterizado, es decir, ha asumido como materia las propiedades de lo viviente. La milenrama, y así en forma modificada toda especie de planta con flor, compenetra por naturaleza la materialidad terrestre y la asimila a lo viviente.
A esto se enlaza, a mi entender, la pregunta de partida para la preparación de los preparados de compost en general: ¿Cómo puede retenerse en este estado nascendi este proceso — que dura tan sólo un instante — de la perfecta vivificación de la materia en la flor, cómo puede conferírsele duración? Cuando uno se sumerge en esta pregunta, una respuesta no puede encontrarse en la mera contemplación sensorial del proceso de floración. Pero se aprende a comprender por qué Rudolf Steiner, para el primer paso de la preparación, toma prestado algo del reino animal superior. En el caso de la milenrama, elige un órgano — la vejiga urinaria — cuya función en el organismo animal es precisamente ésta: mantener vivo el flujo de la materialidad animada del proceso renal-vesical, a través

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de la fuerza del sentir del animal, hasta su estancamiento en la vejiga.
Para la preparación de la milenrama — como en principio para la de todos los preparados de compost (¡posición singular del preparado de corteza de roble!) — se utilizan las flores. En verano se recogen, como ya se ha indicado, las umbelas florales pequeñas, se cortan los pequeños capítulos individuales y se secan. En el primer acto de la preparación cruzamos el umbral de la legalidad natural dada. Tomamos la vejiga urinaria de un ciervo macho, llenamos en ella las flores de milenrama nuevamente humedecidas y cerramos la vejiga. Como ya se ha indicado con el ejemplo del preparado de diente de león, se realiza una compenetración de sustancia vegetal y fuerza formativa animal en el sentido de una inversión. Lo que antes estaba afuera — la flor que se abría hacia el sol — llena ahora un espacio interior; y lo que antes cumplía de manera esencial una función en el interior del animal, está ahora afuera: precisamente el órgano que envuelve las flores de milenrama. A este primer acto de compenetración de sustancia vegetal y fuerza formativa animal específica le sigue un segundo: las vejigas llenas son colgadas durante el verano, en el tiempo de Pascua a San Miguel, sobre la tierra, y expuestas a las fuerzas que actúan desde el cosmos a través de la luz y a través de los elementos calor y aire. Estas fuerzas reciben, en su paso a través del órgano vesical formado en figura y sustancia por la esencia del ciervo, una impronta específica. En el tercer acto del avance de la compenetración activa de la sustancia floral con las fuerzas del cosmos y las profundidades de la tierra, se descuelgan en torno a San Miguel las esferas-vejiga de ciervo. Son enterradas en el suelo y allí, en el elemento de lo sólido terrestre, expuestas a las fuerzas cristalizantes que irradian desde la esfera de las estrellas fijas. También las fuerzas cósmicas invernales reciben en su paso a través del órgano cutáneo de la vejiga de ciervo una impronta específica. En el segundo y tercer acto, portando la impronta de ambos, las fuerzas de las alturas y las profundidades terrestres que irradian en ve

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rano y luego en invierno compenetran la masa de las flores de milenrama. Se concentran en ellas y «les confieren duración» — así puede entenderse la indicación de la investigación espiritual — a lo que de potasio-sal ha sido elevado en la milenrama, a través de raíz, hoja y tallo hasta la flor, al estado de la vida.
Mientras que en el primer acto se produce una compenetración de fuerza sustancial y fuerza formativa animal con la sustancia floral vegetal, en el segundo y tercer acto se realiza una tal compenetración con la de lo físico en calor-aire y agua-tierra. Lo que en el curso de la evolución se ha desarrollado y especificado separándose en los reinos de la naturaleza — el reino de los minerales, las plantas y los animales — aquí es reunido en un todo orientado hacia el futuro y, de manera diferente en cada uno de los preparados. Lo que en la naturaleza se manifiesta hacia afuera en perfección y en separación — precisamente como flor de milenrama, como vejiga de ciervo y como las condiciones elementales que configuran «el centro, el diafragma» en el lugar — ha llegado a su término. En la fusión de la creación llevada a la más alta perfección, a través del espíritu y la mano del hombre, se hace reconocible un proceso según el cual el Yo compenetra los miembros constitutivos del hombre y en ello los transforma. El mismo principio — el principio del desarrollo por excelencia — lo llevamos trabajando hacia fuera a la naturaleza, cuando en el camino de la preparación creamos una nueva materia, un abono que actúa igualmente de manera vivificante sobre la naturaleza física, viviente y animada. Esto vale tanto para los preparados de compost como para los dos preparados de pulverización o de campo. La acción fertilizante no reposa en contenidos nutritivos analizables. Los abonos-preparado son composiciones de sustancias que son portadoras de un potencial de fuerzas de efecto continuado. Son abonos de fuerzas. Esto hace también comprensible por qué se aplican únicamente en una dosificación de tipo homeopático. En el caso de los preparados de compost, su acción de fuerzas compenetra los residuos orgánicos del organismo de la finca — en compostas vegetales

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o, en el caso de las deyecciones de los animales, en montones de estiércol de cuadra, establos profundos y fosas de purín. Los composts o estiércoles de cuadra así preparados, madurados a la mitad o totalmente en humus estable, llevan los efectos de fuerzas de los preparados hacia la demarcación de la finca. Éstos compenetran a su vez el órgano-diafragma del suelo y actúan de manera equilibrante sobre las fuerzas de las alturas y las profundidades.

Lo mismo vale para los preparados de pulverización, el preparado de cuerno y estiércol y el preparado de sílice de cuerno. Ambos se han convertido, en el camino de la preparación, en nuevas sustancias no dadas por la naturaleza. Son sustancias del elemento de lo terreno y son conducidas en el camino de la preparación hasta su aplicación a través de los estados elementales del agua, el aire y el calor. Ambos preparados se agitan a mano durante una hora en alternancia rítmica de la dirección de giro. Las radiaciones de fuerzas de lo «Terreno-Sólido» de los preparados van, compenetrando el elemento del agua, a disolver completamente en éste. En la aspersión, el líquido se disuelve en finas gotitas en el elemento del aire, cae como gotas de lluvia fina y se une con el elemento del calor en el suelo y con aquel que envuelve a la planta en germinación, crecimiento y maduración.

En el trato con la elaboración y aplicación de los preparados biodinámicos se vuelve gradualmente más aprehensible el elevado sentido, la verdad, de la cita de Rudolf Steiner mencionada al comienzo: «El hombre es puesto como fundamento.» Asimismo la siguiente cita: «Solo tienen que considerar una cosa [...], hoy en día en realidad ningún ser humano comprende la esencia de la fertilización [...] salvo aquellos que pueden saber desde lo espiritual lo que el abono significa realmente para el campo.»[53] La fertilización es por eso un profundo misterio, porque se trata de la pregunta por la esencia de la sustancia. El hombre puede experimentar en el autoconocimiento que, en virtud de su Yo, es un ser en desarrollo. A través de los resultados de la investigación espiritual, esta comprensión puede profundizarse en el sentido de que se aprende, compenetrando los propios miembros constitutivos

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y transformándolos, a desarrollarlos hacia una humanidad más elevada. Este es un impulso de devenir profundamente cristiano. Si se intenta ahora rastrear el misterio de la fertilización — y esto en el trato con las creaciones de la investigación espiritual, el canon de los preparados —, entonces su misterio puede revelarse de manera presentida, y esto sobre todo cuando uno se comprende activamente como parte del proceso. Pues el espíritu en nosotros es el inductor de su surgimiento. El proceso de surgimiento como tal está dispuesto para convertirse en un libre acto creador del hombre. Si se buscan caminos futuros del obrar cristiano más allá del propio devenir personal, entonces el Yo es el portador del pensamiento del desarrollo hacia «el interior de la naturaleza». La Tierra, la naturaleza y sus reinos se han convertido en «obra». Aguardan su desarrollo hacia el futuro. Este solo puede llegarles a través del desarrollo del alma del hombre. El hombre es la llave y el trabajo con los preparados un paso en el camino de este desarrollo. Si este paso se da en abnegación y libertad, es dado en amor.

El trabajo con los preparados y la formación del organismo, una tarea comunitaria social

La sentencia del poeta Novalis: «La humanidad está en una misión, estamos llamados a la formación de la Tierra»[54] ya apunta a que esta misión no puede cumplirse a través de ese 2 por ciento de la población trabajadora que hoy aún está activo en la agricultura, y esto excluyendo el principio del organismo y con una orientación tecnológica extrema. Si la agricultura se enfrentara a este llamado de Novalis, la cuestión social recibiría impulsos enteramente nuevos y con ello una nueva dirección de meta. Se extendería hacia un ámbito que hoy yace socialmente en barbecho, pero que, si se configura desde el pensamiento del organismo y de la indi-

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vidualidad, podría fundar una abundancia de enfoques de acción en lo social. Aquí solo se mencionará aquel aspecto de lo social orientado a la formación del «interior de la naturaleza», a lo que puede significar el trabajo en la naturaleza guiado por ideas. Esto fue descrito de manera incipiente en las exposiciones precedentes. Para estar a la altura de las exigencias aquí planteadas, se necesitan muchas manos. Esto vale en general para todo el trabajo agrícola que se presenta diariamente por necesidad natural — ¡una multiplicidad que no quiere tener fin! Pero esto vale aún mucho más para el trabajo con los preparados en el momento adecuado dentro del curso del año. Es el ámbito de labor de la libre autodeterminación. Compenetra, amplía, enriquece y vivifica el círculo cotidiano de deberes. El trabajo con los preparados puede despertar de manera inmediata el interés de las personas, incluso cuando se encuentran fuera de la agricultura. Esto se muestra cuando se da un marco festivo a los puntos nodales de este trabajo en el curso del año, en el tiempo en torno a Pascua y San Miguel, e se invita a personas a participar. Con una introducción a la esencia y el significado de los trabajos en cuestión, como por ejemplo el desenterramiento de los preparados que han reposado en la tierra durante el invierno, o el llenado de los cuernos, el relleno de las envolturas de los preparados, el enterramiento en parte en la tierra estival, en mayor parte en la tierra invernal, el suspendido en el aire. Se va entonces en común al trabajo en mesas preparadas y hacia afuera con pala y azada a la campiña. Se experimenta en este trabajo inusual una sorprendente disposición a la participación seria y a una alegre apertura. Uno se experimenta en una actividad común, dotada de sentido. No el entendimiento, un cálculo teórico, es lo que se interpela, sino el ánimo que alcanza más profundamente a lo anímico-espiritual, el hermano del entendimiento. Cuando de este modo se estimulan las fuerzas del ánimo, despierta en el hacer el sentimiento de lo que tiene sentido. Uno se experimenta en un trabajo que reúne a personas de las más diversas disposiciones del alma, y esto en un contexto agríco-

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la en el cual el ser humano que actúa está en el centro. En este trabajo puede convertirse gradualmente el verdadero «misterio de la fertilización de la Tierra» en experiencia de la voluntad.

La participación de personas del entorno social crea una especie de manto social en torno a la finca, un círculo de disposición interior con vistas a la «formación de la Tierra». Surge con la recogida común de las flores de las plantas de los preparados y con la participación en los pasos de la preparación; se amplía cuando se encuentran manos dispuestas que toman a su cargo la preparación puntual de las pilas de compost. Esto vale especialmente también para la colaboración en el batido de los dos preparados de aspersión, así como su aplicación con la mochila de aspersión. Particularmente instructivo resulta en ello el batido. Tras añadir una pequeña dosis del preparado de cuerno y estiércol o del preparado de sílice de cuerno al tonel de batido lleno de agua de lluvia templada a la mano, se construye con un movimiento giratorio del batidor, acelerado de manera continua, un embudo de vórtice. Cuando este ya no puede intensificarse más, se contrarresta brevemente, se caotiza la masa de agua y se construye en la dirección contraria un nuevo embudo de vórtice, y así alternativamente durante una hora. En esta construcción y deconstrucción rítmica uno se experimenta a sí mismo como su creador. Se observa, en simultaneidad con la propia actividad de la voluntad, cómo a través de ella surgen polaridades: reposo y movimiento, forma y caos, expansión y contracción. Son procesos del «centro», del pulso y la respiración, ejecutados por mano humana.

También al «batido» le es propio un elemento social. Resulta mejor cuando se bate en compañía, cada uno con su tonel. De ello surge, en toda seriedad, un ánimo de alegría, ligereza y ganas de conversar en el libre querer.

En lo que respecta a la aspersión sobre los cultivos, por razones de simplicidad y por falta de manos que ayuden se emplea por regla general la mochila de aspersión accionada por la toma de fuerza. Pero también aquí se plantea en el futuro la pregunta de si no debería encomendarse igualmente

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este trabajo, incorporando el entorno social, a la mano del ser humano. Equipado con la mochila de aspersión, se recorre repetidas veces toda la demarcación del organismo agrícola. Como el sembrador antaño lanzaba la semilla en rítmico impulso, uno balancea al compás del caminar la barra de aspersión de un lado a otro y contempla cómo el arco de aspersión de las gotas que caen camina delante de uno, brillando acaso con los colores del arco iris. Caminar con la mochila de aspersión —y eso repetidas veces en primavera, verano y otoño sobre los campos, prados y pastizales, sobre el terreno de huertos y frutales— acrecienta la atención hacia el tejido integral del organismo agrícola. La experiencia de identidad entre el Yo y la naturaleza espiritual que se individualiza en la finca se hace real. Goethe lo expresa en su poema «Epirrhema»[55] con las palabras:

...

Nada hay dentro, nada hay fuera:

pues lo que está dentro, está fuera.

¡Captad, pues, sin demora,

el sagrado misterio manifiesto!

...

Lo dicho vale igualmente para los preparados de compost. También aquí la colaboración de personas ajenas puede fecundar tanto el ser y el devenir del organismo agrícola como el afán de conocimiento enraizado en la tierra. Así, por ejemplo, cuando alguien se presta a encargarse de la preparación de montones de compost o de estiércol recién armados y a seguir observando su ulterior desarrollo. Hay multitud de actividades que, para personas del entorno social, tienen importancia para el buen desarrollo de la finca y que al mismo tiempo abren para esas mismas personas un campo de investigación en la práctica. Uno de esos campos es, por ejemplo, profundizar en las condiciones metodológicas de la llamada incineración de semillas de malas hierbas e insectos

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—una indicación de Rudolf Steiner para la regulación de malas hierbas e insectos nocivos—. Otro campo sería la participación en la obtención y el cultivo de semillas finas en el cultivo de hortalizas, forrajes y hierbas aromáticas, el cuidado de un jardín de plantas medicinales, sobre todo con miras al forraje dietético complementario para la vacada. Además, hay innumerables labores en el cuidado del mundo de las aves y los insectos, de los setos y los árboles frutales (poda, pintado de troncos, cajas nido), la atención constante a una rica flora silvestre en flor desde la primavera hasta el otoño, así como a la belleza y armonía de la imagen del paisaje en su conjunto. Lo que en la agricultura ha de hacerse, en el sentido de la «formación de la Tierra», desde metas espirituales, supera la medida de lo que pueden realizar los pocos que hoy llevan una finca sobre la base del principio del organismo. El puesto de trabajo agrícola se considera el más costoso de todos y es al mismo tiempo el de comparativamente menor rendimiento. Pero esto muestra que, por su naturaleza esencial, no puede ser en absoluto un puesto de trabajo en sentido comercial-industrial. Es un puesto de trabajo fundador de cultura, que —visto desde el futuro— el agricultor desempeña en representación de sus semejantes. Para comprenderlo, la vida social misma ha de ser reconocida como un todo, como un organismo social que se articula en tres ámbitos autónomos: una vida espiritual-cultural libre, una vida jurídica que practica la igualdad y una vida económica orientada a la solidaridad. La agricultura que trabaja seriamente en el sentido del principio del organismo es una empresa profundamente anclada en la vida espiritual. El agricultor puede entenderse a sí mismo, en virtud de su capacidad para dirigir una explotación biodinámica, como delegado de sus semejantes. Esta delegación no puede cumplirla por regla general una sola familia. La multiplicidad de tareas que el principio del organismo plantea en la agricultura exige ahora y en el futuro, de manera imperiosa, la colaboración en la empresa a partes iguales,

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en forma de comunidades de responsabilidad, de trabajo o de gestión. Sus objetivos de trabajo deben ser elaborados espiritualmente en común y estar orientados hacia el futuro. De ellos nace la voluntad de colaboración desinteresada, la capacidad de actuar con iniciativa, desde la conciencia de la integridad de la finca, en cada uno de sus miembros.

Además, el encargo social va unido a la expectativa de que el organismo agrícola no sea, respecto al interés y la participación del entorno social, un organismo cerrado en sí mismo, sino un organismo decididamente abierto. La participación cobra vida en un ánimo de alegría cuando es querida con iniciativa y conducida con pericia. Una llave para ese ánimo de trabajo es la trabajo con los preparados. Allí se necesitan muchas manos laboriosas. El organismo agrícola, trabajando con conciencia despierta, queda abierto hasta el último rincón. Así como el arado, en el giro cortante y desmigajante del surco, plastiza el suelo, el órgano-diafragma, así las múltiples intervenciones manuales portadoras de ideas del trabajo con los preparados van conformando a lo largo del año, de manera visible y tangible, pero también invisible, la realidad espiritual del organismo agrícola. Invisible es el tipo de relación que se desarrolla desde el «centro rítmico» hacia lo esencial de las alturas y las profundidades. Visibles se hacen los efectos de la compenetración del «centro rítmico», por ejemplo, en el desarrollo hacia la fertilidad duradera autóctona del suelo, en la impronta tipológica primordial de las plantas cultivadas fructíferas, en la cercanía de los animales domésticos hacia el ser humano, así como en su salud y longevidad.

En lo que respecta al suelo, el principio cristiano de la compenetración esencial se realiza ante todo mediante el abonado. Lo que en los preparados biodinámicos ha sido elaborado hacia una unidad en la preparación, por el camino de la compenetración de lo físico en el obrar elemental de lo viviente en la formación y transformación de la sustancia, y de lo animal en la fuerza formativa astral-anímica, ese algo cumple la indicación de Rudolf

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Steiner: «Abonar significa vivificar lo sólido, lo terrenal mismo.»[56] Esta vivificación alcanza a lo mineral muerto, a aquello que en el curso de la evolución ha caído fuera del contexto mundial viviente, anímico y espiritual. La comprensión de la esencia y la significación de los preparados biodinámicos solo crece en el hacer. Se trabaja con composiciones de sustancias igual que con una pieza musical compuesta. Cada una de estas composiciones de sustancias es, a su manera, portadora del espíritu activo que obra desde el «centro rítmico» hacia las alturas y las profundidades. Con las nuevas creaciones sustanciales de los preparados biodinámicos se hace activo en el organismo de la finca un elemento espiritual que aún no está en él, sino que llega a ser solo mediante el espíritu y el acto del ser humano. La cita de Rudolf Steiner aducida al comienzo, de que «una agricultura [...] cumple su esencia cuando puede ser concebida como una especie de individualidad por sí misma, una individualidad verdaderamente cerrada en sí»,[57] nos dice precisamente que esta «esencia» no está en la naturaleza devenida, sino que ha de ser elaborada primero a través de la «concepción» de la esencia de la individualidad sobre la base de la investigación espiritual, para hacerse luego realidad, orientada hacia la meta, en y mediante el trabajo. El fruto del conocimiento del «cumplimiento de la esencia» ha sido anticipado por Rudolf Steiner en la exposición de los preparados biodinámicos y hablado a los corazones y a las manos de los agricultores practicantes. Cuando este fruto se convierte en acto de voluntad, crece con él una comprensión espiritual de la esencia del organismo de la finca. Su significación puede verse en el hecho de que él llega a ser el cuerpo de aquel ser que en la cita anterior es designado como una «especie de individualidad». Con lo dicho hasta aquí se ha apuntado a la vida espiritual que florece desde el trabajo en la finca, y a cómo esta, irradiando hacia afuera, puede despertar el interés y la colaboración del entorno social. La vivencia en la voluntad fortalece y profundiza el sentir. En la colaboración orientada hacia las cosas y los seres de la agricultura, nace un sentido de la justicia, por ejemplo, en relación con la pregunta sobre la

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legitimidad de la compraventa de la tierra y del capital. Y más aún: cómo los derechos dentro de una comunidad de seres humanos que trabajan juntos no se definen en un reglamento, sino que brotan en la vida cotidiana desde el seguro sentido de la justicia de persona a persona.

Del mismo modo, en numerosos lugares germina una conciencia por los particulares intereses económicos de la agricultura. Ella se expresa en el esfuerzo por la variedad en la producción, así como en una regionalización de los mercados; igualmente en la elaboración artesanal cercana a la finca y en el intento de reunir, en asociaciones económicas, los distintos oficios que se añaden a la producción primaria agrícola, en la transformación y el comercio hasta llegar a los consumidores. En estas asociaciones se trata de cultivar un pensamiento adecuado a la realidad, orientado hacia las necesidades recíprocas.

A la vista de este desarrollo que, partiendo de la agricultura, pugna por penetrar en la realidad social, puede reconocerse que el manejo del principio del organismo abre perspectivas nuevas para la impulsión de la trimembración del organismo social.

Una consideración final

Lo que Rudolf Steiner designa en el «Curso de agricultura»[58] como lo «sobre la tierra», el miembro metabólico o el «vientre» de la individualidad agrícola, «lo bajo la tierra» como su «polo cefálico» y el suelo como su centro, «el diafragma», constituye en su totalidad el cuerpo del organismo agrícola. Esta afirmación de la ciencia espiritual en relación con la individualidad agrícola la formuló Rudolf Steiner 6 meses después del Congreso de Navidad, que tuvo lugar en 1923/24 con ocasión de la refundación de la «Sociedad Antroposófica

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General». Este congreso estuvo bajo el signo de la «Grundsteinmeditation»[59], en la cual el ser humano que se ejercita en el conocimiento del espíritu a través del querer, el sentir y el pensar ocupa el centro. Se evoca la realidad espiritual macrocósmica de las alturas y las profundidades y, situado en la mitte, el ser Tierra-Sol del Cristo. A través de esta meditación, el practicante puede ser conducido a que le resulte espiritualmente audible lo que le habla desde la fuente de las fuerzas esenciales de las tres regiones mencionadas.

En la agricultura fecundada por la ciencia espiritual antroposófica, Rudolf Steiner dirige la mirada desde el ser humano que se ejercita hacia adentro hacia el ser humano que se ejercita hacia afuera. También en este último caso nos encontramos de nuevo, partiendo del ser humano, ante la trinidad que impera en lo oculto de la naturaleza: las alturas, las profundidades y el centro que se articula entre ellas, el órgano-diafragma del suelo. Este último, sin embargo, no se desarrolla a través de las fuerzas que le son inherentes, sino que para su devenir necesita el trabajo del ser humano guiado por el Yo.

En la «Grundsteinmeditation» se resume desde la ciencia espiritual lo que en otro tiempo vivía oculto en los santuarios de los Misterios de la antigüedad como sabiduría y se expresaba hacia afuera en poderosas imágenes mitológicas. Uno de tales mitos fue cultivado en los antiguos Misterios eleusinos griegos: Perséfone, la hija de Deméter, la diosa de las alturas, es raptada por el dios Plutón, el soberano del mundo subterráneo, de las profundidades de la Tierra. De las largas disputas que se suceden entre Deméter y Plutón surge finalmente el acuerdo de que Perséfone, descendiendo en otoño, transcurra el semestre de invierno en las profundidades junto a Plutón y pueda volver a reunirse con su madre Deméter durante el semestre de verano, ascendiendo en primavera.[60] Ascendiendo y descendiendo, Perséfone compenetra cada año el centro aún plenamente natural, el «organismo en el crecimiento natural». Obras plásticas de la antigüedad clásica

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muestran a Deméter y Perséfone sosteniendo en la mano tallos y espigas de trigo. Esta representación artístico-sacra puede comprenderse, desde su imagen primordial, como el resultado del retorno rítmico de Perséfone «desde abajo» a través del «centro» hacia «arriba»: una imagen del surgimiento de la fructificación nutritiva en las plantas alimenticias.

¿No apunta acaso esta imagen mitológica hacia el hecho hoy conocido de que las plantas cultivadas más antiguas son las formas primigenias del trigo y la cebada? ¿Acaso no crecen las raíces absorbentes verticales de los cereales, como el sistema radical de todas las plantas terrestres, hacia abajo en la oscuridad de la tierra, y no se alza el tallo del cereal, llevando consigo sus hojas, verticalmente al encuentro de los rayos del sol? ¿No es acaso la condensación del extremo del tallo en la espiga, que contiene el fruto nutritivo, una imagen del equilibrio trascendente (Perséfone) de las fuerzas polares de Plutón y Deméter?

El mito de Deméter-Plutón-Perséfone señala que el desarrollo agrícola de los tiempos prehistóricos estuvo bajo la guía de los Misterios, es decir, bajo la guía de los dioses. Bajo esta guía se realizó la primera metamorfosis del «organismo en el crecimiento natural» mediante la puesta en cultivo del órgano del centro, del suelo. Hacia el umbral de los tiempos, el Misterio del Gólgota, esta guía se fue extinguiendo gradualmente. El cristianismo trajo el despertar del Yo en la humanidad. Un primer fruto fue el trabajo querido por el Yo, la compenetración y unión ahora conducida humanamente de aquello que en las grandes civilizaciones antiguas precristianas se había desarrollado separadamente; se realizó «el matrimonio del cultivo de la tierra y la ganadería» (la domesticación de los animales), la unión de la corriente de Caín y la de Abel, y con ello el segundo paso hacia una metamorfosis cultural en el devenir del organismo agrícola. El inaugurador de este segundo paso fue la voluntad-Yo despertante de los seres humanos. El tercer paso, metamorfosis del primero y del segundo, es en el presente y en el futuro la formación del organismo desde dentro

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hacia afuera, desde el Yo de los seres humanos plenamente despertado a la conciencia de sí. Se edifica sobre el fundamento de los conocimientos de la investigación espiritual de Rudolf Steiner, así como sobre los escombros del campesinado cristiano-occidental. En estas orientaciones emanadas de la investigación espiritual, el mito de los Misterios eleusinos de Deméter vuelve a resplandecer en las formas de pensamiento de nuestro tiempo. Esto se manifiesta de manera del todo palmaria en la nueva aplicación del principio de compenetración, ahora en un nivel superior, en el modo de elaboración y aplicación de los preparados biodinámicos. Cada uno de estos pasos significa un poner-en-relación en el sentido de una unión de las alturas y las profundidades desde el centro en desarrollo. Las medidas que se fundan en tales intuiciones vivifican el organismo de la finca desde dentro.

Las Eleusinias se celebraban en la antigua Grecia dos veces al año: las pequeñas Eleusinias al comienzo de la primavera, las grandes Eleusinias al inicio del otoño. Transformadas y en una nueva determinación espiritual, volvieron a aparecer en los albores del cristianismo. A los momentos polares de los equinoccios siguen, a intervalos móviles, la Pascua, la fiesta de muerte y resurrección, y, fijada el 29 de septiembre, San Miguel, la fiesta orientada hacia el futuro del acto libre y del valor del alma. Ambas fiestas son como puntos nodales de un trabajo guiado por el espíritu sobre la tierra que, tendiendo por sí mismo el puente entre el ser humano y la naturaleza, poseen carácter festivo y pueden representar un enriquecimiento y una profundización de la experienciabilidad interior terrestre-cósmica tanto para la fiesta de Pascua como, sobre todo, para la configuración de la celebración de San Miguel. En el trabajo con los preparados, que abarca el entero curso del año y con él la entera naturaleza, ambas fiestas entran en una íntima relación.

La fiesta primaveral de las Eleusinias celebraba a Perséfone en su ascenso, la fiesta otoñal a Perséfone en su descenso. Ambas épocas son al mismo tiempo los puntos de orientación para la elaboración

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de las sustancias nutritivas de los preparados en el curso del año: la fiesta de Pascua en atención al cobrar conciencia de lo mineral muerto, de lo fallecido en la forma y su nueva vivificación; la fiesta de San Miguel, que, actuando hacia el exterior, celebra con valor del alma actos libres que se orientan hacia la unión de los reinos de la naturaleza, hacia su mutua compenetración. El proceder metódico parece, mirado desde fuera, ser el mismo. Pero es llamativo cómo el acontecer fundado en el espíritu de ambas épocas festivas, por un lado se compenetra, y por otro se invierte. Así predomina la parte de los preparados que son depositados en el «sepulcro» de la tierra en invierno a la época de San Miguel y traídos de nuevo a la luz del día a la época de Pascua. La sepultura de la materialidad de los preparados recién elaborados y su despertar a una potencia vital superior se extienden a lo largo de todo el curso del año. Si se busca sondear el secreto sustancial del abonado, el camino hacia ello está trazado por la investigación espiritual de Rudolf Steiner. Se aprende a comprender cómo una antiquísima sabiduría de los Misterios se ha herausmetamorfoséado — se ha transmutado ascendentemente — a través del acontecimiento crístico de muerte y resurrección. Se aprende a reconocer cómo, a través de las formas de ideas de la Antroposofía y mediante la meditación, por ejemplo la de la «Piedra Fundacional», se escolarizan las facultades del alma del pensar, sentir y querer, y cómo por este camino puede iniciarse una vez más una nueva metamorfosis hacia el futuro. La verdad garantizada por la ciencia espiritual se abre en el camino del pensar y el hacer, en el «trabajo incondicional».

Lo que antaño era guía de los dioses desde arriba se convierte en libre autoguía del ser humano desde abajo.

El autor

Manfred Klett nació en 1933 en Tanganica, la actual Tanzania, al pie del Kilimanjaro. Sus años escolares transcurrieron, entre otros lugares, en el Internado del Castillo de Salem y, tras la Segunda Guerra Mundial, en la Escuela Waldorf de Stuttgart, con un año de intercambio escolar en Inglaterra. Sus estudios en la Technische Hochschule de Stuttgart tuvieron un final prematuro a causa de un accidente. Durante una estancia de trabajo de un año en el noreste de Siria tomó la decisión de hacerse agricultor. Tras un período de formación práctica siguió el estudio de la agricultura en la Universidad Stuttgart-Hohenheim, con doctorado en la especialidad de ciencia del suelo. Otros cuatro años estuvieron dedicados a la investigación en el Instituto para el método de explotación biodinámico, sobre el tema «abonado y calidad alimentaria». 1968 marcó la fundación de la comunidad de granja Dottenfelderhof (cinco familias) y, poco después, la de la Escuela de Agricultura del Dottenfelderhof. Tras veinte años de labor constructiva biodinámica junto a su esposa y cinco hijos, asumió la dirección de la «Sección Agrícola de la Sección de Ciencias Naturales en el Goetheanum» de Dornach/Suiza. Tras catorce años de actividad y otros ocho como colaborador libre en la ya refundada «Sección de Agricultura», regresó al Dottenfelderhof y retomó la actividad docente en la Escuela de Agricultura allí establecida. Paralelamente, lleva 21 años acompañando el proyecto aldeano de Juchowo en Polonia. Es el intento de crear en la Europa oriental un semillero en el que la «formación de la Tierra» (Novalis) se presente como una tarea social y en el que «la cuestión social» encuentre respuesta en la formación de la Tierra.

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Notas finales

  1. Rudolf Steiner: Die geistigen Wesenheiten in den Himmelskörpern und Naturreichen, GA 136, Dornach 1960, siehe Ausführungen S. 8
  2. Die Lehre von den Hierarchien (siehe Fig. 1, Fig. 2 und Fig. 3 zu Mineral, Pflanze, Tier) ist seit dem Apostel Paulus Weisheitsgut des esoterischen Christentums geworden. Diese Strömung ist abseits des institutionellen Christentums durch die folgenden Zeiten wirksam geblieben. Sie geht auf Dionysius den Aeropagiten zurück, den Weisen von Athen jener Zeit und Schüler des Paulus. Er stand seinerseits noch in dem ausklingenden Weisheitsstrom der Mysterien von Eleusis. Diese Lehre weist auf eine Stufenfolge von neun Hierarchien hin, die mit der Hierarchie der Engel beginnt, gefolgt von der Erzengel und der Archai, und hinaufreicht über die zweite Hierarchie der Geister der Form (Exusiai), der Geister der Bewegung (Dynamis) und der Geister der Weisheit (Kyriotetes) zu den hierarchischen Wesenheiten der Throne der Cherubim und Seraphim. Die Wirksamkeit dieser Hierarchienfolge steht hinter dem Menschen und der Schöpfung. Sie wird umfasst und überhöht von der «Dreifaltigkeit» oder Trichotomie (vgl. auch Emil Bock, Urchristentum IV, Paulus, Stuttgart 1954).
  3. Rudolf Steiner: Geisteswissenschaftliche Grundlagen zum Gedeihen der Landwirtschaft. Landwirtschaftlicher Kurs. Dornach 1979, 2. Vortrag, S. 53 (en las notas siguientes abreviado como LK).
  4. Rudolf Steiner: Die Geheimwissenschaft im Umriss, GA 13, Stuttgart 1955.
  5. Rudolf Steiner: Die geistigen Wesenheiten in den Himmelskörpern und Naturreichen, GA 136, Dornach 1960, 9. Vortrag.
  6. Rudolf Steiner: Das Hereinwirken geistiger Wesenheiten in den Menschen. GA 102, Dornach 1984, 11. Vortrag, 1. Juni 1908.
  7. LK, 2. Vortrag, S. 76.
  8. LK, 2. Vortrag, S. 82.
  9. LK, 2. Vortrag, S. 47.
  10. Georges Adams: Von dem ätherischen Raume, Stuttgart 1964.
  11. Johann Wolfgang von Goethe: Maximen und Reflexionen (573). Das Tier wird durch seine Organe belehrt, der Mensch belehrt die seinigen und beherrscht sie. Goethes Werke Band XII, Hamburger Ausgabe, München 1978, S. 443.
  12. 12
  13. Johann Wolfgang von Goethe: Weltanschauliche Gedichte, in: Goethes Werke, Band I, Hamburger Ausgabe, München 1978, S. 367.
  14. Rudolf Steiner: Die Brücke zwischen der Weltgeistigkeit und dem Physischen der Menschen, GA 202, Dornach 1970, 10. Vortrag.
  15. Rudolf Steiner: Eine okkulte Physiologie, GA 128, Dornach 1978, 7. Vortrag.
  16. Rudolf Steiner: Welt, Erde und Mensch, GA 105, Dornach 1960, 3. Vortrag.
  17. Rudolf Steiner: Das Hereinwirken geistiger Wesenheiten in den Menschen, GA 102, Dornach 1924, 11. Vortrag.
  18. Rudolf Steiner: Anthroposophische Leitsätze, GA 26, Dornach 1976. Eine Weihnachtsbetrachtung: Das Logos-Mysterium.
  19. Rudolf Steiner: Die Geheimwissenschaft im Umriß, GA 13, Stuttgart 1995.
  20. Rudolf Steiner: Das Hereinwirken geistiger Wesenheiten in den Menschen, GA 102, Dornach 1984, 12. Vortrag, S. 200. Rudolf Steiner: Die geistigen Wesenheiten in den Himmelskörpern und Naturreichen, GA 136, Dornach 1960, 9. Vortrag, S. 162 und S. 169–170.
  21. Rudolf Steiner: Die geistigen Wesenheiten in den Himmelskörpern und Naturreichen, GA 136, Dornach 1960, 9. Vortrag, S. 162 und S. 169–170.
  22. Johann Wolfgang von Goethe: Wilhelm Meisters Wanderjahre. Zweiter Band. Betrachtungen im Sinne der Wanderer, Nr. 136, S. 304. Goethes Werke Band VIII, Hamburger Ausgabe, München 1977.
  23. LK, 2. Vortrag, S. 44.
  24. LK, 4. Vortrag, S. 103.
  25. LK, 2. Vortrag, S. 42.
  26. LK, 2. Vortrag S. 49/50.
  27. Rudolf Steiner: Das Miterleben des Jahreslaufes in vier kosmischen Imaginationen, Dornach 1984, 2. Vortrag, S. 23.
  28. LK, 3. Vortrag, S. 82.
  29. LK, 3. Vortrag, S. 83.
  30. Rudolf Steiner: Die Geheimwissenschaft im Umriß, GA 13, Dornach 1989.
  31. LK, 2. Vortrag, S. 44.
  32. LK, 2. Vortrag, S. 41.
  33. LK, 2. Vortrag, S. 58.
  34. LK, 2. Vortrag, S. 58.
  35. Rudolf Steiner: Der Mensch als Zusammenklang des schaffenden, bildenden und gestaltenden Weltenwortes, GA 230, Dornach 1988.
  36. Rudolf Steiner: Der Mensch als Zusammenklang des schaffenden, bildenden und gestaltenden Weltenwortes, GA 230, Dornach 1988.
  37. LK, 2. Vortrag, S. 49.
  38. LK, 2. Vortrag, S. 49.
  39. LK, 3. Vortrag, S. 82.
  40. LK, 3. Vortrag, S. 83.
  41. LK, Notizen, Blatt 12.
  42. LK, 2. Vortrag, S. 59.
  43. Frank Teichmann: Der Mensch und sein Tempel: Chartres, Stuttgart 2005, S. 63.
  44. El término «Kirchspiel» designa una disposición aldeana de granjas aisladas con su correspondiente iglesia exenta.
  45. LK, 2. Vortrag, S. 49.
  46. LK, 2. Vortrag, S. 42.
  47. LK, 5. Vortrag, S. 122.
  48. LK, 8. Vortrag, S. 234.
  49. LK, Notizen, Blatt 30.
  50. Manfred Klett: Von der Agrartechnologie zur Landbaukunst. Wesenszüge des biologisch-dynamischen Landbaus. Eine Landwirtschaft der Zukunft, Dornach 2021, S. 389 ff.
  51. LK, 8. Vortrag, S. 126.
  52. Jochen Bockemühl, Kari Järvinen: Auf den Spuren der biologisch-dynamischen Präparatepflanzen. Lebensorgane bilden für die Kulturlandschaft, Dornach 2005. Erdmut-M. W. Hoerner: Die biologisch-dynamischen Präparate. Beiträge zu einem vertieften Verständnis ihres Wesens aus goetheanistischer, christologischer und geisteswissenschaftlicher Sicht, SchneiderEditionen 2018. Manfred Klett: Von der Agrartechnologie zur Landbaukunst. Wesenszüge des biologisch-dynamischen Landbaus. Eine Landwirtschaft der Zukunft, Dornach 2021. Manfred Klett (Hg.): Zur Frage der Düngung im biologisch-dynamischen Landbau. Elemente zum Verständnis des Schafgarbenpräparates, Dornach 1994.
  53. Rudolf Steiner: LK, Vortrag Dornach, 20. Juni 1924, GA 327, Dornach 1957.
  54. Gerhard Schulz (Hg.): Novalis Werke. Herausgegeben und kommentiert von Gerhard Schulz, München 1969, S. 330.
  55. Johann Wolfgang von Goethe: Epirrhema, en: Gedichte und Epen, erster Band, Hamburger Ausgabe 1978, S. 358.
  56. LK, 5. Vortrag, S. 122.
  57. LK, 2. Vortrag, S. 42.
  58. LK, 2. Vortrag, S. 45.
  59. Rudolf Steiner: Die Weihnachtstagung zur Begründung der Allgemeinen Anthroposophischen Gesellschaft 1923/1924, GA 260, Dornach 1963.
  60. Edith Lammerts van Bueren: Leben mit Persephone und die Zukunft der Pflanzenwelt, Dornach 2024.

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